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Un acto de fe
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
La interpelación a Adorni no fue una rendición de cuentas: fue una liturgia. Y lo que el país vio esta semana en el recinto de Diputados no fue un Jefe de Gabinete dando explicaciones, sino un sistema político confesando, sin proponérselo, que ya no sabe qué hacer cuando un gobierno deja de ser legítimo.
Hubo, primero, una escenografía. Javier Milei en el palco central, junto a su hermana Karina; el Gabinete en pleno ocupando los balcones del primer piso, con la solemnidad obediente de un coro que sabe que su silencio vale más que su voz. Manuel Adorni en el atril, defendiéndose de denuncias por enriquecimiento ilícito con el tono cansino del funcionario que ya no necesita convencer porque tiene quién lo aplauda desde arriba. Una operación política inédita, lo llamaron los cronistas.
La paradoja es brutal y, sin embargo, casi nadie la nombró. El gobierno que llegó al poder prometiendo destruir a la casta desplegó ayer su propia liturgia palaciega para blindar a un funcionario sospechado de hacer exactamente aquello que la doctrina libertaria juró erradicar: enriquecerse a la sombra del Estado.
La frase, breve, tuvo más peso que las dos mil ciento cincuenta y una respuestas escritas que el Poder Ejecutivo mandó al Congreso en su informe. Porque resumió la verdad de la jornada: lo que el Jefe de Gabinete vino a comunicarle al país no fue una gestión, sino una decisión política: la de no irse, aunque la sociedad ya no lo quiera ahí.
LOS NÚMEROS QUE NADIE QUISO LEER EN VOZ ALTA
Mientras Adorni hablaba, los datos hablaban por él. El Índice de Confianza en el Gobierno que mide la Universidad Torcuato Di Tella cayó en abril un 12,1% respecto de marzo: la mayor baja del año, la cuarta consecutiva, y el peor registro de toda la gestión Milei. El indicador, en 2,02 puntos, está un 13,2% por debajo de abril del año pasado. Atlas Intel, en su última medición con Bloomberg, ubica la aprobación presidencial en 41,8% contra un rechazo del 47,5%, con una caída de 4,7 puntos. Rubikon Intel mide 57,2% de imagen negativa.
La inflación encabeza la preocupación ciudadana con 61,9%; el desempleo, con 48,8%; la inseguridad, con 37,4%; y, sintomáticamente, la corrupción del gobierno trepó al 34,5% — un dato que en un oficialismo libertario debería sonar como una alarma constitucional, no como una estadística más para enterrar entre planillas.
Adorni habló como si esos números no existieran. Milei lo aplaudió como si esos números fueran suyos. Y ese desfase, entre la euforia del palco y el descenso del país, es el verdadero dato de la jornada. No una grieta, ni una crisis. Algo más incómodo: una disociación.
LO QUE NO SE RESPONDIÓ
El Jefe de Gabinete eludió, con elegancia jurídica, lo que la sociedad le venía a preguntar. Sobre el departamento de Caballito comprado con un crédito hipotecario de doscientos mil dólares — el 87% del valor — otorgado por dos jubiladas, Beatriz Viegas y Claudia Sbabo. A ello se agrega las diez transferencias de la productora de Marcelo Grandío a sus cuentas, por más de un millón seiscientos mil pesos entre diciembre de 2022 y diciembre de 2023. Y para terminar, el crecimiento patrimonial que la diputada Marcela Pagano denunció — un 500% en un único período fiscal — donde invocó el carácter “confidencial” de su declaración jurada.
En conclusión, Adorni dice exactamente lo mismo que dijo Cristóbal López, lo mismo que dijo Amado Boudou, lo mismo que dirá quien venga después. La frase ya no significa nada. Y un gobierno que prometió destruir el lenguaje de la casta la pronuncia con el mismo automatismo de los que vino a desplazar.
EL BALCÓN DE LOS ARRODILLADOS
Mientras el Gabinete escenificaba lealtad desde el primer piso, alguien debería haber recordado que esa misma estructura fue la que el oficialismo prometió demoler. Hace veintiocho meses, los actuales ministros llegaron al poder denunciando el privilegio, el enriquecimiento, los viajes pagos, los inmuebles inexplicables. Hoy ocupan los balcones del Congreso para defender, en silencio coreográfico, a un Jefe de Gabinete que enfrenta exactamente esas acusaciones.
