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FIGURITAS, STEPHEN KING
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No soy lector de Stephen King, Por lo tanto, al momento de diseñar esta figurita hay un hecho que tengo muy presente: ha de haber en este mundo miles de personas más capacitadas que yo para hacerlo. Así a la rápida se me viene uno a la cabeza, un pibe de Comodoro que tiene todos los libros del autor y además repetidos: posta, sale una nueva edición y él la compra. Aclaro que no es un berretín de ricachón; es un pibe que labura y le cuesta, como a casi todos.
Reconocida entonces mi escasa idoneidad, ahí va la experiencia. De paseo por Buenos Aires, ese lujo asiático de invierno que hace rato no podemos darnos – imposible entre costo de pasajes y alojamiento y la ciudad misma, tan abierta al turismo internacional que resulta a veces más cara que la Patagonia- me encontré con la tapa de Mientras escribo, ilustrada con foto del autor.
On Writting, tal su nombre original en inglés, es un libro que debo haber leído ya cuatro veces. Es también un milagro de la calle Corrientes, porque si me costó doscientos pesos es mucho.
A mitad de camino entre autobiografía y manual de escritura, King se cuenta a sí mismo y se saca las ganas de escribir sobre su oficio. El proyecto terminó de cerrar en su cabeza en una cena con Amy Tan, escritora estadounidense de origen asiático. “Nunca me preguntan nada sobre el lenguaje” le contestó ella, inquirida justamente sobre eso, qué pregunta nunca le habían hecho en las típicas conferencias de prensa a la que asisten periodistas y fans.
Ése fue el click, el último empujón para alguien que ya venía cuestionándose por qué tenía tantas ganas de “escribir sobre el arte de escribir”.
La respuesta fácil es que alguien que ha vendido tantas novelas como yo tiene que tener alguna opinión interesante sobre su elaboración, pero las respuestas fáciles no siempre son verdad. El coronel Sanders vendió cantidades ingentes de pollo frito, pero no estoy muy seguro de que le interese a nadie saber cómo lo hacía. Yo tenía la sensación de que querer explicarle a la gente cómo se escribe era una impertinencia demasiado grande. Lo diré de otra manera: no quería escribir algo, corto o largo, que me diera la sensación de ser un charlatán literario o un gilipollas trascendental. No, gracias, de esos libros (y escritores) hay ya bastantes en el mercado.
Amy, sin embargo, tenía razón: nunca te preguntan por el lenguaje. A un Delillo, un Updyke, un Styron, sí, pero no a los novelistas de gran público. Lástima, porque en la plebe también nos interesa el idioma, aunque sea de una manera más humilde, y sentimos auténtica pasión por el arte y el oficio de contar historias mediante la letra impresa. Las páginas siguientes pretenden explicar con brevedad y sencillez mi ingreso en el oficio, lo que he aprendido acerca de él y sus características. Trata del oficio con que me gano la vida.
Trata del lenguaje.
TIPS, FRASES, MOMENTOS
En Mientras Escribo King se desnuda, se entrega. Hay instantáneas de infancia en barrio pobre, de padre ausente que salió a comprar cigarrillos y jamás volvió, de madre luchadora y abandonada y sus novios, padrastros eventuales.
Hay un momento para encontrar el amor en Tabby, que será su compañera para siempre, y hay un momento para encontrar la salvación, el cable que los sacará de la miseria; ése es el día que le cuentan que van a publicar Carrie, a la postre película ícono de los años setenta, y en un momento manuscrito abandonado que su mujer encontró en el tacho de basura. “Seguilo, tiene posibilidades”.
Hay tiempo de caer en el alcohol y la cocaína pero seguir escribiendo. Hay tiempo de salir de ellos, releerse y darse cuenta de que hay libros que ni recordaba haber escrito. “Caramba, están bastante bien”.
Hay un reconocimiento de que es éste un libro que le costó mucho terminar. Un poco porque la ficción es lo que mejor le sale; otro poco porque cuando ya casi lo tenía una camioneta lo atropelló y lo dejó dos meses inconsciente y todo roto.
Por arriba y por abajo, en el medio y yuxtapuestas, hay muchas frases sobre su pasión y su oficio. King quiere que las tengas en cuenta si pensás que también puede ser el tuyo.
Poner al vocabulario de tiros largos, buscando palabras complicadas por vergüenza de usar las normales, es de lo peor que se le puede hacer al estilo. Es como ponerle un vestido de noche a un animal doméstico. El animal pasa vergüenza, pero el culpable de la presunta monería debería pasar todavía más.
Propongo desde ya una promesa solemne: no usar retribución en vez de sueldo, ni “John se tomó el tiempo de ejecutar un acto de excreción” queriendo decir que John se tomó el tiempo de cagar. Si consideras que tus lectores podrían considerar ofensivo o impropio el verbo “cagar” di “John se tomó el tiempo de hacer sus necesidades”. No es que quiera fomentar las palabrotas, pero sí el lenguaje directo y cotidiano.
Recuerda que la primera regla del vocabulario es usar la primera palabra que se te haya ocurrido siempre y cuando sea la adecuada y dé vida a la frase. Si tienes dudas y te pones a pensar, alguna otra palabra saldrá (eso seguro porque siempre hay otra), pero lo más probable es que sea peor que la primera, o menos ajustada a lo que querías decir.
Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo.
Leer es el centro creativo de la vida de un escritor. Yo nunca salgo sin un libro, y encuentro toda clase de oportunidades para enfrascarme en él.
Si tuviera un centavo por cada persona que me ha dicho que quiere ser escritor pero que “no tiene tiempo de leer” podría pagarme la comida en un restaurante bueno. ¿Me dejas que te sea franco? Si no tienes tiempo de leer es que tampoco tienes tiempo (ni herramientas) para escribir. Así de sencillo.
La verdadera importancia de leer es que genera confianza e intimidad con el proceso de la escritura. Se entra en el país de los escritores con los papeles en regla. La lectura constante te lleva a un lugar (o estado mental, si lo prefieres) donde se puede escribir con entusiasmo y sin complejos. También te permite ir descubriendo qué está hecho y qué por hacer, y te enseña a distinguir entre lo trillado y lo fresco, lo que funciona y lo que sólo ocupa espacio. Cuanto más leas, menos riesgo correrás de hacer el tonto con el bolígrafo o el procesador de textos.
Escribir y dormir se parecen en que aprendemos a estar físicamente quietos al mismo tiempo que animamos al cerebro a desconectar del pensamiento racional diurno, rutinario. De la misma manera que el cerebro y el cuerpo, noche tras noche, se te acostumbran a cierta cantidad de sueño fija (seis horas, siete, quizás las ocho recomendadas), existe la posibilidad de entrenar a la conciencia para que duerma creativamente y, despierta, teja sueños de gran nitidez, que es lo que son las obras narrativas bien hechas.
Me parece que hasta los cuarenta no entendí que casi todos los escritores que han publicado siquiera una línea han sufrido alguno u otra acusación de estar derrochando el talento que les ha regalado Dios. Cuando una persona escribe (y supongo que cuando pinta, baila, esculpe o canta), siempre hay otra con ganas de influirle mala conciencia.
Acabada la media hora de ensayo, metía el saxo en la funda y no volvía a sacarlo hasta la clase o ensayo siguiente. La lección que extraje fue que entre mi hijo y el saxo nunca habría música real, sino puro y simple ensayo, y eso no sirve. Si no te diviertes no sirve de nada. Vale más dedicarse a otra cosa donde puedan ser mayores las reservas de talento, y más elevado el cociente de diversión.
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