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 STEPHEN Y CARRIE
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STEPHEN Y CARRIE

25 mayo, 2024

Poco después, un domingo, me llamó Bill Thompson desde Doubleday. Yo estaba sólo en el piso. Tabby había ido a ver a su madre con los niños, y yo trabajaba en el nuevo libro, concebido como una mezcla de vampiros y descripción costumbrista a lo Thornton Wilder en Nuestra ciudad.

-¿Estás sentado?- preguntó Bill.

– No –dije yo. Como teníamos el teléfono en la pared de la cocina, estaba de pie entre ésta y el salón. -¿Debería?

-Te lo aconsejo –contestó Bill-. Los derechos de Carrie en bolsillo se los ha quedado Signet Books por cuatrocientos mil dólares.

Una vez, siendo yo muy pequeño, mi padre le había dicho a mi madre: “¿Por qué no haces callar al niño, Ruth? Este Stephen, cada vez que abre la boca saca las tripas”. Era verdad y lo ha seguido siendo, pero el Día de la Madre de mayo de 1973 la llamada de Bill me dejó completamente mudo. No podía articular palabra. Bill preguntó si aún estaba al teléfono, aguantándose la risa. Sabía que sí.

No podía haberlo entendido bien. Imposible. La idea me permitió encontrar la voz perdida.

-¿Has dicho cuarenta mil?

-Cuatrocientos mil –me corrigió Bill-. Según el código (refiriéndose al contrato que había firmado yo) te corresponden cien mil. Felicidades, Steve.

Yo seguía de pie al lado de la puerta, mirando el dormitorio del fondo del salón, con la cuna de Joe. Pagábamos noventa dólares de alquiler al mes, y un hombre a quién sólo había visto en una ocasión me comunicaba que me había tocado la lotería. Se me doblaron las piernas. No es que me cayera, pero me quedé sentado en el suelo.

-¿Estás seguro?- le pregunté a Bill.

Dijo que sí. Entonces le pedí que repitiera la cantidad muy lentamente y esmerando la pronunciación, para estar seguro de no confundirme. Dijo que era un cuatro con cinco ceros detrás.

-Luego un punto y dos ceros más –añadió.

Seguimos hablando media hora, pero no recuerdo una sola palabra de la conversación. Al término de ella intenté llamar a Tabby y a casa de su madre, pero me dijo Marcella, su hermana menor, que acababa de marcharse. Entonces me paseé en calcetines por todo el apartamento, con la sensación de que si no le contaba a nadie la buena noticia explotaría. Me decidí a calzarme y bajar al centro. En toda la calle mayor de Bangor sólo quedaba una tienda abierta, la Verdiere’s. De repente sentí la obligación de comprarle a Tabby un regalo para el día de la Madre, algo lujoso y excesivo. Lo intenté, pero he aquí una de las grandes verdades de la vida: en La Verdiere’s no venden nada muy lujoso ni excesivo. Le compré lo más próximo a la definición: un secador.

Volví a casa y la encontré en la cocina deshaciendo las bolsas de los niños y cantando lo que ponían por la radio. Le di el secador y se lo quedó mirando como si fuera el primero que veía.

-¿Para qué es? –preguntó.

Le cogí los hombros y le conté lo de los derechos de bolsillo. Viendo que no lo entendía, se lo repetí. Entonces Tabby miró por encima de mi hombro, contempló (como yo antes) nuestra mierda de pisito y rompió a llorar.

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