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 “No es la macro, es la vida”
Columnistas Sergio Mammarelli

“No es la macro, es la vida”

26 abril, 2026


Por: Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Hay una frase que atravesó la política moderna como hace un tiempo atrás: “It’s the economy, stupid”. Fue brutal, simple y eficaz. Le ganó una elección a un presidente en ejercicio y ordenó décadas de pensamiento político. Pero como toda verdad contundente, también envejece. Hoy intentaremos trasladarla al gobierno de Milei y ver cuánto puede mantener su vigencia puesto que en la Argentina de hoy pareciera que nos obliga a reescribirla en estos términos: Ya no alcanza con decir “es la economía”.

Si uno escucha al Gobierno, la respuesta parece ser a favor de la frase. Se bajó la inflación. Se ordenaron las cuentas. Se eliminó el déficit. Se terminó con la mentira estructural del gasto financiado con emisión. Por fin, tenemos un programa que es coherente. Incluso, para muchos economistas, necesario.

Sin embargo, si uno baja a la calle y habla con una empleada, un jardinero, un comerciante, un pequeño productor o cualquier profesional independiente aparece otra economía. Una economía que no se mide en puntos de inflación sino en angustia. Una economía donde el salario alcanza menos, el trabajo

escasea más y el futuro se volvió un terreno incierto.

Es allí donde apareció la grieta real. No la ideológica. No la partidaria. La grieta verdadera es entre la macro que cierra y la vida que no cierra.

El reciente análisis aparecido en “The Wall Street Journal” sobre el gobierno de Javier Milei es interesante precisamente por eso. No es una crítica militante ni una defensa cerrada. Es algo más incómodo: una advertencia. El artículo reconoce los logros, pero señala el problema. Las reformas avanzan, pero chocan con la realidad social. El orden fiscal aparece, pero el bienestar no. La estabilidad macro se insinúa, pero el malestar cotidiano crece. Y de esta forma deja de ser un detalle técnico para transformarse en un problema político de fondo porque la economía, en democracia, no se valida en dogmas o discursos, sino que se valida en la percepción de la sociedad.

Lo expuesto quiere decir que un gobierno puede tener razón en términos

económicos y aun así perder legitimidad. A esto apunta este editorial.

Ese es el riesgo que empieza a asomar en el tercer año de mandato de Milei. Aun cuando durante décadas, la Argentina vivió del otro lado del espejo, donde se expandía el gasto, se sostenía el consumo artificialmente, se escondía el déficit y se compraba tiempo con inflación lo cierto es que era una ficción, pero era una ficción que la gente sentía como realidad.

Hoy ocurre precisamente lo inverso. Se corrige la ficción, pero la realidad se vuelve más dura que nunca. Y aparece la pregunta inevitable que se hacen todos los analistas políticos e incluso económicos en la actualidad: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un programa económico que no mejora la vida de la mayoría?

Un sector importante de la sociedad votó este cambio no por convicción absoluta, sino por hartazgo. No eligió tanto un modelo como rechazó el

anterior. Fue un voto prestado. Y los votos prestados tienen una característica peligrosa: no se renuevan automáticamente. Si la mejora no llega, el crédito se agota.

Es precisamente ahí donde la frase de los noventa queda vieja. No alcanza con decir “es la economía”. Hay que explicar qué economía. Porque una inflación más baja es una condición necesaria, pero no suficiente.El equilibrio fiscal es una herramienta, no un resultado en sí mismo.Y un país no es exitoso porque cierre sus cuentas, sino porque abre oportunidades.

La historia argentina —y no sólo la argentina— está llena de programas económicamente correctos que fracasaron políticamente. No porque estuvieran mal diseñados, sino porque no lograron construir una transición soportable.

Ese es el desafío central, y no se trata de volver atrás. No se trata de reivindicar el desorden. No se trata de negar que había un problema estructural gravísimo. Se trata de algo más complejo: ordenar sin destruir, ajustar sin expulsar,

estabilizar sin asfixiar. Y es lógico, porque si el costo del orden es una sociedad exhausta, el orden mismo se vuelve inestable.