LA OPOSICIÓN QUE TAMPOCO EXISTE
Sería injusto cerrar sin mirar al otro lado. Germán Martínez, presidente del bloque de Unión por la Patria, dijo que Adorni “debió haber renunciado antes”. Es probablemente cierto. Pero el peronismo que reclama renuncias hoy es el mismo que blindó funcionarios propios durante dos décadas, el mismo que convirtió la lealtad en doctrina y la “lealtad mal entendida” en escudo. La oposición no encarna una alternativa moral; encarna apenas una alternancia. Cuando el balcón cambie de ocupantes — y va a cambiar, en 2027 o en 2031 — los que hoy gritan honestidad volverán a ocupar el palco con la misma euforia, defendiendo al sospechado de turno con el mismo libreto.
Esa es la trampa argentina. No la grieta — la grieta vende, pero ya no explica. La trampa es la simetría profunda: dos elencos que se odian públicamente y se imitan privadamente, que rotan en el poder sin generar nada que se parezca a una alternativa institucional.
NARNIA
El discurso oficial fue, otra vez, una postal de Narnia. La inflación —dijo Adorni— está domada; el déficit, enterrado; la libertad, liberada. La macroeconomía argentina sería un libro abierto de virtudes silenciosas si no fuera por la insolencia de los datos. Porque mientras él recitaba la épica, el INDEC recordaba sin entusiasmo que el IPC de marzo trepó al 3,4% —el peor número desde abril de 2025—, que la inflación interanual marcha a un 32,6%, y que el acumulado de 2026 ya alcanzó el 9,4% en apenas tres meses. El relato y la planilla viven en ciudades distintas.
Lo mismo con la actividad: Adorni habló de un país que crece. El EMAE de febrero —el último dato disponible— mostró una caída del 2,6% mensual y del 2,1% interanual, la peor contracción desde 2023. La industria manufacturera retrocedió un 8,7%; el comercio minorista, un 7,0%. En el cuadro de Adorni esas caídas no aparecen: lo que crece son la minería y el agro, dos sectores cuyo dinamismo se debe, en buena medida, a precios internacionales y a la geografía no a la pluma de un funcionario porteño.
Sobre los salarios, el silencio fue elocuente. En enero los registrados volvieron a perder contra la inflación; el poder adquisitivo del trabajador formal acumula una caída cercana al 11% desde el inicio del programa. En Narnia, esa pérdida se llama “sinceramiento”. En Argentina, se llama ir al supermercado.
Como toda función de fantasía, la de ayer tuvo su escena de coraje impostado. “Quiero dejarles en claro a todos que no voy a renunciar”, soltó Adorni, mientras la causa por presunto enriquecimiento ilícito sigue su curso. “Estoy acá dando la cara”, insistió. La frase, en cualquier país de instituciones serenas, sería redundante: el jefe de Gabinete está obligado por el artículo 101 a dar la cara cada noventa días. Que en abril de 2026 esa obviedad funcione como acto de heroísmo dice más sobre el lugar al que llegó la Jefatura de Gabinete que sobre el coraje del funcionario.
EL ABISMO
Si Adorni vino con un país de PowerPoint, la oposición vino con un país de planilla. Pero también con sus propias miserias. Cada bloque —Unión por la Patria a la cabeza, con sus 68 minutos asignados— eligió la vía conocida: el inventario del derrumbe sin una palabra sobre cómo se llegó hasta acá. La Argentina del abismo que pintaron los diputados es real; pero también lo es que muchos de los que hoy denuncian la caída del salario formal fueron arquitectos del laberinto cambiario, del cepo perpetuo y del empleo público como política social.
El recinto, sin embargo, exhibió la asimetría: las preguntas eran concretas, los números, verificables, los costos sociales, palpables. Y el jefe de Gabinete respondía con consignas. Cuando lo apretaron por el patrimonio, ofreció: “No cometí ningún delito y voy a probarlo en la Justicia”. Cuando lo apretaron por la macro, contestó con la liturgia del oficialismo: la culpa de la pobreza —dijo— es de quienes gobernaron entre 2011 y 2023. Cuando lo apretaron por el plan, ofreció épica: el verdadero éxito del Gobierno será “sacarlos del partido para siempre”. Frase de campaña en una sesión de control. Eso, también, dice algo.
