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 Gobernadores, Milei y la guerra de las urnas (Segunda parte)
Columnistas Sergio Mammarelli

Gobernadores, Milei y la guerra de las urnas (Segunda parte)

1 junio, 2025

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Intento profundizar mi editorial de la semana pasada. Si algo ha dejado claro Javier Milei en estos meses de mandato es que, para él, los gobernadores son una mezcla incómoda de «casta con tonada» y molestos administradores de provincias que, por alguna razón misteriosa, pretenden existir.

Con las elecciones legislativas de 2025 en el horizonte, el vínculo ya tóxico entre Milei y los gobernadores se prepara para subir un par de grados en la escala Richter de la política argentina. Porque si hasta ahora la pelea fue por fondos, docentes, colectivos y petróleo, lo que se viene es la madre de todas las batallas: el control del Congreso. Y ahí, los gobernadores tienen algo que Milei quiere desesperadamente: bancas. Muchas bancas.

Él sabe muy bien algo que no puede ignorar: en Argentina, sin provincias no se gobierna. Y sin gobernadores, no se legisla. El federalismo que tanto desprecia es el mismo que necesita para conseguir votos que le aprueben leyes, presupuestos y reformas.

Los gobernadores, por su parte, no son exactamente paladines de la república. Muchos se sostienen con redes clientelares que harían sonrojar al viejo PRI mexicano. Pero en este juego, saben hacer política. Y la política, en tiempos de Milei, se juega entre la sobreactuación del ajuste y la negociación a escondidas. ¿Y qué harán entonces de cara a las legislativas? Muy simple: jugarán a dos puntas. Criticarán el ajuste en público y se sacarán fotos con ministros libertarios en privado. Denunciarán la motosierra, pero votarán en el Congreso si les tiran una obra o un ATN. Todos ellos saben que ningún presidente es eterno y todos, tarde o temprano, necesitan de la provincia olvidada para sobrevivir. Es la misma lógica del empleado público que sabe que tarde o temprano se irán, soportando mientras tanto el ajuste estatal.

Milei sabe que tiene que plebiscitar su gestión. Su sueño húmedo es llenar el Congreso de libertarios recién llegados. Para eso necesita un enemigo claro. Y ahí entran los gobernadores, pintados como burócratas prebendarios, administradores de pobreza, señores feudales con chofer. La campaña será una guerra. Una guerra de narrativas, de recursos y de territorio. Y usando la bronca como combustible. Los gobernadores, por su parte, harán lo que mejor saben: resistir sin mostrar que resisten.

Los caudillos del interior saben los riesgos. Si Milei gana, se viene una nueva camada de legisladores que no responderán a ellos, sino a las redes sociales. Y el Congreso dejará de ser una mesa de negociación para convertirse en una tribuna de guerra ideológica. No es una batalla por patriotismo, sino por autodefensa.

En definitiva, lo que está en juego no es solo el resultado electoral. Es el futuro del federalismo, de la gobernabilidad y de la política como la conocíamos. Si Milei logra imponer su lógica de conflicto permanente, las provincias dejarán de ser aliadas circunstanciales para convertirse en trincheras. Y el país, en un campo de batalla sin mapa.

Quizás, al final de esta película, descubramos que los gobernadores eran más funcionales a la democracia de lo que pensábamos. O que Milei logró lo imposible: convertir a señores feudales en mártires institucionales.

1820 Reloaded: caudillos con traje y anarquía con manual libertario.

Como adelanté la semana pasada, la Argentina de Javier Milei se parece, aunque nadie lo diga en voz alta, a ese extraño y convulso laboratorio político que fue el país de 1820. Sin Congreso, sin unidad nacional, sin ley más allá del coraje de un caudillo. Dos siglos después, con Twitter en lugar de boletines, y conferencias de prensa con gráficos de Excel en vez de montoneras, volvemos a una lógica inquietantemente parecida.

En esta analogía irónica, aunque Milei, jure que quiere refundar la República, lo que está haciendo es reproducir la anarquía de los años veinte del siglo XIX, pero con prédica libertaria y campera de cuero. Desfinancia a las provincias, corta transferencias, insulta gobernadores, desprecia el federalismo y después se queja por qué lo bloquean en el Congreso. Es el nuevo Director Supremo pero hasta ahora sin directorio ni supremacía.

Del otro lado están los gobernadores, que siguen siendo señores feudales con redes clientelares más sofisticadas que las de López o Quiroga. Administran territorios como si fueran su herencia, negocian apoyo legislativo por ATN, cortan rutas o amenazan con el petróleo si es necesario. No hacen política, hacen resistencia pasiva con sonrisa de institucionalidad.

¿Y qué hay entre uno y otros? Nada. Ni un plan federal, ni una política de desarrollo, ni un sistema de coordinación real. Como en 1820, el país es un espacio fragmentado, donde cada provincia es su propio Estado, y la Nación es una idea que sobrevive apenas en la bandera y el himno. Cada uno hace lo que puede, como puede y para sí. Es la anarquía, versión blockchain.

Milei pretende gobernar sin el país real. Cree que puede eliminar el Estado desde arriba sin construir nada abajo. Pero las provincias existen. Pagan sueldos, sostienen hospitales, esquilan ovejas y habilitan boliches. Si no hay plata, el orden se cae. Y entonces aparece la vieja política: el caudillo que pone la cara y aguanta. Así fue en 1820. Así es en 2025.

Lo curioso es que ambos bandos se necesitan. Milei no tiene estructura territorial, ni senadores, ni intendentes. Solo tiene gritos y fe religiosa. Los gobernadores, por su parte, necesitan fondos y legitimidad. Lo sabían Artigas, López y Güemes: sin una Nación funcional, el feudo resiste, pero no trasciende.