Y lo peor, en este escenario, es el riesgo más grande de todos: que el péndulo

vuelva a moverse. La Argentina tiene una larga tradición de errores pendulares.Varias veces ha pasado del descontrol al ajuste brutal, del populismo al shock, de la expansión irresponsable al recorte indiscriminado. Y en ese movimiento, nunca construye un camino sostenido.

Hoy estamos otra vez en ese punto de inflexión. La diferencia es que esta vez el diagnóstico es más claro que nunca. Sabemos lo que no funciona y además sabemos lo que no debe volver. Sin embargo, todavía no sabemos —o no vemos— lo que sí puede funcionar para la mayoría.

Milei debe entender de una vez por todas que su éxito no es bajar la inflación, no es alcanzar el déficit cero, no es ordenar la macro. Es convertir ese orden en bienestar. Si no lo logra, todo el esfuerzo será percibido como un sacrificio sin sentido. Por eso, la frase debería reescribirse para esta Argentina: No es la economía, estúpido. Es la vida.

Ningún argentino vota teorías. Vota lo que siente cuando llega a fin de mes. Y si ese sentimiento no cambia, no hay programa económico que sobreviva.

Lo peor ya pasó: anatomía de una promesa incumplida.

Veamos la siguiente cronología:

Diciembre 2023 – Asunción: Arranque del experimento. Diagnóstico

catastrófico, herencia devastada, y la promesa implícita: el dolor es transitorio, el rebote será histórico.

12 de junio de 2024 – ExpoEFI – Javier Milei: “Lo peor ya pasó. La economía tocó un piso”.

14       de      agosto      de      2024      –      Council       of      the       Americas

Javier Milei: insiste en que “lo peor ya pasó”. Ya cuando una frase necesita repetirse tanto, deja de ser diagnóstico y empieza a ser mantra.

Septiembre 2024 – TV (Susana Giménez), Javier Milei: “De acá para adelante solo quedan buenas noticias”.

9 de octubre de 2024 – Entrevista LN+, Luis Caputo: “Lo peor ya pasó y hoy ya

podemos empezar a mostrar resultados”. Ahora se agregó el Ministro

validando el relato.

7 de noviembre de 2024 – Declaración oficial, Javier Milei: “La recesión

terminó”. Casi un acta de defunción de la recesión, pero sin velorio estadístico.

11 de noviembre de 2024 – Evento Ualá, Javier Milei: “El país entra en su mejor

momento de los últimos 100 años”. Aquí frente el presente duro, se lo reemplaza por un futuro épico.

10 de diciembre de 2024 – Cadena nacional (1 año), Javier Milei: “Hemos dejado atrás lo peor”. El problema es que nada cambia.

20 de diciembre de 2024 – Bolsa de Córdoba, Javier Milei: “Proceso vertical de recuperación” y economía que “despega”.

30 de abril de 2025 – EFI 2025, Javier Milei: “Ahora es el momento de crecer”. 20 de mayo de 2025 – AmCham, Luis Caputo: crecimiento “por arriba del 6%” y Argentina como “ejemplo en 20 años”.

15 de septiembre de 2025 – Cadena nacional, Javier Milei: otra vez “lo peor ya pasó”.

13 de noviembre de 2025 – UIA, Luis Caputo: Argentina será el país que más crezca en los próximos 30 años.

3 de marzo de 2026 – Córdoba, Luis Caputo: “Futuro espectacular” y liderazgo global en crecimiento.

5 de marzo de 2026 – Mendoza, Luis Caputo: nivel de inversión “nunca visto” en 4 años.

14 de abril de 2026 – AmCham, Luis Caputo: los próximos 18 meses serán los mejores en décadas.

