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 La Argentina no vive un riesgo país, vive un riesgo Milei: de la casta a la coima
Columnistas Sergio Mammarelli

La Argentina no vive un riesgo país, vive un riesgo Milei: de la casta a la coima

7 septiembre, 2025


Por: Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

La traición del 30% puro que lo votó.

En 2023, Javier Milei irrumpió con un mensaje simple pero contundente: acabar con la corrupción de la casta. Ese fue el verdadero motor electoral que lo llevó al 30% de los votos en la primera vuelta. La gente no lo votó por la dolarización, ni por los tecnicismos económicos: lo votó para terminar con la corrupción. Ese fue el mensaje de su núcleo duro, al que luego se le acopló otro 26 % que lo votó por descarte en la segunda vuelta, para que no vuelva el Kirchnerismo. Hoy, apenas dos años después, la indignación se recicla en su contra. El símbolo es demoledor: la canción “Alta coimera” que se canta en redes, en boliches y en la calle. Una burla popular que revela la traición moral que sienten quienes lo acompañaron.

A esa traición se le agrega hoy otro dato que no es menor y constituye el verdadero problema existencial de nuestro Presidente. Milei lejos de no poder o no saber ser un presidente, en realidad no quiere serlo. Y la confesión más vulgar de ello, es que Milei no quiere ser un político. O, dicho de otra forma, una persona con capacidad de convencer y llegar a acuerdos que permitan unir a los argentinos en un destino común. Utilizando palabras de Fontevecchia, “el problema de Milei, antes que ideológico, es metodológico y antes que metodológico es psicológico. No hubiese aprobado un test laboral para el cargo para el que se presentó. Carece de la inteligencia emocional necesaria que requiere la función”. Fuerte, ¿no?, pero cada vez más real. Algo similar escribió también Lucas Romero: “Este ciclo nos ha dado sobradas muestras de que este es un Gobierno que carece de praxis política, es decir, de capacidad de llevar adelante el conjunto de acciones necesarias para producir decisiones. Esa carencia no debería sorprender, Javier Milei llegó al poder con dos diputados, sin ninguna experiencia ejecutiva en la administración de la cosa pública y sin un equipo de personas y profesionales que tengan experiencia en administrar el Estado”.

En este contexto, no es la oposición, no es el FMI, no es el Peronismo. Es él. El riesgo no está en que Milei fracase: el riesgo es Milei mismo.

Lo que hasta hace poco llamábamos «riesgo país» ya no responde a variables macroeconómicas, sino a una especie de riesgo ontológico, casi existencial. Bienvenidos al riesgo Milei.

Un récord sin orgullo

Según los datos más recientes del EMBI elaborados por JP Morgan (agosto 2025), Argentina se encuentra en el podio de los países con mayor riesgo soberano de América Latina: alrededor de 850 puntos. Solo es superada por Venezuela y Bolivia. El dato debería escandalizarnos, si no fuera porque la opinión pública ya está anestesiada. Entre enero y julio, el riesgo país fluctuó con una volatilidad digna de telenovela venezolana: desde un mínimo de 564 puntos en enero, tras el pago de deuda por 4.360 millones de dólares, hasta volver a trepar sin escalas hacia la zona del pánico.

El dólar no encuentra techo, la inflación erosiona salarios, y la recesión golpea a los comercios. Los bancos acumulan encajes récord, mientras la economía real se enfría peligrosamente. Sin embargo, el dato clave no es económico: es político y moral. Los mercados pueden tolerar desequilibrios, pero no soportan la inestabilidad crónica de un presidente bajo sospecha permanente. Las mejoras fiscales o el acuerdo con el FMI no logran reducir esa niebla de fondo. Porque lo que genera ruido ya no es el modelo económico, sino el modelo de liderazgo. La pregunta no es si Milei va a aplicar el plan o no, sino si el plan sobrevive a Milei. O, peor aún: si Milei sobrevive a Milei.

Una campaña fuera de cauce, entre sangre y micrófonos.

Lo que se suponía una campaña electoral con clásico sabor argentino, entre promesas populistas, spots de bajo presupuesto y monólogos en TikTok, se ha transformado en un campo minado. En las últimas semanas, el escenario se deslizó hacia un costado más oscuro: agresiones en Lomas de Zamora, enfrentamientos en Corrientes, amenazas en la Facultad de Derecho. El fantasma de la violencia política volvió sin pedir permiso. La democracia, esa que Milei dice querer salvar del socialismo, se está vaciando de gestos democráticos. Y en paralelo, la investigación judicial detonada por los audios de Diego Spagnuolo y la creación de la Comisión de Investigación Libra en el Congreso suman un condimento inédito: el escándalo como rutina, la sospecha como combustible de la opinión pública.

El Congreso, convertido en un circo, exhibió la precariedad política de un gobierno que carece de estructura y que solo ofrece gritos y escándalos. Como si fuera poco, una medida cautelar dictada por un juez oscuro recordó a los peores años noventistas: Tato, Menem, la jueza Baraburubudia. Viejos fantasmas que vuelven a escena.

