Confesiones de un terrorista gramsciano: CRISTINA, LA CANDIDATA DE MILEI
Confesiones de un terrorista gramsciano: CRISTINA, LA CANDIDATA DE MILEI
La paradoja de un Peronismo que necesita terminar una época y un oficialismo que necesita conservarla.
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
No sabía que era un terrorista gramsciano. Debo reconocer que la noticia me sorprendió.
A lo largo de mi vida profesional, docente y política me calificaron de muchas maneras. Pero terrorista gramsciano, nunca. A esta altura de la vida uno descubre, gracias al Presidente Javier Milei, facetas desconocidas de su propia personalidad.
La cuestión podría terminar allí y hasta resultar divertida. El problema es que no lo es. Porque cuando el Presidente de la Nación comienza a utilizar categorías semejantes para describir a quienes cuestionan sus ideas, sus políticas o simplemente su manera de ejercer el poder, ya no estamos frente a una extravagancia lingüística. Estamos frente a una concepción del adversario. Y eso es bastante más importante.
Algo cambió
En los últimos días Milei endureció notablemente su discurso público. Multiplicó entrevistas con periodistas afines, elevó el tono y extendió las descalificaciones a un universo cada vez más amplio. Ya no se trata solamente de sus adversarios políticos tradicionales. Periodistas, economistas, empresarios, gobernadores y dirigentes que difícilmente podrían ser sospechados de pertenecer a la izquierda comenzaron a ingresar en alguna de las categorías del nuevo diccionario presidencial. Hasta economistas provenientes de la tradición liberal y ortodoxa quedaron alcanzados por la furia presidencial.
Ya no parece demasiado importante de dónde viene cada uno. Importa dónde está parado respecto del Presidente. Y allí aparece una primera transformación inquietante. Durante mucho tiempo la política argentina discutió entre oficialistas y opositores, peronistas y radicales, liberales y estatistas, izquierda y derecha. Ahora comienza a insinuarse otra división mucho más elemental: los que están con Milei y los que están contra Milei.
Cuando una democracia comienza a organizarse alrededor de la adhesión o el rechazo a una persona, algo empieza a funcionar mal.
El problema no son los insultos
Sería demasiado superficial reducir esta discusión a las malas maneras presidenciales. La Argentina ha tenido presidentes temperamentales, soberbios, irónicos y violentos verbalmente y sobrevivimos a todos. El problema es otro. El lenguaje presidencial está comenzando a construir una categoría política mucho más peligrosa: el enemigo.
El periodista crítico ya no estaría simplemente equivocado. El economista que cuestiona una política económica ya no tendría otra interpretación. El político opositor ya no representaría otra alternativa electoral. Todos pueden convertirse en integrantes de una conspiración contra el proyecto libertario. Y de este modo, aparecen las palabras claves: enemigos, mandriles, parásitos, periodistas corruptos, empresarios prebendarios, comunistas, socialistas y, ahora también, terroristas gramscianos.
Puede parecer grotesco. Pero las palabras pronunciadas desde el poder nunca son completamente inocentes. Una cosa es que un ciudadano insulte al Presidente. Otra muy distinta es que el Presidente señale como enemigos a ciudadanos que lo critican. Hay una desigualdad esencial entre ambos. Uno tiene una opinión. El otro tiene el Estado.
¿Por qué ahora?
Esta es quizá la pregunta más interesante. Una explicación posible es electoral. La Argentina comenzó, aunque todavía parezca prematuro, la carrera hacia 2027. Y Milei sabe perfectamente que su reelección no dependerá exclusivamente de conservar un núcleo duro de seguidores. Necesita reconstruir una mayoría.
La sociedad de 2026 ya no es la fotografía electoral de noviembre de 2023. Hay cansancio. Hay dificultades económicas. Hay sectores que acompañaron esperando determinados resultados y hoy comienzan a plantear dudas. Hay gobernadores que recuperan autonomía. Hay dirigentes que empiezan a imaginar alternativas. Pero, además, existe un fenómeno inevitable en cualquier gobierno: el tiempo.
El outsider de 2023 ya no existe. Javier Milei gobierna la Argentina desde hace casi tres años. A esta altura resulta cada vez más difícil atribuir todos los problemas al pasado y cuando comienza a agotarse la explicación de la herencia aparece una tentación política antiquísima: buscar responsables en el presente.
El enemigo necesario
Todos los populismos necesitan construir un enemigo. Los populismos de izquierda lo hicieron. Los populismos de derecha también. La mecánica es sorprendentemente parecida: cuando la realidad contradice el relato, el problema nunca puede estar en el relato. Debe estar en alguien que conspira contra él.
