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 No me explique la economía. Explíqueme mi vida
Columnistas Sergio Mammarelli

No me explique la economía. Explíqueme mi vida

23 agosto, 2026

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Yo voté a Milei. Y quizás convenga empezar por ahí porque pertenezco a un grupo de argentinos que parece haber desaparecido de la discusión pública: los que lo votamos sin ser libertarios. No voté la motosierra. No voté a Hayek. No voté a Rothbard. Ni siquiera sabía demasiado bien quiénes eran. Voté algo mucho más sencillo. Voté para que no volviera lo anterior. Había votado a Patricia Bullrich y perdió. Después de las PASO y de la primera vuelta quedaban pocas alternativas: Massa, Milei o quedarse en casa. Y elegí a Milei. No porque me gustara. Algunas de sus cosas me parecían exageradas. Otras, directamente disparatadas. Pero frente a la posibilidad de continuar con una Argentina que tenía inflación descontrolada, pobreza, corrupción, déficit y un Estado que parecía incapaz de solucionar nada, elegí probar algo diferente.

Millones hicieron algo parecido. No fue necesariamente un enamoramiento. Fue hartazgo. Y Milei entendió perfectamente ese hartazgo. Prometió terminar con la inflación. Dolarizar. Cerrar el Banco Central. Terminar con la casta. Meter presos a los corruptos. Reducir el Estado. Hacer pagar el ajuste a la política. Era brutal, pero sencillo de entender. Y ganó.

Al principio incluso algunas cosas entusiasmaron. Que el Estado no pudiera gastar eternamente más de lo que recauda parecía razonable. Que hubiera que ordenar las cuentas también. Que existieran organismos inútiles, privilegios políticos y gastos absurdos era evidente. Muchos dijimos: “Por fin alguien se anima.”

Pero pasó el tiempo. Y apareció un problema. El ajuste que supuestamente iba a pagar la casta empezó a llegar a nuestra casa. Entonces la discusión dejó de ser ideológica.Porque hay un momento en que a una familia ya no le importa demasiado si el déficit fiscal bajó del 5 al 2, si el riesgo país subió cincuenta puntos o si determinada variable macroeconómica mejoró.

Quiere saber algo mucho más elemental: ¿Por qué antes podía pagar mis cuentas y ahora no puedo? Eso es economía. Economía es abrir la heladera. Economía es cargar combustible. Economía es pagar la luz. Economía es comprar los remedios. Economía es decidir si este mes pagamos toda la tarjeta o dejamos una parte para el próximo. Economía es que tu hijo tenga trabajo. Economía es que tu jubilación alcance hasta el día 30. Todo lo demás son explicaciones. Y existe un problema enorme cuando las explicaciones dicen una cosa y la vida cotidiana dice otra.

EL PAÍS QUE MEJORA Y LA FAMILIA QUE EMPEORA

Nos dicen que la macroeconomía se ordenó. Puede ser. Nos dicen que bajó la inflación. Es cierto que bajó muchísimo respecto de aquel infierno. Nos dicen que las cuentas públicas están equilibradas. Bienvenido sea. Nos dicen que determinados sectores de la economía crecen. Magnífico. Pero falta una pregunta. ¿Y yo cuándo lo noto?

Porque ningún padre lleva el riesgo país a la mesa. Ningún jubilado compra medicamentos con equilibrio fiscal. Ningún trabajador paga la tarjeta con el crecimiento de Vaca Muerta. Y ningún comerciante paga el alquiler de su negocio con un discurso presidencial. Lo paga con pesos. Y esos pesos tienen que alcanzar.

Esta diferencia entre el país de las estadísticas y el país de la gente empieza a convertirse en el verdadero problema político argentino. Porque imaginemos algo muy sencillo. Una familia ganaba 100 y gastaba 95. No era rica. Pero vivía. Ahora gana 120 y gasta 140. Le explicamos que la inflación está bajando. Perfecto. Pero debe 20. Y el mes siguiente vuelve a deber. Entonces usa la tarjeta. Después paga el mínimo. Después pide un préstamo. Después deja de comprar ropa. Después elimina una salida. Después posterga el arreglo del auto. Después cambia de supermercado. Después empieza a comprar menos carne. Y finalmente llega algo mucho más grave: empieza a tener miedo. Miedo de enfermarse. Miedo de que se rompa el auto. Miedo de perder el trabajo. Miedo de que llegue una factura inesperada. Eso no aparece fácilmente en una planilla Excel. Pero existe.

