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 En América Latina ya no hay «otra década perdida», hay generaciones desamparadas y escenarios inquietantes
Columnistas

En América Latina ya no hay «otra década perdida», hay generaciones desamparadas y escenarios inquietantes

28 junio, 2024

Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».

Los recientes sucesos que tuvieron lugar en Bolivia, nos referimos a la asonada militar llevada adelante por un sector de las Fuerzas Armadas, han recentrado a este país, la «rodilla» del subcontinente, como lo consideraba un geopolítico latinoamericano, en relación con los problemas y riesgos que afrontan no pocos países de la región.

Es cierto que lo ocurrido remite a un pasado donde los planteos y movimientos de «botas» eran una regularidad en muchos países. Pero lo ocurrido también nos reubica en un presente regional de disrupción en prácticamente todas las dimensiones, desde la política hasta la cultural, pasando por la economía, la social, la geopolítica, la energética, la internacional, la estratégica-militar, etc.

La ausencia de élites ha tenido como consecuencia la afirmación de movimientos políticos impreparados y concentrados en cuestiones alejadas y hasta desafiantes del propio interés nacional. Así, en lugar de construir poder nacional, en varios países lo que se consiguió fue la crispación y fraccionamiento de la población y el debilitamiento del capital social, al punto de autocrearse futuras hipótesis de conflictos, pues, para tomar un caso, una ancha franja de niños mal nutridos, no sólo nunca alcanzarán el potencial intelectual que les permitirá encontrar su sitio y reconocimiento, sino que quedarán al margen y, en muchos casos, a merced de las necesidades de los extendidos grupos criminales que lucran con esa “pujante materia prima”.

Asimismo, prácticamente ningún país ha dado pasos importantes para afrontar el colosal reto que implica el «fin del trabajo», es decir, pasar de actividades perimidas a actividades con base en la robótica y otras tecnologías mayores. Para considerar una cuestión presente, en materia de brecha digital, por demás contundentes como preocupantes son los datos que nos proporciona Gustavo Gorriz:

«Si bien entre 2014 y fines de 2021 prácticamente se duplicó el número de ciudadanos con acceso a internet móvil, que pasaron de 220 a 400 millones, sigue habiendo una amplia franja de la población que no cuenta con ningún tipo de conexión. Hoy, un 32 % de los latinoamericanos, es decir, 244 millones de personas, no accede a servicios de internet. Y las diferencias son abismales entre las zonas urbanas, donde la conectividad alcanza el 79 %, y las rurales, donde llega apenas al 43 %».

No fue casual por estos días que se recordara al sociólogo estadounidense Alvin Toffler, cuyos trabajos, particularmente El shock del futuro (1970) y La tercera ola (1980), adelantaron los grandes cambios que irían teniendo lugar en el mundo en el sector laboral. Toffler advertía que el desafío pasaría por el desaprendizaje de actividades o profesiones asimiladas, y el reaprendizaje de nuevas actividades o emprendimientos.

Como suele suceder con este tipo de trabajos de prognosis, en algunos países fueron tomados como modas y temas de debates, no como puntos de inflexión y de asimilación en programas de mediano y largo plazo por parte de fuerzas políticas y gobiernos.

Actualmente, el principal reto en América Latina es cómo crear empleos que impliquen genuino crecimiento profesional y social. Y si para los países altamente viables y desarrollados de América Latina (el clásico «cuadrilátero»: México, Venezuela, Brasil y Argentina), es decir, aquellos actores grandes y ricos en recursos, el tema es un desafío estructural, nos preguntamos qué queda para los demás.

Lo que sucede en Bolivia es una muestra de los escenarios que van tomando forma en la región, los que podrían comprender desde convulsiones sociales de escala hasta guerras civiles (como previniera el profesor Carlos Fernández Pardo), pasando por la disolución de Estados.

Son escenarios de máxima, pero lo son porque son de máxima las explosivas realidades políticas, socioeconómicas y culturales que tienen lugar en varios países. El contrato social se volvió incumplible. Y ello no sólo porque los retos y conflictos desbordan las políticas y estrategias gubernamentales, sino porque dicho contrato ha sido inficionado por lo «casi único que ha funcionado»: la corrupción y la impunidad.

Con este cuadro, también se licuan los esfuerzos de complementación regional, disolviéndose así las posibilidades de afrontar desde un lugar (relativamente) más disuasivo las políticas de poder ejercidas por actores extrazonales preeminentes.

Entonces, ¿no queda nada por hacer? La respuesta es sí: se halla (en parte) en la experiencia y consiste en la formación de cuadros políticos preparados, modernos, carentes de los vicios pasados, y en la reconstitución de fuerzas políticas con pensamiento estratégico propio y proyectos de mediano y largo plazo para la construcción de poder nacional.

No hay otra salida y menos hay atajos. Mirar hacia fuera esperando que desde allí provengan asistencia será inútil y riesgoso mientras no se establezcan cimientos mínimos de poder nacional.

«Todo está por hacerse» es una frase que repetía hace cuatro décadas el Cnel. y profesor Hugo Sarno en sus provechosas clases de Geopolítica en la Escuela de Defensa Nacional de Argentina. La misma frase tiene una apesadumbrada vigencia, aunque con muchos más retos y complejidades que entonces, cuando la democracia parecía contener las claves para avanzar hacia la resolución simultánea de la ecuación hasta hoy inalcanzable en América Latina: democracia política, crecimiento económico, equidad y cohesión social y seguridad.

Ya no se habla mucho de «otra década perdida» cuando se alude a los pobres resultados de las gestiones gubernamentales en América Latina. Hoy la realidad son las generaciones desamparadas y los preocupantes escenarios que se van configurando en el horizonte cercano de no pocos países de América Latina.

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