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 LAS DOS UNANIMIDADES
Columnistas Sergio Mammarelli

LAS DOS UNANIMIDADES

28 junio, 2026

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Argentina sabe unirse en el gol y en el robo. La tercera unanimidad —la prosperidad compartida— sigue esperando.

Hay una imagen del lunes a la noche que vale más que cualquier columna que uno pudiera escribir esta semana. Lionel Messi camina lento hacia el punto del penal, contra Austria, con la indiferencia tranquila de alguien que ya sabe lo que va a pasar. Patea. El arquero adivina el palo. La pelota se va afuera. Y la Argentina entera, en un mismo segundo, suelta el mismo suspiro: el de la fragilidad compartida, el de la humanidad que nadie le quería reconocer al mejor futbolista de la historia porque nos resultó más cómodo adorarlo que quererlo.

Lo que vino después ya lo saben. Dos goles. Dieciocho en Mundiales. El récord de Klose pulverizado en Dallas. Y el mismo país que había soltado ese suspiro de derrota colectiva arrancó a gritar como si la pelota fuera propia, como si el gol hubiera nacido en cada uno de nosotros al mismo tiempo, como si la grieta —esa grieta que nos define, nos agota y nos identifica— nunca hubiera existido.

Durante noventa minutos, la Argentina no tenía grieta. Eso es el Mundial.

LA TREGUA QUE NADIE FIRMÓ

Cada vez que la Selección juega en un Mundial, los argentinos dejan de ser lo que son el resto del año. Dejan de ser kirchneristas o antikirchneristas, mileistas o antimileistas, patagónicos o porteños, jubilados con rabia o jóvenes sin trabajo. Se convierten, por un rato, en algo más sencillo y profundo: en un pueblo que mira en la misma dirección.

No es poca cosa. En un país que lleva décadas mirando en todas las direcciones menos en la misma, la tregua del fútbol tiene algo de milagro. No la prometió ningún político, no la garantizó ningún pacto, no la firmó nadie. Simplemente ocurre. Como si la pelota tuviera el poder de suspender, por el tiempo de un partido, la historia larga y pesada de los agravios mutuos.

Argentina clasificó primera en el Grupo J. Messi lleva cinco goles en dos partidos. El equipo de Scaloni funciona con la eficiencia callada de una maquinaria que sabe lo que hace y no necesita anunciarlo. El próximo partido complicado es en Miami, el 3 de julio, en los dieciseisavos de final. Y el país, por primera vez en meses, tiene algo en lo que pensar que no sea el dólar, el cepo, Adorni o Cristina.

Esa es la primera unanimidad.

LA OTRA UNANIMIDAD

Pero hay otra. Y esta no viene con bengalas ni es buena noticia.

Mientras la Argentina miraba el partido del lunes, la justicia federal terminaba de completar el cuadro de una semana jurídica que, si uno lo piensa en frío, tiene algo de obra de arte involuntaria. El fiscal Guillermo Marijuán pidió la indagatoria de Francisco Adorni —hermano del jefe de Gabinete Manuel Adorni y diputado provincial— por omisión maliciosa en sus declaraciones juradas y presunto enriquecimiento ilícito. Más de diez rectificaciones a sus presentaciones ante la Oficina Anticorrupción. Cuentas bancarias que no figuraban, bienes incorporados a último momento, un patrimonio que creció de maneras que ningún salario registrado explica. Y mientras tanto, el propio Manuel Adorni —el vocero del gobierno de la transparencia, el hombre que prometió tres veces ante el Congreso que no había ocultación alguna— sigue siendo investigado en paralelo por el fiscal Pollicita, en una causa que examina gastos millonarios que tampoco cierran con ningún salario registrado. Dos Adornis. Dos causas. Dos fiscales. Y una sola familia en el corazón del escándalo.

