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Estrés y alimentación: por qué cambiar lo que comemos no siempre alcanza para sentirnos mejor
Especial para InfoSur
Agostina Parodi, licenciada en Nutrición, en diálogo con InfoSur Radio, que se emite por Petroleros Jerárquicos, explicó cómo el estrés cotidiano puede modificar el apetito, el descanso y la relación con los alimentos, y advirtió que un cambio de hábitos no debería concentrarse exclusivamente en la dieta. “Vamos de a poco”, recomendó al plantear que alimentación, actividad física y sueño deben trabajarse progresivamente y sin convertir la búsqueda de una vida saludable en una nueva fuente de exigencia.
El estrés forma parte de la vida cotidiana. Puede originarse en el trabajo, las dificultades económicas, las relaciones familiares, la escuela o distintas situaciones personales.
El problema aparece cuando ese estado de alerta se prolonga.
Parodi explicó que frente al estrés aumenta la presencia de cortisol, una hormona producida por las glándulas suprarrenales que cumple diferentes funciones en el organismo.
En condiciones normales participa en procesos metabólicos y regulatorios. Cuando el estado de estrés se mantiene, señaló la nutricionista, pueden comenzar a aparecer alteraciones que repercuten también sobre la alimentación y el descanso.
Cuando el cuerpo permanece en alerta
Para explicarlo de manera sencilla, Parodi utilizó el ejemplo de una situación de peligro.
Frente a una amenaza, el organismo necesita disponer rápidamente de energía para reaccionar.
El inconveniente es cuando esa señal de alerta permanece activa aunque no exista un peligro inmediato.
“Si nosotros tenemos el cortisol alto, constantemente nuestro cuerpo va a estar en esa función”, explicó.
Ese mecanismo puede traducirse, según desarrolló durante la columna, en mayor apetito y una búsqueda más frecuente de alimentos que proporcionen energía rápida, particularmente productos dulces o ricos en grasas.
Allí apareció otro concepto conocido: el denominado hambre emocional.
No siempre se come exclusivamente porque exista una necesidad fisiológica de incorporar alimentos. El cansancio, la ansiedad y el estrés también pueden intervenir en la búsqueda de determinadas comidas.
Estrés, sueño y antojos: un círculo difícil de romper
La alimentación constituye solamente una parte del problema.
Parodi explicó que el estrés puede dificultar la conciliación del sueño o afectar su calidad.
Una persona puede dormir varias horas y, sin embargo, despertarse cansada porque su descanso estuvo atravesado por interrupciones o por un estado permanente de alerta.
También puede ocurrir que resulte difícil desconectarse de los problemas del día.
“Seguimos sobrepensando, rumiando muchas situaciones”, describió.
El efecto puede continuar a la mañana siguiente.
Después de una noche de mal descanso, el organismo vuelve a buscar fuentes rápidas de energía y pueden aumentar nuevamente los antojos.
De esta manera se construye un círculo en el que estrés, descanso insuficiente y alimentación comienzan a retroalimentarse.
La balanza no cuenta toda la historia
Otro de los puntos abordados fue la tendencia a utilizar el peso como único parámetro para evaluar si un cambio alimentario está funcionando.
Parodi remarcó que la balanza muestra un valor general en el que intervienen múltiples componentes.
La retención de líquidos, el funcionamiento intestinal, la masa muscular y otras variables pueden modificar ese número.
Por eso una persona puede percibir hinchazón o cambios en la zona abdominal sin encontrar una modificación significativa en el peso.
La nutricionista vinculó el estrés sostenido con una mayor tendencia a la retención de líquidos y con diferentes manifestaciones digestivas.
Durante la columna mencionó sensación de hinchazón, distensión abdominal y otros malestares que deben analizarse dentro del contexto general de cada persona.
La idea, sostuvo, es no reducir automáticamente todo lo que sucede en el organismo a una determinada comida o al número que aparece sobre una balanza.
El mismo alimento, en momentos diferentes
Parodi planteó una situación que muchas personas reconocen: comer determinado alimento durante unas vacaciones sin experimentar inconvenientes y consumirlo posteriormente, en medio de una rutina estresante, sintiendo que “cae pesado”.
Para la nutricionista, el contexto también debe formar parte del análisis.
Cómo está descansando una persona, cuál es su nivel de estrés, cómo come y qué otras situaciones atraviesa pueden influir en la forma en que percibe determinados alimentos.
Por eso recomendó evitar conclusiones rápidas que lleven a eliminar grupos completos de alimentos únicamente a partir de una experiencia aislada.
El abordaje, señaló, debe observar a la persona de manera integral.
No cambiar todo de un día para otro
Uno de los mensajes centrales de la columna estuvo dirigido precisamente a quienes deciden comenzar una vida más saludable.
Parodi desaconsejó intentar transformar simultáneamente alimentación, actividad física y sueño bajo un esquema de fuerte exigencia.
“Vamos una por vez”, resumió.
Si una persona duerme pocas horas y atraviesa un período de estrés intenso, imponer al mismo tiempo una alimentación completamente diferente y una rutina física exigente puede resultar difícil de sostener.
El objetivo debería ser construir hábitos progresivamente.
La actividad física, por ejemplo, no necesariamente implica comenzar con entrenamientos intensos.
Puede ser una caminata o cualquier actividad que resulte agradable y permita generar un momento de desconexión.
“Una actividad que vos disfrutes, que tu cerebro respire”, propuso.
Comer también requiere tiempo
Otro aspecto importante es cómo se come.
Durante la conversación apareció el ejemplo de llegar al final del día con mucha hambre, comer rápidamente y acostarse poco después.
Parodi explicó que no solamente importa qué alimentos integran una comida.
También deben observarse las cantidades, la velocidad con la que se come, los horarios y el tiempo disponible para realizar la digestión.
Lo mismo sucede cuando durante una jornada laboral se reemplazan comidas por café u otros recursos destinados simplemente a mantener la energía.
La recomendación de la nutricionista fue tratar de evitar períodos excesivamente prolongados sin comer y organizar alternativas posibles dentro de cada rutina.
La clave vuelve a ser la misma: no buscar perfección inmediata, sino modificaciones que realmente puedan mantenerse.
Aprender a “cortar” el día
Parodi puso especial énfasis en encontrar mecanismos para marcar una separación entre las obligaciones cotidianas y el momento de descanso.
Salir a caminar, realizar alguna actividad física, leer, escuchar música o simplemente dedicar un período a una actividad placentera pueden ayudar a producir ese corte.
No existe una fórmula idéntica para todos.
Lo importante es identificar qué permite a cada persona disminuir el nivel de tensión.
Y antes de intentar modificar una larga lista de conductas, propuso comenzar por algo todavía más básico: ser consciente de cómo estamos viviendo.
¿Estamos durmiendo bien? ¿Pasamos demasiadas horas sin comer? ¿Comemos apurados? ¿Seguimos pensando en el trabajo cuando llegamos a casa? ¿Tenemos algún momento del día destinado a desconectarnos?
Responder esas preguntas puede ser un primer paso.
Porque una alimentación saludable, según el enfoque planteado por Parodi, no empieza y termina en el plato.
También depende del descanso, el movimiento y la posibilidad de darle al organismo momentos en los que deje de sentirse permanentemente en alerta.
Una charla para chicos en EDUCO
Sobre el final de la columna, Parodi anticipó que el viernes a las 10 brindará en EDUCO, en el Predio Ferial, una charla destinada a niños sobre crecimiento y alimentación saludable.
La propuesta buscará acercar desde edades tempranas herramientas para comprender la importancia de construir una relación saludable con la alimentación.