El problema del abismo no es que la oposición lo describa: es que lo describa sin proyecto. Pero el problema del oficialismo no es que se defienda: es que su jefe de Gabinete no parezca capaz de hacerlo sin volverse caricatura.
LA SÍNTESIS
La frase del miércoles no la dijo Adorni. La dijo Germán Martínez, jefe del bloque peronista, en la previa: “Ya no es un jefe de Gabinete, es un meme”. Esa síntesis —brutal, injusta y en parte certera— sobrevolará la sesión durante semanas. Porque expone lo que ningún número del Informe 145 podía esconder: que la figura del jefe de Gabinete, tal como hoy la encarna Adorni, no cumple ninguna de las tres funciones para las que fue creada.
Conviene recordar el dato fino: cuando la reforma del 94 inventó la Jefatura de Gabinete, lo hizo para que existiera una pieza institucional distinta del resto de los ministros. Una bisagra entre el Presidente y el Congreso. Un funcionario obligado a comparecer, capaz de articular con bloques opositores, tolerado por sus pares del propio Gabinete y dotado de algo que ningún ministro ordinario tiene: legitimidad política para negociar. Esa institución —no Adorni, la institución— es la que el miércoles quedó vacía.
EL SALVAVIDAS DE PLOMO
Repasemos las cuatro patas que sostienen, en teoría, a un jefe de Gabinete. Las cuatro, en este caso, están podridas.
Primero, el Congreso. No tiene apoyo allí. La oposición lo trató como un intruso; los aliados lo defendieron con la incomodidad de quien sostiene a un cuñado en la cena familiar; el bloque libertario, demasiado pequeño para ser red de contención, le dejó al Presidente la tarea de hacer cuerpo presente en el palco. Un jefe de Gabinete que necesita que el Presidente vaya a custodiarlo al recinto ya no es un jefe de Gabinete: es un funcionario en supervisión.
Segundo, los Ministros. En off, varios coincidieron esta semana en una imagen que circuló en los pasillos: Adorni es un salvavidas de plomo. Le hablan poco, lo consultan menos, lo soportan porque deben. La Jefatura de Gabinete fue concebida como primus inter pares; aquí no hay primus, no hay pares, y apenas si hay Gabinete.
Tercero, los interlocutores políticos. El jefe de Gabinete debería ser el primer puente con gobernadores, sindicatos, bloques. Adorni no negocia con nadie: ni con la CGT, ni con el PJ federal, ni con los gobernadores patagónicos que reclaman, otra vez, un esquema de coparticipación que respete los costos del invierno y la geografía. Lo único que tiene Adorni para ofrecer es la cercanía con el Presidente. En cualquier otra administración eso sería un activo; aquí, donde el Presidente decide solo y comunica solo, no es siquiera una llave: es una llave repetida.
Cuarto y decisivo, la legitimidad de origen. Adorni no llegó al cargo por mérito político, ni por construcción parlamentaria, ni por consenso de gabinete. Llegó por una sola razón: el capricho presidencial. Y ese mismo capricho —tan exclusivo como inestable— es lo único que hoy lo sostiene. Cuando el cargo más político de la Constitución se sostiene por la voluntad caprichosa de un solo hombre, ya no estamos hablando de un jefe de Gabinete: estamos hablando de un asistente con jerarquía de ministro.
¿Para qué necesita la República un jefe de Gabinete que el Congreso no respeta, los Ministros no consultan, los gobernadores no llaman y al que solo el Presidente —porque es su capricho— defiende?
Si la respuesta es ninguna, entonces lo que vimos ayer no fue un debut: fue un funeral institucional con público.
LA PREGUNTA QUE QUEDA ABIERTA
La pregunta no es si Adorni va a renunciar. Esa pregunta ya tiene respuesta y es la que él mismo dio. La pregunta tampoco es si Milei lo va a sostener: el operativo del miércoles despeja toda duda. La pregunta — la verdadera, la incómoda — es otra.
No hubo interpelación. Hubo, apenas, un acto de fe. Y los actos de fe, en política, suelen ser el último recurso de los que ya no tienen argumentos.
