La guerra en Ucrania: ¿una salida pactada entre “los que cuentan”?
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
Con el contexto de la reunión que no fue en Estambul entre los mandatarios de Ucrania y de Rusia, el presidente estadounidense sentenció que para avanzar hacia las negociaciones “él y Putin debían reunirse”.
Es decir, para lograr que verdaderamente se logre algún resultado en relación con un desenlace de la guerra, la negociación tendría que ser entre “los que cuentan”: los actores mayores, de jerarquía estratégica, con capacidades superiores y de aquello que el estadounidense Edward Luttwak denominaba “suasión”, es decir, disuasión y persuasión.
Para decirlo más claramente todavía: si este problema se inició porque hubo una fuga en el sistema estratégico mayor o en la necesaria «cultura estratégica» que debe regir las relaciones entre poderes superiores confrontados, la salida o el final debe fundarse, mal que le pese a otros actores en liza, particularmente a Ucrania, en un acuerdo entre dichos actores y en una restauración de esa cultura o patrón fundamental.
En Rusia se ha dicho algo en relación con ello. En vísperas del fracasado encuentro ruso-ucraniano en Estambul, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia sostuvo algo que pasó un poco desapercibido: “[…] hay que hablar sobre las causas profundas del conflicto”.
Acaso esas palabras van en la dirección relativa con la principal falla que llevó a la guerra: el establecimiento y fomento de preferencias estratégicas erróneas; en este caso, haber permitido, por parte de Occidente, que un actor intermedio y ubicado en una zona sensible o selectiva, Ucrania, adoptara una decisión que, de llevarse a cabo (ser miembro de la OTAN), habría significado la alteración del principio de seguridad indivisible entre “los que cuentan”. Por eso, Rusia lanzó sus fuerzas sobre Ucrania el 24 de febrero de 2022.
Hace tiempo, desde antes de resultar elegido presidente, Donald Trump sostenía que con él como mandatario la guerra ruso-ucraniana llegaría pronto a su final. Sin embargo, han pasado casi cuatro meses desde que asumió y la guerra no sólo continúa, sino que hasta las mismas posibilidades de una tregua de treinta días parecen dificultosas.
Más allá de ello, es posible que con los republicanos en el poder las posibilidades de un acuerdo entre Rusia y Ucrania sean mayores, pues esa fuerza tiende a ser más realista o contemporizadora en política exterior que los demócratas, fuerza para los que Rusia siempre será una amenaza a la que es necesario contener, si es posible en sus propias fronteras, impidiendo así que el instinto expansivo ruso, eso que el estadounidense Stephen Kotkin ha denominado «geopolítica perpetua», se descontrole.
Que sean más realistas o pragmáticos significa que tienden a construir esquemas de poder que proporcionan una relativa estabilidad entre los actores preeminentes, más hoy cuando prácticamente se difuminó todo empeño de influencia multilateral en el mundo y la condición anárquica internacional se ha reafirmado.
Desde esta lógica, Estados Unidos consideraría que una negociación directa con Rusia para salir de la guerra no sólo pondría término a la guerra, sino que “reubicaría” a Rusia en un lugar internacional en el que la «atención» o deferencia en relación con sus reparos y demandas la harían ser (y sentirse) parte de los comensales en la mesa o tablero del poder internacional.
Salvando diferencias de contextos, ideologías, etc., es un poco el esquema que desplegó Estados Unidos en los años setenta cuando Henry Kissinger consideró que era necesario reconocer a la URSS como un par estratégico y, en paralelo, incorporar al tablero a China continental. Hubo demócratas, por ejemplo, Zbigniew Brzezinski, que criticaron esta Iniciativa por subestimar el factor ideológico soviético. Pero Kissinger sostuvo que no se podía hacer otra cosa.
Si predomina un acuerdo entre «los que cuentan», Ucrania acabará pagando un alto precio por haber retado su condición geográfica y geopolítica en una de las principales placas geopolíticas selectivas del planeta. Acaso, Ucrania sea «compensada» con ayuda para la reconstrucción de su infraestructura y con un robusto sistema de garantías a su seguridad.
También Europa, cuya adelantada institucionalización le impidió apreciar en su momento la necesidad de disuadir a Ucrania de desplegar la “doctrina Zelenski”, es decir, la decisión inalterable por parte del gobierno ucraniano de colocar eventualmente a Ucrania en la OTAN dejando de lado otras alternativas.
En cuanto a la OTAN, tendrá que reconsiderar que los dividendos de la victoria en la Guerra Fría no la habilitaban para una ampliación irrestricta, desprovista de consideraciones sobre seguridad indivisible y sensibilidad geopolíticas ajenas.
Si la situación evolucionara hacia un escenario de salida de la guerra con base en un acuerdo entre “los que cuentan”, sin duda se echaría por tierra con buena parte del modelo institucional en la política internacional.
Pero ello sería un necesario (en el sentido utilizado por Maquiavelo) “reparo” ante decisiones que por años lateralizaron y subestimaron códigos y principios estratégicos y geopolíticos protohistóricos de la política entre Estados y, tal vez, se podría restablecer la necesaria cultura estratégica que debe ser observada entre los poderes preeminentes.
