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 Tiemblen, gorilas
Columnistas Sergio Mammarelli

Tiemblen, gorilas

25 octubre, 2026

El Peronismo nació como esperanza de unos y miedo de otros. Ochenta y un años después del 17 de octubre, ya no asusta a sus adversarios: asusta a los que dice representar. Y lo más grave es que el primero en tener miedo es el propio Peronismo.

«No hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza.»

— Baruch Spinoza, Ética

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

I. UNA LITURGIA, CUATRO LEALTADES

El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores cruzaron el Riachuelo, llegaron a la Plaza de Mayo con calor, con hambre y con una certeza nueva, y metieron los pies en la fuente. La imagen escandalizó a la Argentina decente de entonces y fundó, en una tarde, la identidad política más perdurable del país. Ochenta y un años después, el aniversario dejó una postal menos épica y más elocuente. Axel Kicillof encabezó el acto del Peronismo bonaerense en González Catán. La Cámpora se movilizó en torno al departamento de San José 1111, donde Cristina Kirchner cumple su condena, con una consigna que mezcla nostalgia y profecía: «De San José a la Rosada, la Patria liberada». Máximo Kirchner habló en Chaco junto a Jorge Capitanich. Y Sergio Massa amaneció en el living de la expresidenta, en una foto que circuló por las redes sin que nadie explicara de qué se habló. La liturgia fue una. Las lealtades, por lo menos cuatro.

El movimiento que convirtió la lealtad en fecha patria, en contraseña y en sacramento llegó a su día sagrado disputándose el escenario, el liderazgo y hasta el significado de la palabra. Nadie traicionó a nadie, al menos en voz alta. Todos invocaron la unidad. Pero cada uno la invocó desde su propio atril, que es la manera más peronista de decir que la unidad existe a condición de que la encabece uno.

II. EL DIAGNÓSTICO SIN TRATAMIENTO

La crisis del Peronismo ya no es una pelea por cargos. Es una crisis de identidad, de ideas y de representación. El partido que ordenó buena parte de la política argentina durante ocho décadas, que gobernó en ciclos sucesivos y que supo hablarle al obrero industrial, al peón rural, al cabecita negra y a la clase media universitaria, hoy no logra responder una pregunta elemental: qué propone para la Argentina que viene. Lo curioso es que sus propios dirigentes lo saben. Kicillof lo dijo en González Catán con una franqueza que merece registrarse: «No alcanza con ser oposición, no alcanza con luchar». Máximo Kirchner, desde Chaco, pidió dejar atrás la «autocompasión» y reclamó que «las dirigencias empiecen a hablar claro».

El diagnóstico es correcto. El problema es que lo formulan los mismos que deberían tratarlo, y que lo formulan como si fueran comentaristas de su propio derrumbe. No alcanza con decir que el Gobierno gobierna mal. Una oposición no se convierte en alternativa por enumerar errores ajenos. Tiene que explicar qué haría con la inflación, con el empleo, con los salarios, con la educación, con la producción y con las provincias. Tiene que ofrecer un horizonte que no sea, apenas, una invitación a regresar sin cambios al país que la mayoría de los argentinos decidió dejar atrás en las urnas.

III. TRES NOMBRES Y NINGUNA IDEA

El Peronismo ofrece nombres conocidos, pero no una idea nueva de país. Sergio Massa reaparece como figura de unidad, pese a que su paso por el Ministerio de Economía y su derrota presidencial dejaron un balance difícil de presentar como renovación. Su candidatura no borraría ese registro; lo pondría otra vez en primer plano. La política no condena por rumores, pero los dirigentes tampoco pueden pedirle a la sociedad que olvide lo que todavía no explicaron de manera convincente.

Cristina Kirchner conserva capacidad de conducción sobre una parte decisiva del movimiento, pero esa influencia tiene un límite que ya no es político sino judicial. La Corte Suprema confirmó su condena en la causa Vialidad: seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Ella denuncia persecución y sus seguidores comparan su situación con la proscripción de Perón. Se puede discutir el fallo; lo que no se puede es organizar el futuro de un movimiento entero alrededor de la suerte judicial de una dirigente que no podrá volver a ser candidata. La lealtad a una persona terminó ocupando el lugar de la discusión sobre el país.

