Puma, el animal maldito
Ambientalistas y ganaderos patagónicos se enfrentan por la supervivencia del depredador tope
Por Nicolás Cassese / LA NACIÓN
PERITO MORENO, Santa Cruz .– Acá, en las llanuras áridas y desoladas del noroeste de Santa Cruz, al borde de la Cordillera y en el límite con Chile, el tiempo retrocede. De a poco, el paisaje vuelve a ser como antes. Algunos, como el científico y ambientalista Emiliano Donadío, festejan y promueven el asilvestramiento de esta tierra. Otros, como el ganadero Pedro Garitaonandia, lo padecen. Los desencuentros entre ellos, símbolos de dos modelos productivos en pugna, se concentran en qué hacer con el puma, el depredador maldito de la Patagonia. Desde alrededor de 1880, lo que había sido una estepa apenas surcada por animales salvajes, viento y tribus nómades –el sur del continente americano fue una de las últimas regiones a las que llegó nuestra especie– comenzó a poblarse de inmigrantes de Inglaterra, España, Croacia, Finlandia y otros lugares lejanos. Vinieron con sus costumbres y su animal productivo: la oveja. Para 1950, la naturaleza había sido modificada por completo. Con 22 millones de ovejas, las estancias y comparsas itinerantes trabajaban sin descanso desde octubre hasta mediados del verano, la época de esquila. La lejana Patagonia austral había logrado insertarse en el circuito del comercio internacional como exportadora de lana. Aquello, sin embargo, hace algunas décadas comenzó a desvanecerse. Hoy, las ovejas son la mitad y muchas estancias están abandonadas o bajo el mando de los últimos descendientes de los tenaces inmigrantes. Donde había ovejas, ahora vuelve a haber guanacos, la especie autóctona y omnipresente de la estepa. Todo vuelve a ser como antes. Camuflado entre los pastizales, el puma, el depredador tope de estos parajes, saborea su victoria. Con esta producción –que incluye un documental en video y un juego para niños– LA NACION inaugura S.O.S. Animales Argentinos, una serie que se completa con capítulos sobre ballenas, yaguaretés y nutrias gigantes que se publicarán en las próximas semanas.


“El infierno se transformó en este paraíso”, celebra Donadío mientras pasea la mirada por El Unco, una antigua estancia ovejera que desde 2019 mutó en sede de los ambientalistas de Rewilding, la organización detrás de la recuperación de este y otros espacios naturales de la Argentina. Donadío es un biólogo patagónico de 52 años educado en la Universidad de La Plata y en la de Wyoming, Estados Unidos. Es el director científico de Rewilding y un gran defensor del puma. El infierno al que se refiere es al estado en que encontraron la estancia cuando la compraron, hace cinco años. Los pastizales estaban secos, lo mismo que las vertientes del río y el humedal. La degradación, dice Donadío, fue consecuencia del sobrepastoreo que la producción de ovejas generó en el terreno. Una muestra a escala, añade, de lo que ocurrió en todo el oeste ovejero de Santa Cruz. Tras la llegada de Rewilding y la expulsión del último remanente de ovejas, la estancia se integró al corredor de naturaleza donado por la organización. Una mañana de agosto último, el sol tenue ilumina los pastos altos del cañadón Caracoles. Encajonado entre paredes de piedra e interrumpido por mallines, un río manso serpentea hasta desembocar en una laguna con patos y flamencos, los primeros que llegaron luego de un invierno muy crudo. Las casas, de diseño sutil, con verdes apagados que se funden con el paisaje, techo de chapa y salamandra, abrigan a la tribu de naturalistas. En la orilla, los restos de un guanaco cazado por un puma son señales del cambio que festeja Donadío.

