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 DARÍO JAMES: Cuando ser buena persona alcanza
Columnistas Sergio Mammarelli

DARÍO JAMES: Cuando ser buena persona alcanza

8 agosto, 2026

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Murió Darío James, intendente de Gaiman.

Y hay muertes que, además del dolor inevitable de familiares, amigos y afectos, producen algo bastante menos frecuente: obligan a una comunidad a detenerse y mirar la vida que acaba de terminar.

Conocí a Darío muchos años atrás, cuando era dirigente sindical en el Sindicato de Luz y Fuerza.

Pero creo que su verdadera dimensión pública se revelaría después.

Porque Darío terminó demostrando algo que quizás hemos complicado demasiado en la Argentina: cuando alguien es esencialmente buena persona, suele serlo en todos los lugares que ocupa.

Puede ser trabajador, sindicalista, vecino, dirigente político o intendente.

Cambian las responsabilidades. Cambian los escritorios. Cambian las circunstancias.

Pero no necesariamente tiene que cambiar la persona.

Y Darío James fue una demostración de ello.

Vivimos en un país donde muchas veces pareciera que para ingresar a la política hay que aceptar una transformación personal. Como si ejercer el poder exigiera abandonar cierta ingenuidad, volverse más pícaro, aprender códigos, tolerar cosas que antes no tolerábamos y terminar justificando aquello que alguna vez criticamos.

Darío transitó otro camino.

El poder no necesitó convertirlo en otra persona.

Siguió siendo Darío.

Simple. Austero. Cercano. Honesto.

Quizás allí esté la explicación del enorme respeto que despertó su muerte.

Porque hay algo que ninguna encuesta puede medir y ninguna campaña electoral puede fabricar: el respeto de una comunidad.

Se puede ganar una elección con publicidad. Se puede construir popularidad con recursos. Se puede conseguir obediencia mediante el poder. Pero el respeto es otra cosa.

El respeto se construye durante años, casi silenciosamente, con pequeños actos cotidianos. Con la palabra cumplida. Con la austeridad. Con la conducta cuando nadie está mirando. Con la manera de tratar al poderoso y, fundamentalmente, con la manera de tratar a quien no tiene ningún poder.

Y por eso resulta tan significativo observar lo que sucede cuando muere alguien como Darío James.

El respeto excede largamente a quienes compartieron su espacio político, sindical o institucional.

Y eso quizá constituya el reconocimiento más importante que puede recibir un dirigente.

Que lo respeten quienes pensaban distinto. Que lo reconozcan quienes nunca lo votaron. Que lo despidan quienes no pertenecieron a su espacio.

Porque entonces desaparecen las pertenencias circunstanciales y queda solamente la persona.

Y aparece una pregunta inevitable, bastante más incómoda para quienes seguimos vivos:

¿Cuántos de nosotros conseguiremos algún día un epitafio parecido?

No hablo de monumentos. Ni de calles con nuestros nombres. Ni de placas.

Hablo de algo infinitamente más difícil: que cuando ya no estemos alguien pueda decir simplemente que fuimos personas decentes.

Tal vez hayamos confundido durante demasiado tiempo qué significa ser un buen dirigente.

Buscamos inteligentes, audaces, carismáticos, estrategas, buenos comunicadores, grandes administradores o dirigentes capaces de ganar elecciones.

Quizás antes deberíamos exigir algo bastante más elemental: que sean buenas personas.

Después podremos discutir sus ideas. Podremos coincidir o disentir. Podremos evaluar sus administraciones.

Pero existe un piso moral previo a cualquier discusión ideológica: honestidad, integridad, austeridad, respeto por los demás y conciencia de que administrar lo público significa administrar aquello que pertenece a otros.

Darío James representó, para muchísimos que lo conocieron, precisamente esas cosas.

Y tal vez por eso su despedida excede a Gaiman.

Porque en momentos en los que la política argentina parece fascinada por los gritos, las descalificaciones, las extravagancias y los personajes estridentes, la muerte de un hombre sencillo termina produciendo un contraste formidable.

No hizo falta gritar para ser escuchado. No hizo falta insultar para tener autoridad. No hizo falta exhibirse para ser reconocido. No hizo falta enriquecerse para demostrar éxito. No hizo falta convertirse en personaje para convertirse en referente.

Alcanzó con ser Darío James.

Y paradójicamente tuvo que llegar su muerte para que muchos volviéramos a descubrir algo que debería resultar obvio.

La Argentina necesita dirigentes honestos. Pero también necesita dirigentes simples. Austeros. Íntegros. Previsibles.

Personas cuya vida privada no contradiga permanentemente aquello que proclaman públicamente. Dirigentes que puedan caminar por las mismas calles después de dejar el poder.

Y comunidades capaces de reconocerlos mientras todavía están vivos.

Porque también existe allí una responsabilidad nuestra.

Nos hemos acostumbrado demasiado a admirar al poderoso y demasiado poco al decente.

Celebramos al que gana. Al que acumula. Al que domina. Al que consigue imponerse.

Quizás deberíamos comenzar a celebrar más frecuentemente al que simplemente hace las cosas bien.

Por eso, aunque resulte doloroso, me alegra que al menos en su despedida hayamos podido reconocer colectivamente qué clase de dirigentes necesitamos.

Ojalá no olvidemos mañana lo que hoy reconocemos frente a su muerte.

Conocí a Darío James como dirigente sindical. Después lo vi convertirse en intendente.

Pero hoy, cuando toca despedirlo, descubro que ninguno de esos cargos alcanza para definirlo.

Y posiblemente ese sea su mayor mérito.

Porque finalmente no estamos despidiendo solamente a un sindicalista. Ni solamente a un intendente.

Estamos despidiendo algo bastante más escaso y bastante más importante: una buena persona que pasó por la política sin dejar que la política dejara de hacerla buena persona.

No es poco. En estos tiempos, quizás sea muchísimo.

Hasta siempre, Darío.

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