Kicillof busca proyectarse más allá de la provincia de Buenos Aires y anunció en su acto que «se dio la largada» hacia 2027. Pero la voluntad de competir no es un programa. Gobernar la provincia más grande del país es una experiencia valiosa; no responde, por sí sola, qué haría con la economía nacional, con el Estado, con la inversión o con la productividad. La convocatoria a «cambiar el rumbo» todavía no se tradujo en una propuesta capaz de convencer a quienes no quieren votar a Milei pero tampoco desean volver al pasado. El resultado es un combo inquietante: dirigentes que remiten a etapas gastadas, ideas que no despegan de la nostalgia y una interna que devora la energía que debería ponerse en construir. En lugar de preguntarse por qué perdió, el Peronismo reparte certificados de traición. En lugar de abrirse a una sociedad distinta, le pide a la sociedad que vuelva a ser la de antes.

IV. LOS INTÉRPRETES DEL MOVIMIENTO

No faltan quienes se arrogan la interpretación de lo que le sucede a este movimiento ya octogenario. Están los melancólicos, como Julio Bárbaro, que lo miran con la ternura que se le dedica a un álbum de fotos: el Peronismo como un hermoso recuerdo y poco más. Están los realistas del ciclo, como Jorge Asís, que lo leen con la lógica de siempre: en los años no electorales se pelean sin descanso y en el año electoral marchan juntos detrás del poder, que es el único objetivo capaz de convocarlos. Es la teoría del frente electoral, que le dio al Peronismo más de una victoria desde los años setenta y que muchos dan por descontada otra vez.

Y están los desafiantes, los que agitan la consigna «volveremos peores» como amenaza dirigida a quienes todavía habitan la vieja grieta entre peronistas y antiperonistas. Es la misma lógica que alguna vez leí en un grafiti, en una pared del conurbano profundo: «Tiemblen, gorilas, que Tarzán es peronista». La frase tenía humor y tenía orgullo. Pero también contenía, sin saberlo, una confesión: la identidad se definía por el miedo que era capaz de provocar en el otro. Las tres lecturas, la melancólica, la cíclica y la desafiante, comparten un punto ciego. Ninguna advierte que el país en el que esas interpretaciones funcionaban ya no existe.

V. DE GUTENBERG AL PULGAR

Marshall McLuhan llamó «galaxia Gutenberg» al orden cultural que nació con la imprenta: un pensamiento lineal, secuencial, jerárquico, que acostumbró a la mente a buscar causas y consecuencias, como se lee un libro de la primera a la última página. Manuel Castells bautizó como «galaxia Internet» al orden que vino a reemplazarlo: el hipertexto, la fragmentación, la inmediatez visual. El punto de quiebre llegó con el teléfono inteligente en 2007 y con una invención aparentemente menor: el scroll infinito, que el diseñador Aza Raskin creó en 2006 y del que años después se declaró arrepentido. Con un movimiento del pulgar, el usuario pasa sin transición de un bombardeo a un discurso presidencial, de un chiste a una tragedia. La psicóloga Gloria Mark, de la Universidad de California en Irvine, midió durante dos décadas cuánto tiempo sostenemos la atención en una pantalla antes de saltar a otra cosa: dos minutos y medio en 2004, apenas cuarenta y siete segundos en los estudios más recientes.

En ese ecosistema, el discurso político clásico, basado en la argumentación y la exposición ordenada de ideas, se vuelve invisible. Alex Pentland, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, describe en Shared Wisdom un elector que ya no busca referentes en la cúspide de las instituciones, sino que se forma criterio de manera horizontal, entre pares, en comunidades de afinidad. Los liderazgos que emergieron en todo el mundo no son accidentes: son el producto lógico de esa mutación. Comparten una comunicación visceral que reemplaza al programa por la emoción, una explotación sistemática del rechazo a los partidos tradicionales y el uso del espectáculo, la provocación y la extravagancia como herramientas para capturar una atención que dura menos que un semáforo.