“Cuando llegamos, acá no había chinchillones ni coipos, casi no se veían guanacos y el puma era un fantasma del que solo veíamos las huellas. Hoy cazan frente a nuestras casas”, se entusiasma. El infierno de una sola especie –las ovejas–, dice Donadío, recuperó su condición natural de paraíso de biodiversidad. Ecosistemas sanos, con la mayor cantidad de especies nativas y la menor cantidad de exóticas posible: El Unco está muy cerca del ideal que guía todo el accionar de Rewilding. A pocos kilómetros de allí, la ecuación se invierte. El paraíso de Donadío es el infierno de Garitaonandia, su vecino ovejero. Garito, como lo llaman, tiene 60 años y es el dueño de La Vizcaína, una estancia cercana al Parque Patagonia. La historia de los Garitaonandia es similar a la de la mayoría de los colonos que poblaron Santa Cruz. Su abuelo y su tío abuelo llegaron del País Vasco a inicios del siglo XX y se instalaron en lo que entonces era un páramo ventoso y deshabitado. No había títulos de propiedad ni alambres. Apenas tierra infinita para que las ovejas pastaran y los hombres perseverantes lograran sostener a sus familias y progresar. Los colonos eran gente simple y laboriosa. Casi cuatro décadas después de llegar a la Patagonia, José María, el padre de Garito, volvió por primera vez a España. En el aeropuerto de Madrid se subió a un taxi y se fue directo a su pueblo en el País Vasco.
Cómo se degradó la estepa patagónica




Ecosistema sano
El puma es el depredador tope de la estepa patagónica. Su principal presa son los guanacos. Al cazarlos y limitar los herbívoros, genera un efecto beneficioso sobre la vegetación.
La irrupción de las ovejas
A mediados del siglo XX, la ganadería ovina se convirtió en la actividad económica dominante, con un pico de animales de 22 millones en la década de 1950.
Desertificación
Sin embargo, el sobrepastoreo degradó el suelo y pumas y guanacos, entre otras especies, sufrieron la caza alentada por los ganaderos y la reducción de los pastizales.
Tensión con los ganaderos
Una combinación de mercados deprimidos y erosión del suelo generó un declive de la industria ovina. Esto benefició a pumas y guanacos, reavivando el conflicto con los ganaderos.
De septiembre a mayo, Garito y su hermano se quedaban con sus tías en Perito Moreno para ir al colegio. En el invierno, cuando los 20 centímetros de nieve interrumpían las clases, se instalaban con sus padres en el campo. Llegaron a tener 8000 ovejas, pero hoy les quedan 5000, y es probable que pronto sean menos. Garito culpa de esta decadencia al cambio climático, a los guanacos y a los pumas. Los dos primeros escapan a su control. El tercero también, pero al menos puede hacer algo: matarlos. En Santa Cruz, las personas habilitadas pueden cazar un puma por semana. “El puma es dañino, mata cinco ovejas y come media. Lamentablemente, por más que le busquen el pelo al huevo, pumas y ovejas no pueden convivir. O viven las ovejas o viven los pumas”, afirma Garito mientras sacude un viejo cuero animal y sopla el polvo de los cinco cráneos de puma que descansan sobre el ropero de su cuarto. “Duermen conmigo, cuando me levanto me potencio y salgo a buscarlos”, se ríe. Lejos de la elegancia de algunos cascos de estancia bonaerenses, el de La Vizcaína es una casa de trabajo. Su corazón está en la cocina y no tiene más adornos que algunas viejas fotos familiares. Afuera hay galpones y caniles donde los perros ladran encadenados. La mujer de Garito se crio en Catamarca y, como no le gusta el frío de La Vizcaína, se instala en Perito Moreno. No tienen hijos, así que Garito y su gato –“el único felino que quiero”– pasan los inviernos solos. Sin mucho para hacer en esos largos meses, el ganadero lee sobre la problemática de su industria mientras junta bronca y tristeza.
El depredador tope de la Patagonia
Puma concolor
Todavía hace las invernadas, travesías de cuatro días a caballo para arrear a las ovejas hacia sus lugares de resguardo cuando llega el frío. También recibe a las comparsas itinerantes, que esquilan unas 1000 ovejas por día en jornadas que arrancan a las 6 con una churrasqueada de desayuno y terminan a eso de las 20 con más carne de oveja a modo de cena. Pero siente que el suyo es un oficio en retirada, que aquella corriente migratoria de ganaderos inaugurada hace dos generaciones por su abuelo y su tío abuelo corre serios riesgos de extinguirse. El “ñato” –como llama Garito al puma– es el receptor de su rabia. Cuenta que antes, hace 30 años, apenas veía alguno en invierno. Ahora, en cambio, los campos lindantes, desocupados y transformados en reservas naturales, son “criaderos de pumas” y la causa principal de las casi 400 ovejas que pierde por año. Por eso, para defender su capital, de septiembre a mayo sale al campo con perros y rifles para cazarlos. Mata unos diez por año. “Algunos tienen la suerte de una última foto”, dice, mientras muestra la imagen de un animal con cara de susto, segundos antes del disparo, que guarda en su celular. “Puma que entra al campo no sale”, desafía. La bronca de Garito se transforma en tristeza cuando, con ojos húmedos, admite que él es la última generación ovejera de su familia. “Una cosa es tener estancia y otra es ser ganadero. Yo estoy acá y vivo por y para el campo”, se emociona. –¿Qué va a pasar con este campo cuando vos ya no estés para trabajarlo? –No sé. Yo no tengo hijos y la hija de mi hermano tiene su trabajo y no mamó esto. –¿Se lo podrías vender a Rewilding? –Sería una contradicción grandísima, no me gustaría. Yo no lo haría. –¿Te da pena que se acabe esta tradición? –Seguro. Espero no verlo para no sentirlo.



