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Seguridad vial: “Si todos respetáramos los límites de velocidad, los reductores no harían falta”
Especial para InfoSur
Sabrina Guerrero, referente de la Escuela de Conducción Defensiva del IAPG, en diálogo con InfoSur Radio, que se emite por Petroleros Jerárquicos, planteó la necesidad de revisar conductas profundamente naturalizadas en materia de seguridad vial y sostuvo que la instalación de reductores de velocidad constituye una herramienta preventiva frente al incumplimiento de las normas. “Si todos respetamos los límites, el reductor no hace falta”, resumió al analizar las críticas generadas por la colocación de nuevos dispositivos para disminuir la velocidad.
Durante su columna de Educación Vial, Guerrero tomó como punto de partida dos situaciones que circularon durante las últimas horas en redes sociales.
La primera fue un video en el que se observa a una niña de alrededor de 10 años conduciendo un vehículo en una localidad con escaso tránsito. La segunda, las reacciones negativas que generó entre algunos usuarios la instalación de nuevos reductores de velocidad.
Para la especialista, ambas situaciones permiten observar hasta qué punto determinadas conductas de riesgo continúan naturalizadas socialmente.
Una niña al volante y la naturalización del riesgo
Guerrero llamó especialmente la atención sobre los comentarios que acompañaban el video de la menor conduciendo.
Entre las reacciones aparecían personas que recordaban haber aprendido a manejar de la misma manera, otras que consideraban positivo que una niña adquiriera esa habilidad y quienes relativizaban el riesgo argumentando que se trataba de un lugar con poco tránsito.
Para la especialista, esas respuestas reflejan una percepción equivocada sobre la responsabilidad que implica conducir.
“Nos da un espejo de qué tan lejos tenemos la mirada del riesgo que representa conducir”, sostuvo.
Para graficarlo propuso una comparación sencilla: difícilmente alguien consideraría apropiado que una criatura de 10 años manipulara la instalación eléctrica de una vivienda debido al peligro que representa.
Sin embargo, esa misma percepción del riesgo no siempre aparece cuando se trata de ponerse al volante de un vehículo.
Guerrero recordó que conducir requiere capacidades, conocimientos y responsabilidades que exceden ampliamente la posibilidad de aprender a mover un automóvil.
En el video, además, se observaba a otro niño de menor edad dentro del vehículo y sin las condiciones adecuadas de seguridad.
Aprender en un ámbito deportivo no es circular por la vía pública
Durante la conversación también surgió una comparación frecuente: niños que desde edades tempranas practican karting u otras disciplinas vinculadas con el automovilismo.
Guerrero marcó una diferencia sustancial.
Una práctica deportiva se desarrolla en un ámbito controlado, con medidas específicas de seguridad y participantes que conocen y aceptan las condiciones de la actividad.
La vía pública, en cambio, es un espacio compartido.
Allí cualquier error de quien conduce puede afectar a peatones, pasajeros u otros automovilistas que nunca eligieron quedar expuestos a ese riesgo.
Por eso, sostuvo, no resulta válido equiparar ambas situaciones.
Reductores de velocidad: la otra cara del problema
La segunda situación analizada durante la columna fue la reacción negativa generada por la instalación de reductores de velocidad.
Guerrero señaló que numerosos usuarios cuestionaron la medida y reclamaron que los recursos fueran destinados a otras obras.
Sin embargo, planteó una relación directa entre la necesidad de instalar esos elementos y la conducta de los propios automovilistas.
Los reductores aparecen precisamente en aquellos sectores donde resulta necesario conseguir una disminución efectiva de la velocidad.
La especialista sintetizó el planteo con una invitación concreta: respetar los límites establecidos para que esos dispositivos dejen de ser necesarios.
“Yo te aseguro que el Municipio estaría muy feliz de ahorrarse el dinero de los reductores”, ironizó.
No alcanza con colocar un reductor
Guerrero aclaró también que la utilización de estos dispositivos debe cumplir determinadas condiciones de seguridad.
Uno de los aspectos fundamentales es la señalización previa.
Según explicó durante la columna, la presencia del reductor debe advertirse con suficiente anticipación y estar precedida por la correspondiente indicación de velocidad máxima.
El propio dispositivo también debe encontrarse claramente demarcado y ser visible durante la noche o bajo condiciones meteorológicas adversas.
“No lo puedo descubrir cuando ya estoy arriba”, fue el concepto que atravesó su explicación.
La razón es sencilla: aunque su función sea preventiva, el reductor constituye físicamente un obstáculo dentro de la vía de circulación.
Ambulancias, bomberos y motociclistas
El diseño también resulta determinante.
Guerrero explicó que un reductor debe permitir el paso seguro de vehículos de emergencia como ambulancias, autobombas y patrulleros.
No debería funcionar como una rampa abrupta ni generar condiciones que dificulten una intervención urgente.
La misma consideración debe existir respecto de motocicletas y bicicletas.
Su geometría y superficie tienen que permitir que los vehículos de dos ruedas puedan atravesarlo de manera segura y mantener una circulación razonablemente armoniosa.
Por eso, la especialista remarcó que colocar un reductor implica bastante más que construir una elevación sobre la calzada.
Debe existir señalización, demarcación, visibilidad y un diseño adecuado para los distintos usuarios de la vía pública.
Una discusión que vuelve siempre al comportamiento
Los dos ejemplos utilizados por Guerrero terminaron confluyendo en un mismo punto: la seguridad vial depende en buena medida de las conductas que una sociedad acepta como normales.
Naturalizar que un menor conduzca porque “todos aprendimos así” supone minimizar un riesgo.
Pero rechazar automáticamente un dispositivo destinado a disminuir la velocidad mientras se incumplen los límites establecidos expone otra contradicción.
Para la especialista, modificar esa cultura demanda un proceso que probablemente requiera generaciones.
La educación vial aparece entonces no solamente como aprendizaje de señales y normas, sino como una construcción colectiva sobre la responsabilidad que implica compartir el espacio público.
En ese sentido, los reductores constituyen una herramienta necesaria, pero también revelan una falla previa: si el límite de velocidad fuese respetado voluntariamente, muchas veces no sería necesario recurrir a un obstáculo físico para conseguir que los conductores levanten el pie del acelerador.