EL ERROR DE DECIRLE A ALGUIEN QUE ESTÁ MEJOR

Hay algo que cualquier político debería aprender. Nunca hay que explicarle a una persona que está mejor cuando esa persona siente que está peor. Puede demostrarlo con veinte gráficos Puede traer diez economistas. Puede mostrar el déficit fiscal. Puede comparar la inflación. Puede hablar durante tres horas. Pero si el hombre que está escuchando debe dinero en la tarjeta, su esposa dejó de comprar algo que necesitaba y su hijo no consigue trabajo, existe una realidad mucho más poderosa que cualquier gráfico. Su propia vida.

Y ahí empieza la bronca. No necesariamente contra el ajuste. No necesariamente contra el capitalismo. Ni siquiera necesariamente contra Milei. Es la bronca de sentirse incomprendido. “Me dicen que estamos mejor, pero yo estoy peor.”

Esa frase puede ser muchísimo más peligrosa electoralmente que cualquier denuncia de la oposición. Porque la oposición puede equivocarse. La heladera no.

NO QUIERO VOLVER ATRÁS

Y acá aparece quizás el dilema más interesante. Muchos de quienes empiezan a sentirse decepcionados con Milei tampoco quieren volver al Kirchnerismo. Ese argentino existe. Y probablemente sean millones. No quiere inflación. No quiere déficit permanente. No quiere corrupción. No quiere clientelismo. No quiere un Estado lleno de amigos de los políticos. No quiere volver al pasado. Pero tampoco quiere que le expliquen que para construir el futuro tiene que destruir su presente.

Ese ciudadano quedó políticamente huérfano. Porque unos le dicen: “Volvamos.” Y él responde: “No quiero volver.” Mientras los otros le dicen: “Hay que aguantar.” Y él empieza a preguntar: ¿Hasta cuándo?”

Ahí está probablemente una de las preguntas políticas centrales de la Argentina que viene.

¿HASTA CUÁNDO?

La frase “hay que aguantar” tiene un límite. Porque aguantar seis meses puede ser un esfuerzo. Aguantar un año puede ser esperanza. Aguantar dos años empieza a ser una forma de vida. Y nadie vota para sufrir indefinidamente esperando que algún día llegue la prosperidad.

La gente acepta sacrificios cuando entiende tres cosas: por qué los hace, hasta cuándo debe hacerlos, y qué recibirá después. Si cualquiera de esas tres respuestas desaparece, el sacrificio empieza a transformarse en resignación.

Y después la resignación se convierte en bronca. Ese es el peligro. No que la gente se haga kirchnerista. No que se vuelva socialista. No que estudie economía y descubra otra teoría. Algo mucho más sencillo: que se canse.

MILEI DEBERÍA ESCUCHAR A QUIENES LO VOTARON

El Presidente comete un error si supone que todo aquel que critica su gobierno quiere que fracase. Yo quiero exactamente lo contrario. Porque si Milei fracasa no fracasa Milei. Fracasa nuevamente la Argentina. Pero haberlo votado no significa haberle entregado un cheque en blanco. El voto no es obediencia. El voto es un contrato.

Y aquel contrato decía algo bastante sencillo: arregle este país. No decía: insulte a todo aquel que piensa diferente. No decía: convierta cada discusión en una batalla. No decía: explíquenos todos los días quién es nuestro enemigo. Muchísimo menos decía: si las cosas no funcionan, la culpa siempre es de otro. Para eso ya tuvimos demasiados gobiernos.

Gobernar es hacerse cargo. De los éxitos. Y también de los fracasos.

NO SOMOS NÚMEROS

Tal vez este sea el punto que el Gobierno todavía no comprende. Detrás de cada porcentaje hay alguien. Cuando cae el consumo no cayó “el consumo”. Una familia dejó algo en la góndola. Cuando aumenta la morosidad no aumentó “la mora”. Alguien decidió qué cuenta no pagar. Cuando cierra un comercio no cerró “una unidad productiva”. Una persona perdió los ahorros de años. Cuando alguien pierde el trabajo no aumentó “la tasa de desempleo”. Llegó a su casa y tuvo que decir: “Me echaron.”

La economía finalmente es eso. Personas. Familias. Miedos. Proyectos. Esperanzas.

LA ARGENTINA NECESITA UNA ESPERANZA

No estoy reclamando volver al pasado. Todo lo contrario. Quizás lo que millones estamos reclamando sea algo bastante más difícil. Queremos estabilidad y trabajo. Equilibrio fiscal y crecimiento. Inversión y salarios. Empresas rentables y trabajadores que puedan vivir de su sueldo. Un Estado que no despilfarre pero que funcione. Una moneda estable pero también una vida estable.

