Adorni: entre el capricho de los Milei y el silencio que protege algo más oscuro
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Se suponía que el Mundial lo tapaba todo. Sin embargo, me equivoqué. Esa creencia popular, casi antropológica, que cada cuatro años vuelve y dura un solo mes, parece que esta vez no se cumplió. Esa Argentina que, durante ese tiempo, todo lo tapa, parece que esta vez no funcionó.
Este junio de 2026, mientras la selección juega su Mundial y media Argentina discute formaciones y la otra media finge que no le importa, pero igual mira, el Jefe de Gabinete de la Nación está siendo investigado por enriquecimiento ilícito, posiblemente convocado a declaración indagatoria antes de la feria judicial de julio y sostenido en su cargo por una lealtad que nadie termina de explicar con argumentos políticos convincentes.
Hay algo que me inquieta más allá de cualquier análisis. ¿Qué representa Manuel Adorni dentro del gobierno de Javier Milei?
Me cuesta encontrar una respuesta a un síntoma que me asusta: la naturalidad. La absoluta ausencia de culpa en quien está convencido, con una convicción que no necesita argumento, de que está todo explicado.
Esa naturalidad es el verdadero escándalo. No el vuelo. No los quinientos trece mil dólares que aparecieron rectificados en declaraciones juradas que tardaron tres meses en presentarse. No la casa en Indio Cuá comprada en ciento veinte mil dólares y refaccionada en doscientos cuarenta y cinco mil más, todos en efectivo, en un país donde la informalidad es costumbre, pero la escala importa. El escándalo real es la convicción de que nada de eso requería ocultarse porque nada de eso era, desde la perspectiva del protagonista, un problema.
Adorni no huyó, no renunció. Adorni simplemente explicó, a sabiendas que se siente parte de un gobierno confundiendo la lealtad al soberano con la impunidad personal.
La corte de Milei tiene reglas propias. La principal es la lealtad al clan, entendida no como subordinación institucional sino como vínculo casi consanguíneo. Karina Milei no es simplemente la Secretaria General de la Presidencia: es el centro gravitacional del sistema, la figura que convierte la proximidad en poder y el distanciamiento en condena. Los elogios de Karina —»conozco tu integridad, eso me alcanza«— lo blindaron. El Gobierno cerró filas. La maquinaria de redes sociales activó el relato de la «operación periodística». El cineasta oficialista Santiago Oría publicó que Adorni «explicó todo perfecto» y que «quedó clarísimo que no robó».
Cuando el diputado Oscar Zago —ex jefe de la bancada oficialista, alguien que conoce los pasillos desde adentro— dice públicamente que «si lo dejan elegir al Presidente, Adorni no estaría más», no está haciendo un análisis político: está describiendo una mecánica. La permanencia de Adorni no dependería de su desempeño ni de la solidez de sus explicaciones patrimoniales. Dependería de Karina. Y si Karina lo sostiene, es porque algo en ese sostén le resulta útil, necesario, o simplemente cómodo. Esa conveniencia puede ser inocente —la simple gratitud de quien fue leal en momentos difíciles— o puede ser algo bastante más complejo.
Aquí aparece la segunda hipótesis. La que incomoda más.
El juez Ariel Lijo investiga no solo el origen del patrimonio de Adorni sino la naturaleza exacta de su vínculo con Marcelo Grandio, el periodista que pagó el vuelo a Punta del Este, cuya productora Imhouse mantenía contratos con la Televisión Pública, un canal que dependía precisamente de la jurisdicción del ahora Jefe de Gabinete. El piloto declaró cuatro horas. La Policía de Seguridad Aeroportuaria secuestró contratos. La Procuraduría de Investigaciones Administrativas abrió actuaciones. El fiscal Gerardo Pollicita formalizó el requerimiento de investigación por enriquecimiento ilícito. El fiscal federal tiene sobre la mesa un expediente donde un funcionario con ingresos de poco más de tres millones de pesos en dos años de gestión necesita explicar compras, refacciones y gastos que superan con comodidad ese número. La ecuación no cierra. Y cuando la ecuación no cierra, la primera pregunta que surge no es «¿cómo lo logró?» sino «¿quién lo ayudó a lograrlo y a cambio de qué?»
Adorni ofreció la respuesta de la época: el ahorro en negro, las criptomonedas, la herencia del padre. Una respuesta que en términos jurídicos puede ser insuficiente pero que en términos culturales es perfectamente legible. «Ahorramos en negro como todos los argentinos», dijo con una tranquilidad que muchos argentinos, en efecto, entendieron. El problema es que «todos los argentinos» no administran la pauta publicitaria del Estado, no tienen sobre su escritorio los contratos de la TV Pública, no toman decisiones que afectan directamente a los socios comerciales de quienes les pagan los vuelos. La informalidad fiscal masiva es un fenómeno sociológico. La informalidad fiscal de un funcionario con poder de asignación de recursos públicos es, potencialmente, otra cosa.
Si la primera hipótesis es el capricho de los Milei, la segunda hipótesis es más oscura y difícil de refutar: que Adorni permanece porque su salida abriría preguntas que la corte prefiere que permanezcan cerradas. Que el silencio de Karina no es el silencio de la lealtad afectiva sino el silencio de quien sabe que ciertos archivos no conviene agitar. Que la «reestructuración del Gabinete» que se analiza para envolver la salida de Adorni junto a algún otro ministro no es un ejercicio de gestión sino una operación de control de daños donde lo que se controla no es la imagen del Gobierno sino la información que Adorni podría decidir compartir si se sintiera abandonado.
Esta hipótesis no tiene, por ahora, prueba. Tiene lógica. Y en Argentina, la diferencia entre la lógica y la prueba suele ser una cuestión de tiempo, de paciencia judicial y de voluntad política para no mirar hacia otro lado cuando los expedientes empiezan a hablar.
El Gobierno eligió el relato del periodismo mentiroso. La oposición eligió el relato del escándalo de gestión. El sistema judicial avanza con la parsimonia que le es característica. Y Adorni, mientras tanto, sigue en su despacho, sostenido por una lealtad que nadie termina de explicar con argumentos políticos convincentes. Afuera, la Argentina grita goles o los llora. Adentro, los expedientes siguen su curso silencioso, indiferentes al marcador.
Quedan abiertas, entonces, dos preguntas que este texto no puede responder. La primera es la más simple: ¿Adorni es el niño mimado de una corte que no supo poner límites a su propio cortesano, o es el adulto que construyó vínculos que le garantizan protección porque la protección es recíproca? La segunda es la que mantiene en vela a quienes conocen cómo funcionan estos sistemas por dentro: si mañana Adorni deja de ser Jefe de Gabinete, ¿qué es exactamente lo que queda afuera del Gobierno con él?
En fin, se suponía que el Mundial lo tapaba todo. Pero hay preguntas que no esperan el pitazo final, y hay silencios que ningún grito de tribuna logra cubrir del todo.
