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 La vulnerabilidad de Rusia y el “regreso” del espectro atómico
Columnistas

La vulnerabilidad de Rusia y el “regreso” del espectro atómico

22 mayo, 2026

Por Alberto Hutschenreuter

La guerra en Ucrania ha ingresado en una nueva fase. No ahora sino desde hace ya varios meses. Quizá es la última fase de la confrontación, pero acaso también la más peligrosa.


No se trata de una nueva situación que sucede en el territorio de pugna, centralmente el este y sur de Ucrania (pues, como lo demuestran los ataques de una y otra parte, el teatro es mucho más amplio), sino en relación con la situación de Rusia.


Rusia es una superpotencia nuclear, sin duda alguna, pero cuando proporciona señales relativas con el posible uso del átomo militar, ello significa que algo no anda del todo bien, es decir, la amenaza de recurrir a su fortaleza mayor implica que existe una debilidad. En un artículo publicado en “Atlantic Council” en noviembre de 2025, Stephen Blank se refirió precisamente a ello: las amenazas nucleares de Putin son una señal de debilidad.


Pero desde entonces hasta hoy la debilidad de Rusia se amplió, y casi llegando a mediados de 2026, en el quinto año de guerra, el costo de la misma pasó a sufragar (y sufrir) la sociedad rusa con mayor intensidad. Desde la suba de precios  hasta el aumento de impuestos, pasando por desabastecimiento, bajos ingresos, escaso crecimiento económico, baja del fondo soberano de inversión, problemas demográficos, éxodo de trabajadores calificados, escasez de mano de obra, voracidad del segmento industrial-militar (es decir, baja inversión en el sector civil), mayor dependencia del exterior (sobre todo de China), postergación de la modernización económica, por citar los principales problemas, todo implica una situación comprometida.


En este contexto, ha reaparecido la posibilidad del uso de armas nucleares por parte de Rusia. Tras la prueba el 12 de mayo del nuevo misil balístico “Sarmat” (denominado “Satán II” por la OTAN), cuyo alcance supera los 30.000 kilómetros, Rusia inició un ejercicio conjunto con Bielorrusia sobre coordinación de armas estratégicas, en el que se desplegaron 64.000 efectivos, 140 aeronaves, más de 200 lanzadoras, 73 buques de superficie y 13 submarinos, ocho de ellos con misiles estratégicos.


Es importante aclarar que la prueba se llevó a cabo después de la expiración del acuerdo ruso-estadounidense “New START”, situación que dejó a las potencias sin restricciones en materia de arsenales atómicos.  Más allá de esta inquietante situación que implica otro descenso de la “cultura estratégica” entre los dos poderes, el «momento estratégico» en la guerra es indisociable de la prueba y de los «ruidos nucleares» que se escuchan en Rusia con mayor intensidad desde el año pasado, por caso, el anuncio en diciembre de la entrada en servicio del misil balístico hipersónico “Oreshnik”, con capacidad para transportar ojivas nucleares (según el propio presidente Putin, el misil fue utilizado en 2024 en respuesta a los ataques con misiles estadounidenses “ATACMS” y británicos “Storm Shadow” en las regiones fronterizas de Briansk y Kursk).


Es verdad que ya antes Rusia blandió esa centella mortal, pero la situación hoy es cada vez más comprometida para el país. Hemos dado algunos datos relativos con el estado económico-social ruso, pero en el frente militar también hay señales inquietantes: prácticamente no se logran avances en el terreno, las bajas son cuantiosas y puede que haya una merma creciente en materia de reclutamiento.


Ucrania tampoco consigue avanzar, pero su capacidad de sostenimiento y mayor desempeño en la acumulación militar nacional (a lo que hay que sumar el apoyo financiero, para todo 2026, y material de Europa) ha estimulado el fortalecimiento de  la autoestima.


Considerando el cuadro, por tanto, ¿podría Rusia recurrir al arma nuclear para intentar provocar una inflexión en la guerra?


En principio, la doctrina nuclear rusa (revisada y ampliada en noviembre de 2024) habilita su utilización, pues el país se halla en guerra con un actor no nuclear apoyado por actores con armas nucleares (en la OTAN están los nucleares, Estados Unidos, Reino Unido y Francia, y los «no nucleares-nucleares», aquellos que concentran armas estadounidenses en sus territorios). Asimismo, puede utilizar ante un ataque masivo con medios aéreos espaciales (misiles balísticos, aviones, drones que violen el espacio aéreo ruso). Por último, dato por demás pertinente, la doctrina cubre a Bielorrusia, es decir, un ataque a este país se considera un ataque a Rusia.


Por ello, aunque los expertos lo siguen considerando improbable, el riesgo de utilizar armas nucleares por parte de Rusia es mayor que cuando Ucrania obtuvo ganancias relativas de poder: en 2022, cuando detuvo la ofensiva rusa, o en 2024, cuando capturó zonas de la región u “óblast” de Kursk. Pero entonces Rusia no presentaba condiciones de vulnerabilidad como las destacadas antes, particularmente en relación con el costo de la guerra y los problemas de recursos.


Además de esta situación de riesgo de uso de armas nucleares tácticas en Ucrania, hay que considerar el riesgo relativo con la ausencia de una diplomacia realista europea para lograr un cese de fuego, y el creciente impulso de una diplomacia cada vez más militarizada por parte de Europa hacia Moscú, diplomacia que se explica en función de una convicción relativa con una casi inexorable confrontación OTAN-Rusia dentro de los próximos diez años.


Sobre esta última situación, a la que podríamos considerarla un «escenario II»,  el profesor estadounidense John Mearsheimer ha formulado una fuerte advertencia: «Moscú se está cansando de que la OTAN ataque a Rusia a través de Ucrania y es muy probable que acabe atacando a algún país de la OTAN como Alemania para enviar un claro mensaje […] El mensaje es, o dejan de atacarnos indirectamente o entraremos en guerra con la OTAN. El primer ataque será sin duda convencional, pero si hay una escalada no se puede descartar el arma nuclear y ya sabemos cómo terminaría el tema. Rusia es el país con más armas nucleares del mundo y más modernas. Una parte de Rusia sería destruida, pero toda Europa quedaría hecha cenizas».


En suma, cuando consideramos estos contextos cuesta cada vez más sostener la hipótesis que considera el peligro de un choque atómico como una posibilidad que ha quedado atrás. En otros términos, la disuasión no es un reaseguro infalible.

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