Milei viene por todo y los gobernadores lo saben. ¿Pero que es venir por todo? Por un lado, es más que comprensible. El Presidente debe consolidar electoralmente su gobierno y es lógico que así lo haga. Sin embargo, la metodología es el problema. Su ambición del “ir por todo” implica “radicalización” y en esa estrategia, la pregunta es si hay “límites”.

Todo hace suponer que los límites no existen hoy. Todo lo que hace el Gobierno, no solo está bien, sino que el que no lo entienda “quedará fuera”. Pero, ¿de qué? De todo, porque es un mandril que no merece “ni justicia”.

La desaparición paulatina del Pro va consolidando ese camino, junto a la desaparición de la Coalición Cívica y la intrascendencia del Radicalismo a nivel nacional. Solo queda un Peronismo fragmentado, que precisamente se convirtió en la excusa de la radicalización como mecanismo de construcción de poder sin límites. Es más, guste o no, Milei es el único que tiene estrategia. Pone la agenda y sabe hacerlo.

En una entrevista reciente, el prestigioso Natalio Botana, coincidía en el mismo punto de vista. “Es una tormenta reaccionaria donde no sabemos si es reformista o destructiva. Así lo estamos viviendo en el plano verbal, con niveles preocupantes de autoritarismo”. Se invoca a la libertad, pero con enojo y odio. “No odiamos lo suficiente a los periodistas”, afirmó el Presidente. Algo similar lo vemos con el “estado derogatorio”. ¿Hasta dónde vamos a derogar?

Todo vuelve a la misma pregunta. ¿Es reforma o destrucción? ¿Qué puede pasar si el autoritarismo desciende a lo fáctico, que pueden ser tanto actos físicos como jurídicos? ¿Qué sucederá, si los odios o la humillación impregnan la realidad y comienzan a generar reacción?

Milei, entre Rivadavia y Rosas: el liberal con olor a caudillo.

En la Argentina del siglo XXI, Javier Milei se presentó como un outsider, un revolucionario del mercado, un cruzado antisistema. Milei se para entre dos fantasmas ilustres de nuestra historia: Bernardino Rivadavia y Juan Manuel de Rosas.

¿A quién se parece más? ¿Es el ilustrado que quiso fundar una república de papel sin entender el barro del interior? ¿O el caudillo que con látigo, cruz y estampita supo someter a un país a fuerza de orden y temor? Tal vez la respuesta sea más inquietante: Milei es un injerto. Un híbrido de ambos, sin la estampa de ninguno y con los defectos de ambos.

Como Rivadavia, Milei desprecia el país real. Sueña con una Argentina diseñada en aula magna, con reglas de mercado perfectas, sin sindicatos, sin provincias pedigüeñas, sin pobretones que estorben. Rivadavia importaba ideas de Bentham; Milei recita a Mises, Hayek y Rothbard como si fueran santos.  Y como Rivadavia, Milei no tiene territorio. No tiene gobernadores, ni intendentes, ni ejército. Solo tiene fe. Fe en el mercado, en la voluntad, en la fuerza moral de su cruzada contra la casta.

Pero también hay en Milei algo profundamente rosista. No en su defensa del interior ni en su arraigo popular, sino en su forma de ejercer el poder. Rosas no gobernaba, mandaba. Era el orden con botas. El dogma con fusta. Milei, sin botas ni caballo, también exige sumisión. No dialoga: excomulga. No pacta: castiga. Y como Rosas, reparte premios simbólicos a los leales (likes, fotos, guiños) y ostracismo brutal a los infieles (fondos, insultos, ignorancia). Rosas tenía la Mazorca. Milei tiene Twitter y una legión de creyentes que lo defienden. Rosas monopolizaba el relato de la patria. Milei monopoliza el relato de la verdad económica. Ambos construyen poder desde el miedo: miedo al caos, al enemigo interno, a la traición. La diferencia es que Rosas tenía campo, gauchos y poder militar. Milei tiene gráficos de PowerPoint y nada más.

El experimento Milei no es solo un proyecto de ajuste. Es un intento de refundación moral, cultural y política. Como Rivadavia. Como Rosas. Sin pactos. Sin concesiones y sin plan B.

Rivadavia terminó exiliado, derrotado por un país que no lo entendía. Rosas cayó en Caseros, ahogado por su propio orden. Milei, si no construye poder real, si no entiende el barro de la política y el alma de las provincias, puede correr la misma suerte. Rivadavia tenía ideas sin pueblo. Rosas tenía pueblo sin república. Milei por ahora, tiene slogans sin estructura. Tal vez, Milei no es ni Rivadavia ni Rosas. Es el fantasma de ambos. El intento de unir el iluminismo sin poder con el autoritarismo sin territorio.

Por ahora el resultado, es este país de 24 mini estados descoordinados, donde se pacta por debajo mientras se grita por arriba. Donde el Presidente amenaza con cortar subsidios y el Gobernador amenaza con cortar petróleo. Donde nadie gobierna, todos resisten.

Visto así y a la distancia, no estamos refundando la Argentina, sino que la estamos reeditando. Volvemos a la matriz fundacional del conflicto: centro vs. periferia, ideología vs. pragmatismo, dogma vs. territorio. Solo que ahora, en vez de lanzas, usamos posteos.

¿Y después qué? Siguiendo nuestra analogía con nuestra historia, después vendrán los pactos. El del Bicentenario, el de mayo, el que sea, hasta que llegue un Urquiza, o tal vez un Sarmiento. O algo peor aún, confirmaremos que el problema no es Milei, ni los gobernadores, ni el Congreso. El problema es estructural. Es Argentina en dèjá vu. Solo que esta vez, el caballo lo reemplazó un dron. Y la montonera, un grupo de WhatsApp.

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