Karina, PAMI, medicamentos, discapacitados.

Las denuncias se repiten en un esquema circular: siempre los mismos nombres, siempre los mismos negocios. Desde el PAMI hasta los medicamentos, pasando por los fondos para discapacitados, la sospecha rodea al entorno más cercano de Milei. Karina Milei, los Menem, y un grupo de operadores reciclados aparecen una y otra vez en las investigaciones periodísticas. El gobierno que llegó a denunciar la casta hoy se confunde con ella.

Los indicadores de confianza, como el Índice de Confianza del Consumidor o el de Confianza en el Gobierno, muestran caídas preocupantes en agosto, aun cuando fueron relevados antes de que se materializara la volatilidad de las últimas dos semanas. Los mercados financieros emiten diariamente señales de alerta: caída generalizada de bonos y acciones, suba del riesgo país (nuevamente por encima de los 800 puntos), tasas de interés que no aflojan ni en materia de niveles ni de volatilidad y futuros del dólar que cotizaron en alza (incluso con versiones de intervención oficial).

En este contexto, lo único que ensaya el Gobierno, es culpar al “riesgo K” por las turbulencias. Los mercados temen un retorno del populismo, entonces todo lo que suceda es culpa de esa amenaza. Pero la realidad es más incómoda. El Gobierno tiene derecho a sostener que heredó una economía muy desordenada. Pero ya lleva veinte meses en el poder. El “riesgo K” funciona como atajo explicativo, pero no como diagnóstico.  No es un problema de que Massa vuelva o que Cristina resucite. Es Milei el que concentra, en sí mismo, todas las incertidumbres.

Varios ensayistas han señalado que el drama argentino es que siempre parece estar empezando de nuevo. En las confrontaciones políticas es frecuente encontrar discursos donde se propone fundar todo de nuevo y estamos experimentando con este Gobierno de una nueva tentativa fundacional, que algún filósofo argentino definió como “la del neoliberalismo nihilista”, que pretende eliminar las funciones del Estado, del sistema de seguridad social, del sistema científico-universitario, de las obras públicas, del sistema de salud, para luego afirmar que la justicia social es una mentira y que el Estado es una estafa.

Desde 1955 venimos asistiendo a una “promoción de la antipolítica”, unida a una crítica al Estado de bienestar, el culto al militarismo y la necesidad del capitalismo liberal. En contrapartida, surgieron desde ese comienzo, movimientos de resistencia, de rechazo a la oligarquía, de lucha armada contra la hegemonía militar, de negación de las posiciones liberales. Así se construyeron las ideas de “Patria o antipatria”, “pueblo u oligarquía”, “liberación o dependencia”, “revolución o dictadura”, que todos nosotros adoptamos como nuestra visión cuando nos tocó ser las jóvenes generaciones. Hoy continuamos con “Casta o anticasta”. En el medio seguimos sin poder consolidar un proyecto nacional.

Lo que viene no es la amenaza del retorno populista, ni un nuevo ciclo de endeudamiento, ni siquiera un cisne negro financiero. Lo que viene es la consolidación de una idea peligrosa: que la Argentina no tiene un problema económico, sino una adicción a los líderes extremos. El riesgo país ya es un viejo cuento. El verdadero índice que debería publicarse cada mañana es el «riesgo Milei”.

El Gobierno enfrenta una elección nacional con un desorden instalado en todos los frentes y niveles: en la macro, con la suba del dólar y las tasas; en la política, con la falta de control del Congreso; en la campaña, con la derrota en Corrientes y en todas las provincias que tuvieron elecciones salvo Caba; en la agenda, con la incapacidad para tomar la iniciativa de una narrativa; en la gestión, con una parálisis invadida de sospechas de corrupción que van desde el caso fentanilo contaminado, coimas en el affaire Andis, coimas en Pami, con un récord de un episodio de corrupción cada dos meses desde que asumieron el gobierno.

El “Riesgo Milei” no se mide en bonos ni en tasas. Es un concepto político: gobernar desde el escándalo permanente, sin horizonte, sin consensos y sin credibilidad. La doctrina Vialidad acorraló al Kirchnerismo con causas judiciales; ahora Milei comienza a ser prisionero de su propia narrativa anticorrupción.

Octubre como enigma.

Y lamentablemente siempre volvemos a la gran pregunta. ¿Lo que vivimos en estas semanas es apenas un tropiezo o el anticipo de un final? Octubre aparece como un misterio irresuelto: ¿será la consolidación de un gobierno que aprende a convivir con la sospecha, o el derrumbe prematuro de un experimento que se consumió en su propia hoguera moral?

Qué pasará con los vencimientos económicos de la semana próxima, con un total estimado de vencimientos en septiembre de ARS 21,1 billones, si el Gobierno pierde en la provincia por más de un 4 o 5%? Hasta octubre falta una eternidad. Cuánto tiempo más la sociedad se divertirá cantando “alta coimera” en las calles, en el subte, ¿canchas de futbol o boliches transformándose en una verdad que ya no se discute asumiendo que los Milei pasaron a ser los nuevos chorros de moda?

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