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Alemania ante una nueva era geopolítica
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
Los acontecimientos internacionales de los últimos años han recentrado la geopolítica, es decir, la disciplina que implica intereses políticos proyectados sobre territorios con fines asociados (corrientemente) con el poder de los Estados u otros actores.
En rigor, la geopolítica siempre estuvo; ni siquiera se fue con el final de la Guerra Fría. Permaneció y se desplegó por otros medios en tiempos de globalización, y se reafirmó en sus mismos términos con la ampliación de la OTAN, la proyección global del terrorismo transnacional (con impacto letal en el territorio más protegido del planeta el 11-S-01), el despliegue estadounidense en la zona del golfo Pérsico, las doctrinas aeroespaciales, las nuevas territorialidades, las injerencias armadas, las anexiones, etc.
Por ello, hablar del regreso de la geopolítica cuando Rusia capturó Crimea en 2014 no fue correcto, pues la geopolítica nunca se había marchado.
Más adelante, la pandemia, las guerras en las grandes zonas de fragmentación, las tensiones en el arco del Indico-Pacífico, la posible configuración de esferas geo-tecnológicas, los movimientos en las áreas polares, etc., nada más ratificaron la vigencia de una disciplina nueva como vocablo y tema de estudio sistematizado, pero antiquísima como práctica.
En este contexto, la geopolítica nos evoca a Alemania, el actor que se unificó en 1871 con base en la geopolítica, y que desde entonces y hasta 1945 transcurrió dentro de una vertiginosa dinámica en la que intereses. territorio y poder fueron casi permanentes.
Fue en Alemania donde comenzaron los estudios y reflexiones geográficas-geopolíticas; fue Alemania cuyo incremento de poder naval e industrial la enfrentó a Gran Bretaña a principios del siglo XX; fue por Alemania que tras la Gran Guerra 1914-1918 se rediseñó el territorio europeo (el que sería desafiado años después por una Alemania geopolíticamente revolucionaria); fue en Alemania donde se extendieron los estudios en los años veinte, e incluso hubo entonces cierta convergencia con geopolíticos rusos; y fue finalmente en Alemania donde la geopolítica fue mancillada y convertida en una disciplina de guerra suelo-racial.
Pero tras fracasar su gran ambición geopolítica, esto es, someter a Rusia y convertirla en su colonia suministradora de recursos, Alemania fue derrotada, ocupada y dividida, es decir, la peor de las condiciones para un vencido.
Y así permaneció por décadas, hasta que los acontecimientos ocurridos en la segunda mitad de los años ochenta llevaron a la rápida unificación del país (octubre de 1990), la que tuvo lugar según los términos de la doctrina Adenauer, es decir, bajo el modelo político-económico de la Alemania Occidental, sin salir de la OTAN (esa fue la «primera ampliación» de la Alianza) y sin presencia de efectivos soviéticos en el este.
Pero Alemania continuó ocupada y, como todos sus socios europeos, en la zona de confort estratégico aportada por el poder de cobertura convencional y nuclear de Estados Unidos. Nunca hubo en todo ese tiempo un intento de reflexión geopolítica y estratégica que considerada los intereses alemanes y europeos.
La única geopolítica alemana-europea que hubo por décadas fue la geopolítica institucional, es decir, la relativa con la construcción de un gran territorio complementado por reglas e instituciones. Por supuesto que ello fue por demás importante, pero durante todo ese tiempo, particularmente tras el fin del bipolarismo, Europa no se ocupó de pensarse geopolítica y estratégicamente, incluso eso no ocurrió en potencias como Francia.
Ello fue así hasta que, primero Crimea y luego Ucrania, dejaran a la antigeopolítica Europa frente a la categórica realidad geopolítica que tenía lugar en su mismo territorio.
A partir de febrero de 2022 ya nada fue lo mismo en Alemania y para Europa. La continuidad de la integración solo sería posible si se incorporaba con el mismo (o acaso con mayor) esfuerzo del proceso institucional a la resistida e incluso ignorada geopolítica.
