Linares: “Se están perdiendo derechos y falta debate real sobre
La inteligencia artificial y los nuevos hábitos que transforman la vida cotidiana y la comunicación
Especial para InfoSur
Laura De La Torre, Horacio Avendaño y Pablo Kennedy, en diálogo con el programa radial En Línea, que se emite por 106.1 Petroleros Jerárquicos Radio, analizaron el profundo impacto que la inteligencia artificial, la digitalización y el uso intensivo de pantallas están generando en la manera en que nos comunicamos, nos vinculamos y habitamos el mundo contemporáneo. Lo que se manifestó como un intercambio radial terminó convirtiéndose en una reflexión más amplia sobre los nuevos modos de vida, la transformación de los medios y la tensión creciente entre lo humano y lo tecnológico.
Latorre abrió el debate situando un concepto que se volvió central: la digitalización de la cultura. Ya no se trata, dijo, de tecnologías que se introducen de manera periférica en lo cotidiano, sino de dispositivos y plataformas que determinan la forma misma de vivir. El pasaje de la radio tradicional al streaming es solo un ejemplo: un medio que antes se sostenía en la magia de la voz hoy convive con el video, los formatos híbridos y el lenguaje visual permanente. Lo que antes era un canal singular se multiplicó en lenguajes simultáneos que reconfiguran la experiencia de comunicar y recibir información. En este marco, la IA no aparece como una herramienta aislada, sino como parte del ecosistema que reorganiza ritmos, percepciones y prácticas culturales.
Mientras el panel conversaba sobre cómo cambió la comunicación, Avendaño introdujo una observación que sintetiza un fenómeno social más profundo: la frase “tenemos que juntarnos”, repetida en diciembre casi como un mantra, es síntoma de una paradoja contemporánea. Todos expresan el deseo del encuentro, pero al mismo tiempo cada vez se dificulta más realizarlo. La virtualidad, que durante la pandemia fue salvadora y necesaria, instaló un modo de vincularnos que evita riesgos afectivos, reduce la exposición emocional y ofrece una comodidad que no exige el trabajo que implican los vínculos presenciales. En las reuniones sociales o laborales —cuando finalmente ocurren— se vuelve evidente que la hiperestimulación cotidiana modeló un nuevo tipo de diálogo: los celulares aparecen como una extensión del cuerpo y muchas veces se imponen como intermediarios que interrumpen o diluyen la conversación. Ya no es un fenómeno exclusivo de los jóvenes; los adultos también se ven absorbidos por la multitarea y la atención fragmentada.
Kennedy aportó a esta idea con un ejemplo cotidiano: incluso en encuentros significativos, como los reencuentros de compañeros de escuela, el contraste entre el deseo de verse y la dificultad de sostener conversaciones prolongadas se vuelve visible. La sociedad, dijeron, atraviesa un cansancio vincular, una suerte de agotamiento emocional que vuelve más trabajoso mantener la atención en el otro sin estímulos externos. De ese cansancio se desprende también la necesidad —a veces inconsciente— de evitar situaciones que exijan escucha, reflexión o presencia plena. La conversación se volvió un acto que compite permanentemente con la lógica digital del “2X”, del zapping, de la inmediatez y del multitasking.
A partir de allí, Latorre advirtió que estos cambios no son inocuos: la sobreexposición a pantallas, el uso intensivo de plataformas y la delegación cognitiva en dispositivos generan un impacto visible en las capacidades de atención, memoria y regulación emocional, especialmente entre niños y adolescentes, pero también en adultos. La interrupción constante, la necesidad permanente de estímulos y la imposibilidad de sostener una monotarea están modificando los modos de pensar y sentir. Docentes de distintos niveles ya detectan que a muchos estudiantes se les dificulta leer un texto lineal, sostener una tarea sin alternar pantallas o interpretar contenidos que requieren atención sostenida. Esta situación es tan evidente que en algunas escuelas ya se experimenta con “recreos digitales” para dosificar la ansiedad: un breve momento para usar el celular y luego retomar la actividad humana con mayor concentración. Kennedy agregó que ciertas capacidades básicas —como la escritura manual o la motricidad fina— se deterioran si se abandonan, y celebró que algunas escuelas volvieran a prácticas como la cursiva o la memorización de tablas, fundamentales para el desarrollo cognitivo temprano.
La conversación avanzó luego hacia las infancias y el universo digital que las rodea. Latorre se detuvo en plataformas como Roblox, muchas veces romantizadas por desconocimiento adulto. Allí, explicó, conviven lógicas de consumo, interacción constante y presencia de usuarios de distintas edades, con dinámicas que replican esquemas del mercado global. Para ella, el problema no es solo la exposición, sino la naturalización de un entorno donde el deseo se organiza en torno a compras, recompensas y estímulos permanentes. En este punto coincidieron en que el control parental, aunque importante, no resuelve el núcleo del problema: puede vulnerarse con facilidad y no aborda la necesidad de un acompañamiento adulto sostenido que aporte criterio y contención.
Hacia el final, la charla derivó en un debate urgente: la necesidad de políticas públicas que regulen el impacto de las plataformas en la vida cotidiana y, especialmente, en la salud mental de niños y adolescentes. Latorre mencionó casos internacionales como el del Estado de Nueva York, que inició acciones legales contra Facebook, Instagram y TikTok por los efectos nocivos detectados en jóvenes, así como debates en Australia y la Unión Europea sobre la edad mínima para el uso de dispositivos. Subrayó que, aunque el fenómeno es global, las respuestas deben comenzar en la escala local: en la casa, la escuela, los clubes, pero también desde un Estado capaz de construir marcos regulatorios y criterios de protección frente a un ecosistema que avanza más rápido que las normativas.
El intercambio concluyó con una idea compartida por los tres: no se trata de rechazar la tecnología ni la inteligencia artificial, sino de recuperar la capacidad crítica para comprender cómo reconfiguran nuestras vidas. La pregunta ya no es si estos cambios están ocurriendo, sino qué haremos —como sociedad, como instituciones y como individuos— frente a ellos. Entre la comodidad de la virtualidad y la complejidad del encuentro humano, el desafío es reconstruir modos de convivencia que no renuncien a la presencia, la escucha y los vínculos reales en un mundo que tiende, cada vez más, a digitalizarlo todo.