El Kirchnerismo necesitó corporaciones, medios hegemónicos, jueces y poderes concentrados. Milei necesita casta, periodistas, empresarios prebendarios, economistas fracasados, socialistas y terroristas gramscianos. Cambian los sustantivos, pero la estructura política permanece.
Por eso resulta cada vez menos interesante discutir si Milei pertenece exactamente a determinada categoría ideológica. La pregunta relevante es otra: ¿qué relación está construyendo con el pluralismo? Digo esto porque la democracia no consiste simplemente en ganar elecciones.Consiste también en aceptar que millones de ciudadanos pueden pensar exactamente lo contrario que quien las ganó.Y no solo eso, sino que tienen derecho a hacerlo.
La frase que comienza a escucharse
En ámbitos políticos, económicos y periodísticos comenzó además a circular otra frase incómoda, que algunos la pronuncian públicamente, aunque muchos más la dicen en privado. “El Presidente no está pensando bien”.
Ahora bien, conviene ser extremadamente prudentes con la frase. No corresponde hacer diagnósticos psicológicos ni psiquiátricos a distancia. Mucho menos utilizar la salud mental como herramienta de descalificación política. Pero existe una pregunta perfectamente legítima que una sociedad democrática puede formularse: ¿está tomando buenas decisiones políticas el Presidente?
Eso sí podemos discutirlo. Podemos analizar sus discursos. Podemos observar sus reacciones. Podemos estudiar sus decisiones. Podemos preguntarnos si la creciente intolerancia frente a la crítica responde a una estrategia electoral, a una radicalización ideológica o a una manera de ejercer el poder que se vuelve más evidente a medida que avanza el gobierno.
No necesitamos diagnosticar al hombre, pero tenemos la obligación de evaluar al Presidente.
La intolerancia como estrategia
Hay, sin embargo, una hipótesis todavía más inquietante. ¿Y si no estamos frente a un descontrol sino frente a una estrategia?
La polarización tiene una enorme utilidad electoral: simplifica. Obliga a elegir. Elimina matices. Convierte cualquier crítica al gobierno en una adhesión implícita a sus adversarios.
Si alguien cuestiona la política económica, entonces quiere que vuelva el Kirchnerismo. Si cuestiona el estilo presidencial, pertenece a la casta. Si reclama instituciones, defiende privilegios. Si discute una idea libertaria, termina siendo socialista. Y si insiste demasiado, quizás descubra —como yo— que además es un terrorista gramsciano.
La operación política es formidable porque impide la existencia del centro. Y Milei necesita precisamente eso. Necesita que la elección de 2027 vuelva a plantearse como aquella de 2023: él o el pasado.
El problema es que ya no estamos en 2023. Ahora Milei también tiene pasado. Es el pasado de su propio gobierno.
El verdadero comienzo de la campaña
Quizás estemos viendo algo más importante de lo que parece. Tal vez la campaña presidencial de 2027 ya comenzó. Y si comenzó de esta manera, deberíamos preocuparnos.
Porque una campaña electoral organizada alrededor de la identificación de enemigos puede producir una sociedad todavía más fragmentada que la que ya tenemos.
La Argentina conoce perfectamente esa historia. Peronistas contra antiperonistas. Civiles contra militares. Kirchneristas contra antikirchneristas. La grieta. Siempre encontramos alguna manera de dividirnos en dos mitades convencidas de que la otra mitad constituye una amenaza para la República.
Milei prometió terminar con muchas cosas. Sería paradójico que terminara perfeccionando precisamente esa.
CRISTINA, LA CANDIDATA DE MILEI
El Peronismo necesita que Cristina Fernández de Kirchner deje de ordenar su universo para poder reconstruirse, mientras que Javier Milei necesita exactamente lo contrario. Necesita que Cristina siga allí. Visible, vigente, discutida, capaz de conservar una porción importante del electorado y, al mismo tiempo, de impedir que ese electorado encuentre una síntesis nueva.
Dicho de otro modo: ¿a quién beneficia hoy que Cristina siga teniendo poder?
Para una parte importante del Peronismo, su permanencia se ha transformado en un problema de sucesión. Ningún movimiento político se renueva verdaderamente mientras la generación anterior conserve capacidad suficiente para decidir quién puede sucederla, quién debe esperar, quién merece la bendición y quién será considerado traidor.
Cristina permite que cualquier elección vuelva a convertirse en un referéndum sobre una Argentina que ya ocurrió. Si el adversario es Cristina, Milei puede volver a 2011, 2015 o 2019. Puede discutir inflación, corrupción, populismo, cepo, gasto público y casta. Puede reconstruir el escenario moral de 2023 aunque hayan pasado cuatro años y aunque para entonces la sociedad esté preguntando por otras cosas.
