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 La guerra y la Luna: dos caras de la misma moneda para Estados Unidos
Columnistas

La guerra y la Luna: dos caras de la misma moneda para Estados Unidos

13 abril, 2026

Por Alberto Hutschenreuter

Dos acontecimientos han concentrado fuertemente la atención mundial: la guerra en la placa geopolítica de Oriente Medio/Golfo Pérsico, y la misión espacial Artemis II a la Luna.

En ambos sucesos Estados Unidos fue y es protagonista mostrando así parte del alcance de su condición de actor geoestratégico mayor, pues en ambos casos ha proyectado poder en dos de los segmentos capitales del poder nacional: el estratégico-militar y el aeroespacial.

Se trata de proyecciones distintas, pues mientras una implica guerra interestatal la otra supone concordia internacional. Dicho en otros términos, mientras en la tierra las unidades políticas son las únicas que se reservan el derecho de hacer la guerra, como sostenía Raymond Aron, el espacio exterior es «territorio» (“provincia”) de la humanidad, por tanto, está prohibido el reclamo de soberanía.

Sin embargo, aunque se trata de situaciones diferentes, hay una lógica que las asocia: la búsqueda relativa con maximizar poder.

En efecto, si en el Golfo Pérsico Estados Unidos ha degradado capacidades militares de Irán y reafirmó su condición de potencia energética mayor, en el espacio exterior retoma la iniciativa de los vuelos lunares y afirma presencia en un «territorio» de creciente pugna geoeconómica y competencia estratégica-militar.

En la guerra con Irán, Estados Unidos ganó y perdió. Logró devaluar significativamente el poder militar de Teherán, pero no logró someter al país del «fuego persa», como lo denomina Tom Holland, uno de los mayores expertos sobre el imperio persa.

Además, Irán extendió la guerra al segmento geopolítico (aquí fue clave la presión y la acción en el estrecho de Ormuz) geoeconómico y geoenergético, creando una inquietante situación de inestabilidad en la región y a escala global.

Pero esto último no afectó mayormente a Estados Unidos. Por el contrario, al no depender de la inestabilidad en el estrecho de Ormuz ni depender de los recursos de esta región, ya que Estados Unidos es un productor y exportador mayor de petróleo, la situación ha fungido favorable para los propósitos de Washington relativos con que los países compren y dependan de los recursos norteamericanos.

Si antes de esta guerra los países de Europa incrementaron sus compras de gas licuado a Estados Unidos, es posible que a partir de ahora aumenten más esas compras.

En este sentido, pertinentes resultan las reflexiones del experto Tim Marshall, quien en su excelente obra «Prisioneros de la geografía» sostiene lo siguiente:

“Aquí es donde hacen su aparición los norteamericanos con una estrategia cien por cien beneficiosa para Estados Unidos. Al advertir que Europa necesita gas y no queriendo parecer débiles en política exterior en comparación con Rusia, los norteamericanos creen tener la respuesta. El auge espectacular del gas pizarra en Estados Unidos no solo les está permitiendo ser autosuficientes en materia energética, sino vender el excedente a uno de los mayores consumidores de energía: Europa. Para llevarlo a cabo, el gas necesita ser licuado y transportado a través del Atlántico. Esto requiere a su vez de la construcción de terminales de gas natural licuado (GNL) y de puertos a lo largo de las líneas de costa europeas para recibir los cargamentos y convertirlos en gas. Washington ya ha puesto en marcha la aprobación de licencias para centros de exportación y Europa ha arrancado con un proyecto a largo plazo para construir más terminales de GNL. Polonia y Lituania están construyendo terminales […]”.

Marshall escribió esto hace una década, cuando faltaban años para la guerra en Ucrania, hecho que finalmente fungió altamente funcional para que Estados Unidos afirmara su estrategia energética dirigida a “desacoplar” a Europa de Rusia, particularmente a Alemania de este país con el que había construido los ductos “Nord Stream” que permitían el transporte de energía rusa a Alemaniat “de territorio a territorio”. Por ello, bien ha dicho el francés Emmanuel Todd que la ampliación de la OTAN estuvo dirigida centralmente contra Rusia, pero también contra Alemania.