Aquí aparece una ironía que el Peronismo debería mirar de frente. El movimiento no nació viejo. Nació siendo el más moderno de su época. Perón entendió antes que nadie el poder de la radio, y Eva Duarte venía, precisamente, de los radioteatros. La plaza llena, la voz que entraba en cada cocina, el balcón como escenario: el Peronismo fundacional fue una revolución comunicacional tanto como social. Ochenta años después, sus herederos siguen hablando como si la radio fuera el último invento, ante una generación de jóvenes que ya desplazó a la nuestra en el peso electoral y que va a decidir quién gobierna en 2027. Pertenecen a la vieja política, y la vieja política, en esta galaxia, no sabe siquiera armar una campaña.

VI. EL MIEDO CAMBIÓ DE DOMICILIO

Spinoza enseñó que no hay esperanza sin miedo ni miedo sin esperanza, porque ambos son pasiones nacidas de la incertidumbre sobre el futuro. El Peronismo fue, durante décadas, la encarnación política de esa ecuación. Para los trabajadores de 1945 era esperanza pura: aguinaldo, vacaciones pagas, estatuto del peón, dignidad. Para las élites de entonces era miedo puro: el aluvión zoológico, la amenaza al orden, el negro en la fuente. Esa doble condición fue su fuerza. Mientras unos esperaban, otros temblaban, y el grafiti de Tarzán no hacía otra cosa que celebrarlo.

El drama de este 17 de octubre es que la ecuación se invirtió. El Peronismo ya no asusta a los gorilas, que en buena medida desaparecieron como categoría política. Asusta al ciudadano de a pie, al trabajador informal, al jubilado, al joven, a muchos de aquellos a quienes el movimiento nació para representar. No temen su llegada al poder por razones ideológicas, sino por memoria: temen que vuelvan las viejas prácticas, las mismas disputas, los mismos problemas que nunca se resolvieron. El miedo que el Peronismo provocaba en sus enemigos ahora lo provoca en sus votantes posibles. Cambió de domicilio sin cambiar de nombre.

Y hay algo todavía más inquietante: el Peronismo también tiene miedo. Tiene miedo de la autocrítica, porque sospecha que una revisión honesta lo dejaría sin relato. Tiene miedo del futuro, porque no sabe cómo habitarlo. Tiene miedo de los jóvenes, porque no entiende su idioma. Tiene miedo, sobre todo, de dejar de ser lo que fue, y por eso se aferra a lo que ya no es. Un movimiento nacido de la esperanza se convirtió en una organización administrada por el temor: temor a perder, temor a cambiar, temor a quedarse sin la próxima liturgia.

Esa inversión tiene un beneficiario evidente. El miedo al regreso del Peronismo es hoy el principal activo electoral del Gobierno. Si una parte de la sociedad se siente defraudada por el oficialismo, pero no encuentra enfrente una opción confiable, puede elegir continuar antes que retroceder. No porque esté satisfecha, ni porque crea que todo va bien, sino porque el recuerdo de lo conocido pesa más que la incertidumbre de lo que vendría. El oficialismo lo sabe, y por eso necesita al Peronismo tanto como el Peronismo necesita al oficialismo: cada uno es el monstruo que justifica al otro. Uno apuesta a la nueva política visceral, emocional, anti partido, hecha de espectáculo. El otro responde con la consigna de volver peores. Entre ambos, la esperanza quedó sin representante.

VII. ENTRE DOS MONSTRUOS

Así llegamos a lo que nos queda a nosotros, simples mortales de a pie, que nos asustamos del gobierno actual y nos asustamos todavía más cuando miramos a quienes quieren reemplazarlo. Spinoza tenía razón: el miedo y la esperanza viajan juntos. Lo que no previó es una sociedad en la que el miedo viaja en los dos sentidos y la esperanza no viaja en ninguno.

En 1945, los trabajadores metieron los pies en la fuente de la Plaza de Mayo porque tenían calor y porque, por primera vez, alguien los había nombrado. Ochenta y un años después, el ciudadano común se levanta a la noche, abre la heladera, y la luz blanca ilumina un estante cada vez más vacío. Es la única luz encendida en la cocina. Ningún acto del 17 de octubre llegó hasta ahí. El grafiti del conurbano decía «Tiemblen, gorilas». Hoy tiembla otra gente, frente a otra puerta, con otro frío. Y la pregunta que el Peronismo no se anima a hacerse es la única que importa: qué queda de un movimiento cuando el único sentimiento que despierta en aquellos para quienes nació es el mismo miedo que alguna vez les provocó a sus enemigos?

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