Sí la guerra resignificó la geopolítica en Europa, la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos terminó por convencer a los europeos que se iniciaba otro ciclo.
En Alemania, antes de la guerra en Ucrania se retomaron las reflexiones geopolíticas. Tras la anexión rusa de Crimea, se impulsaron iniciativas relativas con la disciplina. Pero, claro, nunca desde los términos de aquella geopolítica de fisión que hizo «maldita» a la disciplina, sino desde el marco de análisis muy emparentado con la geopolítica: las relaciones internacionales.
Ya sea por el recuerdo que evoca la geopolítica, ya sea por la ausencia de geopolíticos, ya sea por los tiempos o por el peso del institucionalismo, la resignificación de la disciplina en Alemania es tomada desde una perspectiva internacionalista. De hecho, los estudiosos considerados geopolíticos se destacan en el área de la política internacional, por caso, por citar algunos, Herfried Munkler, Harald Müller, Wolfang Ischinhger, etc.
Además, la adopción de la geopolítica no será un ejercicio del todo fácil, pues la geopolítica supone tener presente que las cuestiones centrales están asociados a rivalidad, poder, intereses, territorios, recursos, intenciones desconocidas, sabotajes, etc. Y en Alemania la política internacional está atravesada por lo que se denomina «cultura de restricción», es decir, enfoques basados en el multilateralismo, la cooperación, las misiones «onusianas» de primera generación, la resolución pacífica de conflictos, etc.
Las dirigencias alemanas son conscientes de que Alemania ha ingresado a un nuevo ciclo histórico. En su momento, el ex canciller Olaf Scholz utilizó el término «Zeitenwende», esto es, un cambio de era. Pero se trata de un cambio de era de escala sin precedentes para la Alemania post-1945, pues dicho cambio sucederá en un contexto de repliegue estadounidense en Europa (aunque no del territorio alemán, tanto en soldados como en armas nucleares), nuevo marco de (in) seguridad en Europa, una frontera militarizada en el este, enemistad con Rusia, problemas con la autoayuda (doctrinas y dependencia de armas estadounidenses), con una afirmada reluctancia y hasta desconocimiento hacia el realismo en política internacional, etc.
Lo «nuevo» es que la geopolitización alemana no será en términos de lo «viejo», pues nadie piensa, aún la fuerza conservadora y euroescéptica Alternativa para Alemania (AfD), en la «maldita geopolítica», es decir, aquella que, manipulada, llevó a Alemania (y a todos) a una catástrofe histórica. No hay en Alemania nuevos «Haushofers» (más allá del mito o recarga de responsabilidades que pueda existir sobre el geógrafo) ni otros teóricos que hablen de fronteras vivas o del Estado como un organismo vital.
La nueva geopolítica en Alemania supondrá un actor que se piense (en el contexto europeo) a sí mismo en términos geopolíticos y estratégicos. Si lo hubiera hecho antes, digamos, hace dos décadas, quizá no habría tenido lugar la guerra actual ni las relaciones con Rusia hubieran colapsado, alejando a Alemania de la premisa o “clave de bóveda” de Bismarck relativa con mantener siempre buenas relaciones con Rusia. (Es pertinente recordar que, según el francés Emmanuel Todd, la ampliación de la OTAN estuvo dirigida principalmente contra Rusia, pero también contra Alemania.)
En breve, Alemania tiene enfrente un gran doble reto: por un lado, poner fin al ciclo Merkel, en el sentido de pasar a una era post industrial, es decir, a una economía basada en las tecnologías mayores (en las que Alemania y Europa están rezagadas frente a Estados Unidos y China); por otro, asumir una condición geopolítica realista que la convierta (a ella y a Europa) en una potencia completa. Porque la experiencia no dice prácticamente nada sobre “potencias normativas” o “jardines post-estatales”.
