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 Ocho mil kilómetros de mentira
Columnistas Sergio Mammarelli

Ocho mil kilómetros de mentira

12 abril, 2026


Por: Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

El Gobierno celebra variables. La sociedad administra angustias. Y eso, en política, nunca termina bien.

Hace unas semanas decidí hacer algo que ninguna consultora de moda, ningún índice del INDEC y ningún spin gubernamental puede reemplazar: preguntarle a la gente cómo está. No a «la gente» en abstracto. A la gente concreta. A la que tiene nombre, delantal y mirada cansada.

Empecé por las personas que trabajan en casa. La que poda el jardín. La que arregla lo que se rompe. Seguí por los comercios de Carpintería, en San Luis. Luego aproveché mi viaje rutinario a la Patagonia —más de tres mil kilómetros de ida— para seguir preguntando. La Pampa. Río Negro. Neuquén. El Hoyo, Chubut. Gobernador Gregores. Puerto Deseado. Rada Tilly. Comodoro Rivadavia. Sin querer, había recorrido más de la mitad del país. Más de ocho mil kilómetros de rutas deterioradas, de asfalto roto, de paisajes que cambian y respuestas que no.

Cambiaban los acentos. Cambiaban los paisajes. La angustia era siempre la misma.

El comerciante vende menos. El empleado recorta hasta el límite de la dignidad. El jubilado no compra remedios. El emprendedor resiste, sin saber muy bien por qué ni hasta cuándo. Amigos que ya no pueden pagar el alquiler de sus hijos estudiando en Buenos Aires. Comerciantes que se están fundiendo en silencio, sin que nadie los cuente en ninguna estadística. Absolutamente nadie —ni uno solo en ocho mil kilómetros— me dijo que le estaba yendo mejor.

Y mientras tanto, desde el poder, el relato es otro. Se nos dice que la inflación está bajo control. Que lo peor ya pasó. Que estamos en la antesala de un despegue histórico. Que esta vez sí. Que ahora sí. Que sí. El Presidente celebra en cadena nacional. Los funcionarios exhiben gráficos en redes sociales. Los voceros del modelo hablan de «paciencia» y de «procesos que llevan tiempo». Y tienen razón en una cosa: los procesos llevan tiempo. Lo que no dicen es quién paga ese tiempo. Y en qué moneda.

Hay algo profundamente inquietante en esa disociación. No es una diferencia de enfoque ni un sesgo subjetivo. Es una fractura. De un lado, los indicadores. Del otro, las personas. De un lado, la macroeconomía que se «ordena». Del otro, la microeconomía que se desangra. El Gobierno puede tener razón en los números. Y estar completamente equivocado en la realidad. Ambas cosas son posibles al mismo tiempo. Y esa simultaneidad es exactamente el corazón del problema.

Aun cuando la inflación baje, el problema no se resuelve si los ingresos llegan tarde, si el consumo se desploma y si la economía cotidiana se convierte en una carrera de supervivencia.

Porque hay algo que los modelos macroeconómicos no capturan y que cualquier almacenero de Gobernador Gregores entiende mejor que un economista de Palermo: la confianza no se recupera con un índice. Se recupera con la experiencia cotidiana de que las cosas mejoran. Y esa experiencia, hoy, simplemente no existe. El salario real sigue por debajo de donde estaba. El consumo masivo no repunta. La destrucción de empleo privado en los sectores más sensibles no se detiene. Los datos del INDEC sobre canasta básica y los del BCRA sobre depósitos en pesos cuentan historias que no cierran con el relato oficial. Pero esos datos no salen en los actos de gobierno.

Y aquí aparece el verdadero riesgo. No es solo económico. Es político. Es social. Es cultural. Cuando una sociedad deja de sentir mejora en su vida concreta, deja de creer. Y cuando deja de creer, no hay relato que alcance, no hay narrativa que sostenga, no hay épica que resista. Ni la del cambio ni la de la resistencia. Ninguna. El escepticismo no elige banderas: las corroe a todas por igual.

La oposición, por su parte, no está en condiciones de celebrar nada. Porque esta crisis no empezó en diciembre de 2023. Viene de antes. Viene de mucho antes. De gobiernos que gastaron lo que no tenían, de acuerdos que no se cumplieron, de promesas que se repitieron hasta vaciarse de sentido. El drama argentino no tiene un solo culpable. Tiene una larga lista de cómplices. Y muchos de ellos hoy posan de víctimas.

La Argentina ha entrado demasiadas veces en este juego perverso: números que mejoran en los papeles mientras la vida empeora en la calle. El desenlace, siempre, es el mismo.

Recorrí esas rutas rotas —literalmente rotas, con tramos donde uno no pierde la vida casi por milagro— y pensé que eran una metáfora perfecta del país. Infraestructura abandonada. Parches sobre parches. La apariencia de una ruta donde ya no hay ruta. Avanzás igual porque no hay otra opción. Pero sabés que en cualquier momento el asfalto se acaba.

Dirán los fanáticos que mi experimento carece de rigor. Que no elegí bien la muestra. Que el universo es insuficiente. Puede ser. Pero lo curioso es que hasta los fanáticos sienten lo mismo. Solo que su fanatismo les impide la espontaneidad. El problema no se mide. Se vive. Y lo que vive la Argentina hoy no coincide con ningún PowerPoint presentado en ningún foro internacional.

Un país no mejora cuando sus ciudadanos no llegan a fin de mes. Punto. Sin asteriscos, sin aclaraciones técnicas, sin el auxilio de ningún índice que explique por qué lo que uno siente no es lo que debería sentir. Y cuando la distancia entre lo que celebra el poder y lo que padece la sociedad se vuelve tan obscena como la que recorrí en esos ocho mil kilómetros, la pregunta ya no es si el modelo funciona. La pregunta es cuánto tiempo más puede el país aguantar creyendo que la culpa de no llegar a fin de mes es propia.

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