Se intensifican los trabajos de saneamiento en canales pluviales de
Una OTAN sin reparos geopolíticos
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
La OTAN cumple 75°años. Nació en Washington en 1949 con el fin de proteger Europa Occidental de la amenaza que implicaba la URSS, un Estado igual a los demás y diferente de los demás, pues se trataba de un actor ideológico revolucionario con el que era imposible alcanzar un pacto que se mantuviera.
El artículo 5 del Tratado de Washington es sin duda el más importante, pues con él se deja en claro que un ataque contra alguno de sus miembros será considerado un ataque contra todos. Hasta hoy, solo fue invocado tras el ataque perpetrado por el terrorismo transnacional al territorio de Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001.
Una de las cuestiones más llamativas de la Alianza Atlántica ha sido su continuidad una vez desaparecido el reto para el que fue creada. La historia prácticamente no registra casos de ligas o alianzas político-militares aeternum.
Pero, además, la OTAN se expandió de forma irrestricta. Su marcha hacia el este reactivó el sensible sentido político-territorial de Rusia, un actor esencialmente terrestre (que durante el siglo XX sufrió en dos oportunidades la marcha de Alemania hacia el este). Y Rusia, como sostiene el experto George Friedman, siempre actuará de la misma manera cada vez que fuerzas extranjeras se aproximen a sus fronteras cercanas.
La ampliación pasó a ser otra de las cuestiones de la OTAN, que se suma a las que arrastra desde tiempos de Guerra Fría: el desequilibrio entre la lógica de la ampliación y la lógica de la geopolítica. Hasta hoy ha predominado la primera, la que se aceleró tras la anexión rusa de la península de Crimea.
La lógica de la geopolítica habría indicado que la Alianza evitara avanzar hacia aquellos «países pivotes», es decir, actores que por estar situados en zonas rojas (Bielorrusia, Ucrania y Georgia) están llamados a ejercer una política exterior y de seguridad basada en la deferencia frente al centro geopolítico mayor, en este caso, Rusia.
Muy posiblemente, el hecho relativo con que la OTAN haya actuado sin reparos geopolíticos obedeció a lo que se denomina «dividendos de la victoria», esto es, la conquista en la Guerra Fría, una conquista que no sería cabal si no se impedía que la Rusia postsoviética resurgiera eventualmente. Por tanto, había que contenerla y vigilarla en sus mismas fronteras. Rodearla por medio de un cordón sanitario militar.
Dicho enfoque se fundaba en que la ideología se fue con la Unión Soviética, pero no se fue el expansionismo perpetuo de Rusia.
El punto es que haber llevado aquella lejana victoria más allá de lo conveniente, acabó exigiendo a Rusia el despliegue de lo que en este país denominan «»operaciones contraofensivas de defensa».
La guerra transita su tercer año y no parece que vaya a detenerse. Vale preguntarse: además de la operación de neocontención occidental, ¿hubo un plan deliberado por parte de Occidente, es decir, de Estados Unidos, para que Rusia invadiera Ucrania y se desangrara allí?
Cuesta creer que haya sido así. Pero las relaciones internacionales suponen, ante todo, relaciones de poder y uso de técnicas de ganancias de poder, siendo una de ellas la conocida como “cebo y sangrado”. Además, la ampliación sin reparos geopolíticos terminó por separar a Europa de Rusia, o más específicamente a Alemania de Rusia, dos países que, salvo en las guerras mundiales, siempre mantuvieron buenas relaciones. Para el francés Emmanuel Todd, autor del libro recientemente publicado La derrota de Occidente, la ampliación de la OTAN tuvo también como propósito esta separación.
Resulta pertinente preguntarse aquí, sobre todo considerando las presidenciales próximas en Estados Unidos, si un eventual triunfo del Partido Republicano no solo intentará terminar con la guerra, sino también “terminar con la OTAN”. Y decimos Partido Republicano y no Trump, porque en el Partido Demócrata siempre habitaron consideraciones relativas con “Rusia como problema”. Recordemos que la ampliación de la OTAN se inició bajo gobierno demócrata, los sucesos de Ucrania-Crimea sucedieron cuando estaban los demócratas en la Casa Blanca y, finalmente, la invasión de Rusia a Ucrania sucedió con otro demócrata en el poder.
“Terminar con la OTAN” no implicaría el retiro estadounidense de la Alianza, pero si mayores responsabilidades de Europa, lo cual podría fungir favorable para que los europeos, al fin, piensen por sí mismos la geopolítica y la estrategia. Tal vez, si lo hubieran hecho desde unos años antes, la guerra no habría ocurrido.
Además, para el Partido Republicano la verdadera amenaza no es Rusia sino China. Es cierto que Biden se ha concentrado en China (de hecho, ha impulsado alianzas y presiones económicas destinadas a contener y presionar a Pekín). Pero no solo se mantuvo activo frente a Rusia, sino que los suministros financieros y militares han sido los más elevados. Solo faltaría que autorice a Kiev a que utilice las capacidades militares proporcionadas para atacar nuevos blancos en Rusia, medida que, si finalmente se tomara, muy posiblemente implicará la escalada bélica y el enfrentamiento más directo entre Rusia y Occidente.
En breve, reflexiones para aumentar nuestro margen de dudas y plantearnos preguntas. Porque, como advertía Kissinger, la geopolítica no trata de las buenas intenciones de los Estados, trata sobre los intereses de los Estados.