¿Es demasiado pedir? No.

Eso debería ser gobernar. El verdadero éxito económico no llegará el día que un ministro muestre un gráfico extraordinario. Llegará cuando una familia deje de mirar con miedo el resumen de la tarjeta. Cuando un jubilado compre sus medicamentos sin hacer cuentas. Cuando un trabajador pueda ahorrar nuevamente. Cuando un comerciante vuelva a pensar en ampliar su negocio en lugar de pensar en cerrarlo. Cuando un joven consiga trabajo y pueda imaginar que algún día tendrá su casa. Ese día quizás nadie necesite explicarnos que la economía mejoró. Nos vamos a dar cuenta solos.

Yo voté a Milei. No me arrepiento de haber querido cambiar. Tampoco quiero regresar al país que dejamos atrás. Pero no voté para reemplazar una frustración por otra. Y probablemente allí esté la enorme oportunidad —y también el enorme peligro— de este momento argentino.

Hay millones que ya no quieren volver. Pero empiezan a preguntarse hacia dónde estamos yendo. No necesitan una clase de economía. No necesitan otro enemigo. No necesitan que alguien les explique por qué deberían sentirse felices. Necesitan algo mucho más sencillo. Necesitan volver a creer que mañana van a vivir un poco mejor que hoy. Porque cuando una sociedad pierde esa esperanza, el problema deja de ser económico. Y se vuelve político.

LA AVENIDA DEL MEDIO SE ESTÁ LLENANDO

Esto que describo no es solamente una impresión personal. Las encuestas comienzan a mostrarlo.

Un estudio nacional de QSocial detectó que el porcentaje de argentinos que rechaza simultáneamente a Milei y al Kirchnerismo pasó del 30% al 40% en apenas un año. Cuatro de cada diez argentinos ya no quieren elegir entre estas dos expresiones. El mismo relevamiento señala que el 73% está cansado de las opciones políticas actuales y que el 71% reclama una renovación profunda del Peronismo, tanto en sus nombres como en su mensaje.

Otro trabajo, realizado por Giacobbe Consultores a fines de julio, llegó por un camino diferente a una conclusión parecida: Milei registró un 57,2% de imagen negativa, pero al mismo tiempo el 50,1% de los consultados respondió que no quiere que el Kirchnerismo vuelva a gobernar.

Los números no dicen que la Argentina se haya vuelto kirchnerista. Tampoco dicen que se haya hecho de izquierda. Dicen algo bastante más incómodo para todos: una parte importante de la sociedad se está alejando del Gobierno, pero no está dispuesta a regresar al lugar del que salió.

Se amplió la avenida del medio. Pero cuidado. Esa avenida todavía no tiene conductor, vehículo ni destino. Existe como rechazo, como cansancio y como demanda. Todavía no existe como alternativa política organizada. Prueba de ello es que, cuando las encuestas preguntan por candidatos o espacios concretos, la competencia vuelve a concentrarse entre La Libertad Avanza y el Peronismo. La sociedad busca algo nuevo, pero la política continúa ofreciéndole lo mismo.

Esa puede ser la gran oportunidad electoral de 2027. Pero también puede convertirse en una nueva frustración. Porque no alcanza con pararse en el medio, declararse moderado y sacarse una fotografía con otros dirigentes igualmente moderados. El centro no es una ubicación en una boleta. Es una respuesta concreta.

Esa enorme masa no está pidiendo una ideología descafeinada ni una alianza improvisada entre dirigentes que temen desaparecer. Está pidiendo equilibrio fiscal sin insensibilidad, estabilidad sin recesión permanente, autoridad sin violencia, producción con trabajo y un Estado que no despilfarre, pero tampoco abandone. No quiere volver al Kirchnerismo. Pero tampoco quiere continuar así.

Y si la política no comprende la diferencia entre esas dos afirmaciones, volverá a cometer el error de siempre: confundir el rechazo a uno con el amor por el otro.

Y SI FALTABA ALGO, EL PRESIDENTE ESTA ENOJADO CON LOS QUE SUFREN.

El jueves pasado, el Presidente dio un discurso en el Council of the Americas. Entre otras cosas sostuvo que consumo, PBI y exportaciones están en niveles históricos y descalificó las críticas apoyadas en encuestas como provenientes de sus “enemigos”. También rechazó la idea de una economía que marcha a dos velocidades. 

