SOL DE MAYO
Adán Costa. Abogado. Profesor universitario de Historia, Políticas Públicas y Filosofía (UCU-UNR). Trabaja en el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales y es presidente de la Comisión de Derecho Indígena Latinoamericano e Interjuridicidad del Colegio de Abogados de Santa Fe
En los alrededores de mayo y por razones de la implacable agenda del presente, la sociedad argentina se ha topado con uno de los tantos datos de nuestro pasado revolucionario que no se conocen demasiado, pero que nos espejan. El cabildo de Córdoba, que procuró jurar adhesión al virrey del Perú, se opuso al grito que depuso un 25 de mayo de 1810 al representante de la monarquía española en Buenos Aires. En esa misma línea rechazaron el sol de mayo, las ciudades de Montevideo y Asunción la que comenzó en ese mismo punto su camino independiente que puso a Paraguay como una enorme potencia americana hacia fines de ese mismo siglo.
En el mismo sentido, menos se conoce, o quizá se conoce barnizado, el dato de que la revolución de mayo también la hicieron afroamericanos, indígenas y orilleros de la periferia de Buenos Aires, que como «chisperos» conformaron la “Legión Infernal” capitaneada por el cartero Domingo French. Aparte de repartir cintillas distintivas de color blanco junto con Antonio Beruti, lideraron este heterogéneo grupo que en formidable apretada munidos de sus gruesos pistolones a chispa y otras menudencias bélicas desde afuera del cabildo hacia quienes estaban adentro votando. Un cabildo que venía demostrando suficientes dudas en sus oscilaciones.
El 22 de mayo de 1810, primero gracias a la agitación de French, Donado y Cardozo que abrió el Cabildo, y luego a la verba engolada del orador de la revolución Castelli quien argumentó en el Cabildo la teoría de la retroversión de la soberanía, por la cual desaparecido el legítimo monarca, el poder volvía al pueblo; y que éste tenía derecho a formar un nuevo gobierno, se decidió por conformar una junta de gobierno, en línea al proceso que desde 1808 se venía dando en la península y en varias ciudades hispanoamericanas. Allí se decidió despedir al virrey. Paradójicamente una conspiración de los partidarios del rey, con el obispo Lué a la cabeza, el 24 de mayo se lo restituyó. Por esa razón, el 25 de mayo amaneció con la incertidumbre, pero la decisiva presión popular terminó echando a patadas a Cisneros, sentando al jefe militar potosino Saavedra en ese lugar, junto con los vocales Castelli, Azcuénaga, Larrea, Alberti, Matheu y Belgrano; y sus secretarios los abogados Moreno y Paso.
Muchos han visto, y siguen dando el acta de nacimiento allí, el 25 de mayo de 1810, a la patria. Otros pensamos que un acto revolucionario que viene a quebrar un orden injusto siempre debe ser celebrado, pero quizá haya habido patria o matria desde mucho tiempo antes ¿Acaso no se está erigiendo a Inti, el sol de los incas para que sea el corazón de los emblemas patrios argentinos, uruguayos o peruanos?
Prácticamente las distintas versiones de la historiografía coinciden en alguna medida, pero no lo cuentan igual, por razones de los intereses del presente desde el cual las elaboraron. En más o en menos, la historiografía liberal iniciada por Bartolomé Mitre a partir de 1860, entendió que el 25 de mayo fue el nacimiento de una patria independiente de España y con la libertad de comerciar libremente con Inglaterra. El detalle de la historia nos indica que por las reformas borbónicas del siglo anterior, ya se comerciaba con Inglaterra, incluso desde bastante antes, por la vía del contrabando sistemático practicado por los comerciantes desde el puerto de Buenos Aires. Por eso habló de la “Máscara de Fernando Séptimo”. Un argumento que sólo es digerible para una versión muy edulcorada de la historia.
Lo cierto fue que el 25 de mayo no hubo un nuevo país separado de España, ni que este país se llamaba Argentina, cosa que recién ocurrió como denominación oficial a partir de 1860. Lo que de alguna manera comenzó fue el lento camino para despachar a la monarquía absolutista de la América española, el que recién pudo concluir en las pampas de Ayacucho en 1824. Alberdi lo dice con suma claridad. La revolución de mayo es un momento de la revolución española de 1808, y ésta es un momento de la revolución francesa de 1789.
Más allá de las sutilezas de la historiografía, si es cierto que en el contexto internacional de 1810, que Córdoba y su Deán Funes o Montevideo con Francisco Javier de Elío no hayan sido de la partida inicial del proceso revolucionario se explica por las notorias divergencias de los proyectos políticos en curso. Por un lado, una idea moderada, de autonomía dentro de la monarquía española, encabeza por Cornelio Saavedra. Por el otro, una línea bien radicalizada, encabezada por Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Juan José Castelli que planteaban la independencia absoluta desde ese momento. Como no hubo consentimiento en el momento que se produjo la conquista española, era preciso romper todos los vínculos con la metrópoli, razonaba Moreno. La patria pronto se devoró su fuego.
Una de las tareas inmediatas de esa Primera Junta fue lograr el reconocimiento de su autoridad ante los pueblos que integraban el ex Virreinato del Río de la Plata, que hoy se corresponde al menos con cuatro países. Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay. Incluso con Inglaterra, donde se envió al joven diplomático Matías Irigoyen a conferenciar con el embajador inglés en Río de Janeiro. También, claro, la guerra contra los realistas partidarios que fue, en definitiva, la que permitió la supervivencia de la Revolución. En esa tarea Belgrano primero, y luego San Martín, Bolívar, Güemes, las y los caudillos alto-peruanos fue trascendental.
La historia siempre se encuentra en la sabiduría de articular los detalles y comprender los procesos. Tanto como conocer que el locro, o lucru en la lengua quechua de los incas, nos alimenta desde hace más de seis mil años, cuando en comunidad los pueblos andinos comenzaron a cultivar maíz, almidones, legumbres y tubérculos; y que poesía, en la lengua de los griegos, significa revolución, es decir crear un mundo nuevo.