Pocos días antes, los diarios vuelven a mencionar a Martín Insaurralde. El exintendente de Lomas de Zamora, la cara del Peronismo bonaerense que se fotografió en un yate en Marbella mientras la provincia que gestionaba se caía a pedazos, continúa siendo investigado por enriquecimiento ilícito y lavado de activos. Su caso no resolvió nada, no explicó nada, no produjo ningún debate real dentro del Peronismo sobre qué clase de dirigencia quiere ser. Simplemente quedó ahí, como un mueble incómodo al que ya nadie le presta atención.

Y Cristina Kirchner. La Corte Suprema confirmó su condena a seis años de prisión e inhabilitación perpetua. La sentencia por administración fraudulenta en la obra pública quedó firme. La mujer que fue presidenta dos veces, que condujo el movimiento político más grande de la Argentina contemporánea, que todavía reivindica su gestión desde cualquier micrófono disponible, fue condenada por robarle al Estado que administró.

Adorni: La Libertad Avanza. Insaurralde: Peronismo bonaerense. Cristina: Kirchnerismo. Tres espacios políticos que no se soportan entre sí, que compiten por el mismo electorado con la intensidad de quien pelea por sobrevivir, que se acusan mutuamente de todos los males que aquejan al país.

Y sin embargo, en el rubro de la corrupción, la Argentina también logró la unanimidad.

Esa es la segunda unanimidad. La que no celebra nadie, pero que el país produce con la misma regularidad con que produce cracks futbolísticos.

EL ESPEJO ROTO EN DOS MITADES IGUALES

Lo notable no es que exista corrupción en Argentina. La corrupción existe en todas partes. Lo notable es la arquitectura simétrica del escándalo: cada vez que el oficialismo levanta un dedo para señalar al Kirchnerismo, aparece su propio imputado. Cada vez que el Peronismo intenta capitalizar la causa Adorni, la Justicia recuerda que Insaurralde existe. El relato de la transparencia se cae exactamente de la misma manera que se caía el relato de la batalla cultural que iba a cambiar el país: a cuotas, con rectificaciones, sin que nadie asuma nada de verdad.

Hay algo en esa simetría que produce tanto asco como extrañeza. Porque no es casualidad. Es un sistema. Un sistema donde los controles no controlan, donde las declaraciones juradas se pueden rectificar diez veces sin consecuencias inmediatas, donde el poder ejecutivo apura los cambios en la Cámara Federal que juzga las causas de corrupción, justo cuando esas causas empiezan a molestar. No es que los malos sean malos y los buenos sean buenos. Es que el sistema convierte a todos en lo mismo, con más o menos velocidad, con más o menos descaro. Eso se llama impunidad.

El fútbol nos da una tregua. La corrupción nos da una igualdad. Ninguna de las dos nos da un país.

LA UNANIMIDAD QUE FALTA

Cuando el Mundial termine, la Argentina va a volver a ser lo que es. La grieta va a reaparecer, con sus trincheras, sus algoritmos, sus voceros y sus certezas impermeables a cualquier evidencia. El partido entre el oficialismo y la oposición va a continuar con la misma intensidad con que se jugó antes del primer partido contra Argelia.

Lo que este país todavía no tiene —y que ninguna Copa del Mundo puede darte— es la tercera unanimidad. La única que importa para el día después.

La unanimidad económica. La Argentina donde el que viajó al exterior y el que no llegó a fin de mes comparten algo más que el documento de identidad. La Argentina donde crecer no sea sinónimo de concentrar, donde el ajuste baje y la distribución suba, donde los números de Bloomberg y los números del almacén de barrio apunten en la misma dirección.

Esa unanimidad no la produce Messi, aunque ojalá gane el Mundial. No la producen los fiscales, aunque hagan su trabajo. La produce —o no la produce— la política. Esa que ahora mismo está en pausa, mirando el partido, esperando que vuelva el turno de las acusaciones mutuas.

La pregunta que queda resonando cuando apagamos el televisor no es si Argentina va a ganar el Mundial. Esa pregunta la responde la pelota. La pregunta que queda es otra, más incómoda y mucho más urgente: ¿qué clase de país queremos ser cuando el gol deje de tapar todo lo demás?

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