El Presidente parece enojarse no solamente con quienes cuestionan su modelo, sino con la realidad que cuentan quienes no sienten sus resultados.

El problema ya no sería discutir si una estadística es verdadera o falsa. Puede ser perfectamente cierto que una variable macroeconómica mejore y, simultáneamente, que millones de personas estén peor. El promedio no invalida la experiencia individual.

Si alguien dice “no llego a fin de mes”, responderle que el consumo está en máximos no resuelve su problema. Si un comerciante dice “vendo menos”, mostrarle el PBI no aumenta sus ventas. Si una pyme cierra, explicarle que las exportaciones alcanzaron un récord no vuelve a abrirla. Si alguien perdió su empleo, decirle que la economía crece no le devuelve el salario.

Ahí creo que está el verdadero papelón político del discurso de hoy: un presidente puede discutir con economistas, periodistas, empresarios, opositores y encuestadores. Con quien no puede discutir es con el sufrimiento de un ciudadano.

Milei empieza a cometer un error parecido al que cometieron gobiernos anteriores: cuando la realidad no coincide con el relato, en lugar de revisar el relato comienza a discutir con la realidad.

Señor Presidente, quizás sus números tengan razón. El problema es que también tiene razón el argentino que llega al día 20 y se quedó sin plata. Y entre una planilla Excel y un ciudadano que sufre, un presidente debería saber a quién escuchar primero.

UN PEDIDO PARA TODOS

Y esto ya no es solamente un mensaje para Milei. Es para todos. Para quienes gobiernan y para quienes se preparan para gobernar. Para los que quieren reelegir, para los que sueñan con postularse y para los que ya comenzaron a sacarse fotografías como candidatos. Para la derecha, el centro y la izquierda. Para los peronistas y los antiperonistas. Para los libertarios, los radicales, los conservadores, los progresistas y para cada nueva etiqueta que inventen con el propósito de ofrecernos, una vez más, la salvación de la Argentina.

Escuchen. Existe una enorme masa de argentinos que no pertenece a ninguna tribu política. No somos fanáticos. No nos levantamos pensando cómo defender a un dirigente ni nos acostamos buscando argumentos para justificar sus errores. Podemos votar a uno y criticarlo después. Podemos reconocer un acierto del adversario y un fracaso de aquel que elegimos. No queremos que un gobierno fracase para demostrar que teníamos razón. Queremos que al país le vaya bien, aunque quien lo consiga no sea nuestro candidato.

No pedimos demasiado. Queremos trabajar y vivir de nuestro trabajo. Queremos que la jubilación alcance, que nuestros hijos encuentren empleo, que nuestros nietos puedan imaginar un futuro en este país. Queremos pagar las cuentas sin miedo, enfermarnos sin arruinarnos, caminar seguros y dejar de sospechar que cualquier imprevisto puede destruir el esfuerzo de toda una vida. Queremos progresar. Algo tan elemental que resulta increíble tener que explicárselo a quienes pretenden gobernarnos.

Por eso, quienes quieran nuestros votos deberán dejar de hablarnos únicamente del pasado, de sus enemigos, de sus internas y de sus propias ambiciones. No alcanza con prometer que no volverán los otros. Tampoco con pedirnos que sigamos aguantando. Mucho menos con presentarnos un culpable diferente cada semana. Queremos que nos expliquen qué van a hacer para que vivamos mejor, cómo lo harán, cuánto tiempo necesitarán y quién pagará verdaderamente el costo.

No queremos regresar al país que fracasó. Pero tampoco estamos dispuestos a aceptar que el único futuro posible consista en soportar indefinidamente un presente que nos empobrece. No queremos elegir entre la inflación y la recesión, entre un Estado que despilfarra y otro que abandona, entre la corrupción de ayer y la insensibilidad de hoy. La Argentina no puede condenarnos eternamente a votar por el mal menor.

Éste es el pedido de esa inmensa mayoría silenciosa que no marcha detrás de ningún líder, que no tiene cargos públicos ni aparece en los programas de televisión, pero que trabaja, produce, paga impuestos y sostiene al país todos los días: dejen de explicarnos por qué deberíamos estar mejor y empiecen a demostrarlo.

Porque en la próxima elección no estaremos buscando un mesías, una ideología ni una revancha. Estaremos buscando algo mucho más sencillo y mucho más difícil: alguien capaz de gobernar para que nuestra vida mejore.

Y quien no comprenda eso podrá ganar una interna, encabezar una lista o llenar una plaza. Pero tarde o temprano perderá lo único que realmente decide el destino de un gobierno: la confianza de la gente común.

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