Ni orden mundial ni órdenes regionales, aunque hay por ahora «salidas de emergencia»
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
Hace tiempo que la política internacional se encuentra en una situación inquietante como consecuencia de la inexistencia de una configuración pactada y respetada entre los poderes preeminentes, que proporcione una relativa estabilidad y previsibilidad entre aquellos y restrinja «fugas hacia delante» entre poderes intermedios, como así en diferentes segmentos del poder entre Estados, por caso, en el sensible terreno de las armas nucleares
Pero, como hemos dicho en otras oportunidades, hay algo peor que la carencia de orden, y ello es lo que podemos denominar un «desorden internacional confrontativo», es decir, que las relaciones entre los grandes poderes, sobre los que recae la responsabilidad de meditar y construir un orden, se encuentren atravesadas por la confrontación latente o la no guerra, la creciente rivalidad, la descendente cooperación entre ellos y, por tanto, en el nivel de las entidades multilaterales, las que se encuentran en su nivel de más baja performance desde el fin del régimen de la Guerra Fría.
La situación es más inquietante cuando tampoco se observan tendencias hacia configuraciones u órdenes internacionales regionales. Más complejo aun: en las tres zonas selectivas estratégicas del planeta predominan la guerra y la tensión. Hay guerra en Ucrania y se ha levantado una cortina militar desde el Báltico hasta el Mar Negro; hay guerra en Oriente Medio y hay tensión en el Pacífico-Índico, donde la contención geopolítica estadounidense por medio de la formación de alianzas y restricciones geoeconómicas a China torna difícil la predominancia de la lógica de la colaboración entre los dos poderes mayores del mundo.
Tampoco hay órdenes regionales en ese neo ghetto estratégico que es África ni tampoco en América Latina, donde hace tiempo el regionalismo ha perdido vitalidad y han ganado fuerza los clivajes ideológicos, la rivalidad geopolítica y la influencia de los poderes fácticos.
En este contexto, la Unión Europea, América del Norte y Oceanía quedan como plazas con baja conflictividad, sobre todo la segunda, donde los océanos Atlántico Norte y Pacífico Norte constituyen barreras geográficas de escala. No obstante, hay expertos como Ian Bremmer y Cliff Kupchan del Grupo Eurasia, que consideran que la compulsa presidencial de Estados Unidos a fines de 2024 podría arrastrar al país a una seria situación de conflicto intraestatal.
Hasta aquí, la geopolítica y otras situaciones de disrupción mantienen y amenazan profundizar la fragmentación o el mayor desorden. Sin embargo, quedan dos realidades que cumplen el papel de relativos inhibidores de conflicto internacional: el comercio y la tecnología. Es decir, si hay algo que se parece a un orden internacional en el desorden internacional confrontativo en el mundo de hoy, ello se sostiene en el comercio y la tecnología, prácticamente dos nuevos activos públicos internacionales.
El comercio ha sufrido los impactos de la crisis de 2008 y posteriormente el de la geopolítica, la pandemia y la guerra. Sin embargo, a pesar de ello el intercambio comercial mundial de bienes (sin contar servicios) se expandió durante 2021 y 2022, disminuyendo en 2023, según datos de la OMC y la UNCTAD. Para el presente año las expectativas son modestas, y ello está relacionado con los conflictos, principalmente en los “puntos de inflamación” (como los denomina el geopolítico Saul Cohen), los múltiples riesgos globales, las políticas de deslocalización y relocalización de compañías, la disminución del crecimiento de China, las medidas antiinflacionarias, etc.
De todas maneras, se trata (el comercio) de un sucedáneo de orden internacional (no un orden internacional construido desde políticas de consuno de los poderes mayores), pues la ruptura de la interdependencia siempre implicará pérdidas para todos. Antes de 1914 existía una situación de globalización dinámica que no alcanzó finalmente para inhibir las fuerzas del nacionalismo y el armamentismo incubadas desde hacía tiempo.
Hoy la globalización comercial, a la que hay que sumar la conectividad y el mercado total de un mundo completo, es muchísimo mayor que entonces y es casi 50 veces superior al que existía cuando se crearon los regímenes internacionales de comercio tras la Segunda Guerra Mundial. Además, como señala el especialista argentino Marcelo Elizondo, se han fortalecido los tratados regionales de integración comercial, existiendo actualmente más de 360 a escala global, que hacen que el 70 por ciento de todos los intercambios del mundo tengan lugar sin carga arancelaria.
Por otra parte, los adelantos en materia de tecnologías mayores han despertado expectativas en relación con un orden internacional basado en la tecnología, particularmente en el segmento de la inteligencia artificial, al punto de hablarse de un orden internacional generativo, es decir, todo estará integrado en la tecnología.
Ambas situaciones, comercio y tecnología, están suministrando los bienes públicos internacionales que debe proporcionar una diplomacia desplegada por estadistas. Pero sabemos que no abundan los estadistas en el mundo de hoy, y los muy pocos que podrían tal vez sostener algunos enfoques relativos con principios de configuración internacional se hallan enfrentados o exigidos por las demandas nacionales.
Por tanto, el mundo sin orden continúa su curso con el “orden” basado en la inconveniencia de la ruptura, el comercio, y el “orden” basado en las expectativas de un nuevo paradigma, la tecnología. Pero esta suerte de “reserva supletoria” internacional puede no durar para siempre, pues podría sucumbir ante la fuerza de fisión de la geopolítica y la guerra, las “2 G” generadoras de disrupción internacional.
En rigor, es el comercio el que está proveyendo un “orden sustituto”, pues la tecnología nos deja frente a escenarios inciertos, en tanto se trata de una poderosísima herramienta de poder que muy posiblemente utilizarán los Estados para fortalecer sus poderes nacionales y volverse invulnerables. En este sentido, podrían formarse “bloques tecnológicos”.
Sin duda que habrá cotas de colaboración tecnológica entre ellos, pero difícilmente nos encontremos ad portas de un paradigma que implique un nuevo sistema de valores para la humanidad. No lo impulsó un fenómeno como una pandemia global letal, difícilmente lo haga la tecnología creada por el hombre.