El cañadón Caracoles y la zona de la Cueva de las Manos han sido desde siempre territorio de pumas, guanacos y otras especies
La tristeza muta otra vez en bronca cuando se refiere a sus vecinos de Rewilding. La ONG tiene monitoreados a 17 pumas, que llevan un collar desde donde emiten señales satelitales y de VHF. Utilizan la información para entender los hábitos de los felinos. Según Garito, 30 de sus ovejas murieron bajo las garras de pumas con collar. De hecho, mató a dos de ellos. El primer collar se lo devolvió enseguida a Rewilding. El segundo lo tuvo un año antes de entregarlo. Garito reclama una indemnización por su pérdida, pero la fundación se niega a pagarla. “Ellos [por Rewilding] tienen tiempo y plata. Nosotros no tenemos ni tiempo ni plata”, se queja antes de envalentonarse. “Son soberbios. Ellos mandarán en El Unco, pero acá, en La Vizcaína, no manda ni Donadío ni nadie. Acá mandamos nosotros, mi hermano y yo”, advierte. Garito lo enfoca en Rewilding y Donadío, pero el conflicto excede a estos protagonistas circunstanciales. Involucra, por un lado, a un sistema de producción ovina que está en crisis y, por el otro, a la urgencia de los programas ambientales para restaurar ecosistemas erosionados por esa misma producción.
Desde la estación biológica de El Unco, Donadío intenta ponerse en el lugar de sus vecinos. Busca soluciones para que los productores puedan coexistir de manera pacífica con los pumas, pero eso no significa avalar las medidas actuales. “Algunos pumas cada tanto matan ovejas. Entiendo que eso es un problema para los ganaderos, pero la solución no puede ser la erradicación de especies nativas a los tiros”, sostiene. El error de la eliminación de una especie para sostener la producción no solo es ético, continúa Donadío, el error es que el método ni siquiera resulta eficiente. “Se vienen matando pumas desde hace 100 años y a pesar de esta larga historia de persecución, el asunto no se resolvió. La estrategia ha sido un fracaso y hay que cambiarla”, dice. La cuestión, continúa, está mal enfocada.