Según el oficialismo, la economía vive en un eterno amanecer: el sol está por salir, siempre. Sin embargo, es reiteración sin anclaje verificable. Cuando “lo peor ya pasó” se repite tres, cuatro, cinco veces, deja de ser un dato y pasa a ser un recurso narrativo.

El milagro invisible

Toda esta narrativa encierra una hipótesis mucho más incómoda que la de un gobierno exagerando logros: y es que efectivamente crea que ya cumplió. Que el “milagro económico” no sea una promesa incumplida, sino una realidad consumada.

Si fuera así, Javier Milei no estaría anunciando el futuro: estaría describiendo el presente. Y si insiste en que “lo peor ya pasó” no es porque se equivoca en el timing, sino porque, desde su marco conceptual, el problema ya fue resuelto. En este caso estamos en el verdadero riesgo. No el error, sino el dogma.

Al igual que le ocurrió al Kirchnerismo, cuando una política se vuelve

dogmática, deja de necesitar validación empírica. Funciona al revés: si los datos o la percepción social no acompañan, entonces lo que falla no es la política sino la sociedad. No es que el salario no alcanza: es que la gente “no entiende”. No es que la recuperación no se siente: es que “todavía no la ven”.

Si uno escucha atentamente al Presidente, el Gobierno ya ganó. La Argentina ya

es —en su propia narrativa— el mejor país de su historia reciente. Y si los argentinos no lo perciben, el problema pasa a ser casi moral: no lo ven,  no lo valoran, no lo agradecen . El desplazamiento es sutil pero profundo. La economía deja de ser un campo de resultados para convertirse en un campo de fe. Dicho de otro modo, no es solo optimismo reiterado. Es algo más sofisticado: un modelo donde el éxito no se mide por sus efectos, sino por su coherencia ideológica.

Milei viene proclamando el “inicio del mayor crecimiento de la historia argentina” desde antes de asumir. No es casualidad ni descuido retórico: es un

recurso deliberado. La fórmula funciona como profecía autocumplida

discursiva, una manera de fijar expectativas y, sobre todo, de desplazar el eje del debate desde el presente (recesión, caída del consumo, destrucción de empleo formal, pérdida del poder adquisitivo de jubilados) hacia un futuro siempre inminente pero nunca auditable. Es el mismo mecanismo de “el año que viene crecemos” que usaron Menem en el 95, Macri con el “segundo semestre” y, en otra escala, cualquier gobierno que necesita comprar tiempo político. La

diferencia es que Milei lo eleva a liturgia.

El programa libertario muestra resultados mixtos —baja de la inflación mensual, superávit fiscal, cierto reordenamiento cambiario— y costos muy visibles —caída del salario real, aumento de la pobreza en 2024, retracción industrial, conflicto con universidades, jubilados, ciencia—. Lo que está fracasando no es necesariamente el diagnóstico (el desequilibrio fiscal y monetario era real), sino la pretensión dogmática de que el mercado por sí solo, sin Estado articulador, va a generar una recuperación con derrame. La evidencia empírica argentina y comparada (Chile post-1982, el propio Menemismo, incluso la experiencia de ajustes europeos post-2010) muestra que sin política productiva, sin inversión pública estratégica y sin mecanismos de redistribución, el crecimiento —cuando llega— es concentrado y excluyente.

Mientras Milei mantenga el monopolio del relato anti-casta y la oposición no construya una alternativa creíble, la disonancia entre discurso y realidad material se procesa como “costo necesario” o “culpa de la herencia”. El punto de quiebre suele llegar cuando tres cosas coinciden: el deterioro material toca a las clases medias que lo votaron, aparece un liderazgo opositor con densidad, y algún hecho simbólico rompe el encanto. Ninguna de las tres está madura todavía, pero la primera empieza a asomar fuertemente.

Si el milagro ya ocurrió, pero nadie lo nota, el problema deja de ser económico. Pasa a ser perceptivo. Y gobernar, entonces, ya no es mejorar la realidad sino corregir a quienes no la ven: una Argentina que se está transformando en

Kuka.

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