¿La era de los bloques geo-tecnológicos?
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
Quien posea el control de las tecnologías superiores, poseerá el control del mundo. Este axioma se afirma como una de las realidades más contundentes en el siglo XXI.
Desde esta perspectiva, conforme se producen vertiginosos adelantos en el segmento tecnológico internacional y mundial, es posible que uno de los escenarios sea el de un mundo configurado en torno a bloques tecnológicos, es decir, un orden internacional y mundial en el que países preeminentes, rodeados de otros política, geográfica y culturalmente afines, concentren poder tecnológico mayor.
Son pertinentes aquí los términos internacional y mundial. Recordando un poco la diferencia que en los años setenta hacía Hedley Bull sobre internacional (los Estados) y mundial (hacia dentro de los Estados), en los adelantos y proyectos tecnológicos de hoy participan los Estados, pero también fuertes actores privados en esos Estados. Por tanto, existiría algo así como una pluralización o «democratización» tecnológica, aunque ello no necesariamente supone una mayor cooperación internacional en dicho segmento.
Y es ese el dato que acaso nos está introduciendo en un nuevo ciclo o configuración en las relaciones internacionales: la de bloques tecnológicos en pugna; una tercera ola de bloques después de los bloques geoestratégicos de tiempos de la Guerra Fría (1945-1991), y de los bloques geoeconómicos de tiempos de la “globalización de primera generación” (es decir, la de los años noventa).
Sí efectivamente es así, nos hallaríamos ad portas de un ciclo internacional con más carga disruptiva que cooperativa, pues, si bien los bloques mantendrán áreas de necesaria colaboración en materia tecnológica, será mucho mayor la competencia por la predominancia tecnológica, la que es hoy bastante discernible entre los dos polos tecnológicos más adelantados del mundo, Estados Unidos y China, en sectores como inteligencia artificial, nanotecnología, superconductores, robotización, informática cuántica, biogenética, etc.
De las eras previas, la geoeconómica se fundaba en una lógica más cooperativa que disruptiva, si bien es cierto que la globalización no fue un fenómeno neutro, como casi nada lo es en las relaciones internacionales. Pero el comercio internacional genera prosperidad y es un factor inhibidor de conflictos bélicos, aunque no es el antídoto absoluto frente a ellos, sólo un sucedáneo de un orden internacional.
Además, los países pueden favorecerse enormemente del comercio internacional (miremos a China y su impresionante superávit comercial de casi un billón de dólares en 2024), pero el comercio no proporciona dividendos o “desmarques” estratégicos interestatales casi decisivos como sí lo puede hacer la tecnología, la que, además, puede optimizar sensiblemente el segmento de las capacidades estratégicas-militares nacionales en todos los dominios (eso que se denomina autoayuda).
En relación con la competencia tecnológica, es oportuno mencionar el Artificial IntelIigence Index 2024, específicamente en cuanto a la disminución de la cooperación chino-estadounidense en IA. Si bien en 2024 ambos países renovaron un acuerdo sobre cooperación tecnológica, la realidad es de creciente desconfianza y competencia.
En buena medida, Washington no quiere volver a repetir el error de los años noventa, cuando exportó a Pekín determinados bienes tecnológicos que aceleraron el ascenso del actor asiático. El experto estadounidense John Mearsheimer fue uno de los más críticos con aquella política propia del “triunfalismo liberal” estadounidense. En 2021 señalaba que “Estados Unidos no frenó a China cuando debió hacerlo, y ello puede haber sido el peor error estratégico que ha cometido un país en la historia reciente: no hay un ejemplo comparable de una gran potencia que fomente activamente el surgimiento de un competidor par. Y ya es muy tarde para hacer algo al respecto”.
Por ello, la contención tecnológica por parte de Estados Unidos y aliados a China está pasando acaso a ser hoy la más decisiva en relación con las otras dos contenciones que lidera Washington contra el ascendente poder asiático: la contención estratégica-militar a través de pactos con actores de la región, y la contención económica a través de la negación de mercados regionales a los productos chinos. En términos de los especialistas Ling Chen y Miles Evers, Estados Unidos está librando una “guerra preventiva” para impedir que China se convierta en un competidor paritario.
Dicha ofensiva termina creando cadenas de valor restrictivas, pues, si bien en las mismas participan o aportan valor agregado diferentes países, no todas las compañías contribuyen con el mismo valor, reservándose los poderes más preeminentes la parte más estratégica de la cadena. Precisamente, lo que hace Estados Unidos para evitar ganancias de sus rivales.
Ante estas iniciativas dirigidas a frenar o ralentizar el ascenso de China, Pekín despliega iniciativas como la extensión de sus aranceles a las importaciones estadounidenses y de aliados, a la vez que impulsa la formación de un bloque con países del denominado sur global descontentos con la globalización en clave occidental.
En breve, posiblemente el mundo se está dirigiendo hacia una configuración donde la tecnología no termine siendo un bien público internacional que fomente la cooperación, sino que podría estar levantando bloques geotecnológicos en pugna.
En tal contexto, nos encontraríamos ante dos situaciones de fragmentación internacional: por un lado, la que tendrá lugar entre los bloques; por otro, la situación de marginación y vulnerabilidad que sufrirán los países que queden rezagados en la carrera tecnológica.