La estrategia no sería novedosa. Mauricio Macri comprendió antes que nadie el extraordinario rendimiento electoral de la polarización con Cristina. No necesitaba convertir a todos los argentinos en macristas. Le alcanzaba con conseguir que una porción decisiva del electorado temiera suficientemente el regreso del Kirchnerismo. La grieta no fue solamente una consecuencia cultural de la política argentina. También fue una formidable tecnología electoral.
Milei, que desplazó al Macrismo y se presentó como su superación, puede terminar utilizando la misma herramienta. El dirigente que creció aprovechando la fragmentación de sus adversarios necesita que sus adversarios continúen fragmentados para conservar el poder.
Ahí Cristina vuelve a ser decisiva. No necesita derrotarla todos los días. Necesita que exista.
Por eso habría que revisar una afirmación demasiado repetida: que el antiperonismo quiere terminar con Cristina. Quizá una parte del antiperonismo necesite exactamente lo contrario. Necesite conservarla como identidad del adversario.
Por eso resulta insuficiente preguntarse si Cristina puede o no volver a ser candidata. Puede ser candidata incluso sin figurar en una boleta. Puede serlo si todas las candidaturas se definen alrededor de ella. Puede serlo si el Peronismo sigue discutiendo quién es cristinista, quién dejó de serlo, quién recibe su bendición y quién se anima a desafiarla. Puede serlo, sobre todo, si Milei consigue que la elección de 2027 vuelva a plantearse como una elección entre él y el regreso del Kirchnerismo.
Ésa podría ser la gran ironía de esta etapa. Los sectores que más detestan al Kirchnerismo podrían terminar siendo los principales interesados en impedir que el Kirchnerismo termine. Y los peronistas que quieran reconstruir su movimiento deberán animarse a cerrar una etapa que sus adversarios necesitan desesperadamente mantener abierta.
La democracia que viene
El desafío, entonces, no consiste en pedirle al Presidente que sea amable. Eso sería casi infantil.
El desafío consiste en exigir algo mucho más elemental: que reconozca la legitimidad del otro.
La democracia es precisamente el sistema político diseñado para que personas que se consideran profundamente equivocadas entre sí puedan convivir sin eliminarse. No exige consenso. Exige reglas. No exige afecto. Exige tolerancia. No exige que el Presidente respete intelectualmente a sus adversarios. Exige que los reconozca como ciudadanos legítimos.
Cuando esa frontera comienza a desaparecer, el deterioro democrático no llega necesariamente mediante tanques, golpes de Estado o clausuras del Congreso. Puede comenzar de una manera mucho más sencilla. Con palabras. Primero se ridiculiza al adversario. Después se lo descalifica. Luego se lo convierte en enemigo. Y finalmente se convence a una parte de la sociedad de que ese enemigo carece de legitimidad. La historia demuestra que conviene detenerse bastante antes.
Mi pequeña confesión
Así que finalmente descubrí que soy un terrorista gramsciano. Aparentemente lo fui durante décadas sin advertirlo.
No sé exactamente cuándo comenzó mi actividad subversiva. Quizá cuando enseñaba en la universidad. Tal vez cuando ejercía como abogado. Quizá cuando participé en política. O probablemente cuando cometí el imperdonable delito de comenzar a cuestionar algunas decisiones del actual Gobierno.
Pero hay algo que sí sé. No pienso dejar de hacerlo. Porque existe una diferencia enorme entre cuestionar un gobierno y querer destruirlo. Entre criticar a un presidente y desconocer su legitimidad. Entre ser opositor y ser enemigo. Esa diferencia tiene un nombre. Se llama democracia.
Y precisamente por eso debería preocuparnos que desde la máxima autoridad del Estado esas fronteras comiencen a borrarse. No porque Javier Milei insulte. Eso, después de casi tres años, difícilmente pueda sorprender a alguien.
Lo preocupante será si la campaña hacia 2027 termina construyéndose sobre una idea mucho más peligrosa: que quienes apoyan al Presidente son ciudadanos y quienes lo cuestionamos somos enemigos.
Porque entonces el problema ya no será Gramsci. Ni los periodistas. Ni los economistas. Ni los políticos. Ni siquiera Milei. El problema será qué clase de democracia estaremos dispuestos a aceptar los argentinos para elegir al próximo presidente.
Mientras tanto, seguiré escribiendo. Ahora con una nueva credencial. Abogado. Docente. Productor. Analista político. Y, según parece, terrorista gramsciano.
A esta altura de la vida, uno nunca termina de actualizar el currículum.