Según su mirada, antes que un inconveniente a resolver, el puma, al igual que todos los grandes depredadores, es un garante de biodiversidad, ya que al cazar herbívoros, como el guanaco, tiene un efecto beneficioso sobre la vegetación: permite el desarrollo de otras especies. El cazador supremo, una máquina eficiente para matar, actúa en realidad como un posibilitador de mayor vida. A veces, la naturaleza ofrece estas paradojas.El causante del daño, sigue Donadío, es el paradigma de producción ovejera importado de Europa a mediados del siglo XIX, que generó una población excesiva de ovejas, cuyo pastoreo terminó erosionando la fina capa de vegetación y desertificando esta zona de la Patagonia. “El sobrepastoreo continuo y generalizado ha provocado que aproximadamente el 94% de la estepa patagónica muestre algún nivel de degradación”, consigna un artículo científico publicado por Donadío y otros autores. “Tenemos que sentarnos en una mesa con los ganaderos y, con la mediación del Estado, llegar a un acuerdo. Es la única manera”, dice Donadío. Las alternativas que propone son varias: utilizar perros de pastoreo –Rewilding ya proveyó varios–; estudiar si hay pumas que se especializan en la caza de ovejas para eliminarlos; aprovechar a los guanacos como animal de producción, tanto de lana como de carne, e impulsar el turismo rural de avistaje de animales salvajes como oportunidad de desarrollo.

Ya hay operadores locales que ofrecen programas de uno o varios días para rastrear pumas en su hábitat patagónico. La salida implica paciencia y muchas horas de caminata, pero el espectáculo es impresionante. “He visto a pumas hacer cosas fascinantes. Los he visto camuflarse, atacar y matar a una presa de 100 kilos para luego arrastrarla un kilómetro y esconderla en un lugar donde se sienten seguros para comer”, confirma Donadío. “Como todos los gatos –sigue–, el puma es el sumun del depredador”. Las características que lo ponen en esa categoría son, entre otras, su capacidad de camuflarse; las garras retráctiles, con las cuales se enganchan a la presa; su mandíbula corta y poderosa, y la forma de sus dientes. Con esas herramientas, los pumas matan alrededor de dos guanacos adultos por mes. También se alimentan de otras especies autóctonas. El problema con las ovejas es que son presas fáciles. A diferencia de los guanacos, que luchan, están atentos al peligro y se escapan, las ovejas son dóciles e incluso se quedan mirando mientras un puma caza a una de ellas. Esa es la razón por la que el animal suele matar a varias, aunque luego no se las coma. La fascinación de Donadío con los animales salvajes, no solo con los pumas, nació en San Martín de los Andes, su ciudad natal. A los ocho años, su padre compró una granja en las afueras del pueblo y llevaba todo tipo de animales a la casa, pero a él le gustaba más cruzarse con un zorro, un águila o un búho que darle la mamadera a un lechón recién nacido. “Por eso estudié biología y no veterinaria”, se ríe.

Un menú de documentales de National Geographic y libros sobre África cimentaron su vocación, que tuvo otro hito en un viaje que hizo con su familia a los 12 años por la ruta 40, desde San Martín de los Andes hasta Tierra del Fuego. “Creo que no vimos ni un guanaco, lo único que había eran ovejas. Incluso atropellamos dos que se cruzaron en la ruta”, recuerda. Donadío es un científico, pero también un aventurero, un naturalista y un activista. Disfruta escribiendo papers o coordinando un proyecto con financiamiento de un millón de dólares aportados por National Geographic para estudiar los efectos sobre la biodiversidad de los grandes depredadores, pero también distribuyendo las piedras filosas que, espera, lleven al puma que rastrea a pisar la trampa que acaba de camuflar. “Antes, me sentaba en una montaña y observaba a los guanacos o a algún puma, y lo que veía eran flechas de diferentes tamaños que conectaban todos los animales con la vegetación”, describe. “Por suerte –sigue– aprendí a borrar un poco eso de mi cabeza y disfrutar. Es genial ver a un puma cazar, o a los guanacos en un pastizal que de repente levantan la cabeza porque están atentos a su presencia”. Esos momentos de intimidad con la naturaleza son los que lo empujan a continuar con su tarea. “Como especie, tenemos que reconectar con el mundo salvaje”, considera. Su idea es que si rompimos el planeta, tenemos que arreglarlo. “La conservación en algún momento se definió como una ciencia de emergencia que viene a poner curitas. Hoy está evolucionando y no quiere poner más curitas, lo que quiere hacer es restaurar, volver para atrás ese impacto negativo de lo que dañamos. Es nuestro deber ético, pero también de autopreservación”, explica.