En cuanto a China como objetivo estadounidense en esta y otros conflictos, es cierto que Washington despliega diferentes niveles de contención frente al poder asiático, siendo una de ellas la contención geoeconómica, es decir, intentar ralentizar el ascenso de China. Pero Pekín, como aconsejara Sun Tzu, siempre busca diversificar las fuentes, por caso, es verdad que compra energía a Irán, pero también lo es que adquiere energía de otros países del Golfo (valga como dato que los cargueros chinos no han dejado de transitar carga por el estrecho durante la guerra) y también de Rusia y países de Asia.

En la guerra actual en el Golfo Pérsico, Europa y otros centros de consumo de recursos de esa placa se encuentran entre los más perjudicados, situación que posiblemente los llevará a conseguir fuentes de otras geografías apareciendo Estados Unidos como un gran productor.

En cuanto a la reciente misión orbital a la Luna, la misma debe considerarse desde una perspectiva más amplia: la de posicionarse en la creciente carrera internacional por la explotación de recursos estratégicos espaciales.

Es cierto que el marco jurídico sobre el espacio ultraterrestre no lo permitiría, pues está prohibida la apropiación nacional de cuerpos celestes. Pero dicho marco presenta no pocos «grises», siendo uno de ellos la explotación de recursos. Además, sabemos que los tratados podrían ser revisados y sufrir cambios, sobre todo cuando se trata de tratados que fueron firmados en otro tiempo internacional. Asimismo, como advierten los expertos que ante todo se hacen preguntas desde el poder y las capacidades nacionales, los países poderosos cooperarán con las instituciones internacionales, pero difícilmente aceptarán que estas instituciones adopten decisiones por ellos, sobre todo cuando están en liza sus intereses.

El interior de la Luna aloja recursos de enorme valor, algunos de ellos escasos en la Tierra, por caso, el helio-3, un isótopo ligero y no radiactivo del gas helio. Además de aplicaciones en criogenia, el helio-3 podría servir como combustible para la fusión nuclear. La cantidad existente en la Luna proporcionaría energía limpia y segura por mucho tiempo.

Además de este recurso, en la Luna existen múltiples minerales, desde aluminio hasta manganeso, pasando por hierro, calcio, minerales raros, entre otros.

Finalmente, China es un actor activo en el espacio, tanto en solitario (exploración robótica y misiones Chang’s en la Luna) como en compañía de Rusia, país con el que mantiene un plan espacial dividido en varias fases cuyo fin es el establecimiento de una Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS) en 1935. Pero China y Rusia no son los únicos, claro, Si bien ambas potencias son rivales de Estados Unidos, hay una docena de países que despliegan actividades espaciales.

Es decir, el espacio exterior es unos de los nuevos territorios de la geopolítica. Ya lo era en tiempos de Guerra Fría, pero ahora existen nuevas realidades: ausencia de orden internacional, una nueva distribución interestatal de poder, Estados que se han sumado al espacio, actores privados, un grado de tecnologización que podría disparar una posible era de imperialismo por suministros, doctrinas nacionales espaciales reactivas, creciente militarización espacial (es decir, creciente utilización dual de satélites), por citar las principales.

Concluyendo, durante estos días somos testigos de la guerra en Oriente Medio y el Golfo Pérsico y de la misión Artemis II por parte de Estados Unidos. Si bien se trata de dos situaciones muy diferentes, hay un punto donde se cruzan y ese punto está relacionado con la obtención de ganancias de poder e influencia por parte de Washington.

Ninguna situación es neutra en la política internacional, y si bien es cierto que el espacio es un bien común, la utilización de capacidades, el dinero invertido, los riesgos asumidos, las necesidades, las rivalidades, entre otras, por parte de actores espaciales, esto es, países que per sé han puesto un hombre en el espacio, lo convierten en un “nuevo territorio” de competencia.

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