Paula Saavedra: “El Buen Vivir es recuperar el equilibrio con
El método no tiene dueño y todos acompañan hasta la puerta del cementerio
El estratega digital de Lula sube al departamento de Cristina, Santiago Caputo responde con una frase que describe mejor al Gobierno que al Peronismo, Patricia Bullrich ubica la salida de emergencia y la ola azul deja a Trump sin Congreso. El año electoral empieza con el inventor de la disrupción convertido en lo que más despreciaba: un oficialismo.
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
I. EL GENERAL EN SAN JOSÉ 1111
Hay escenas que ningún guionista se animaría a escribir por temor a que el productor se las devuelva por inverosímiles. Un diputado brasileño, al que la prensa de su país llama «el general» de un ejército digital que nadie vio marchar, sube a un departamento de la calle San José donde una expresidenta cumple prisión domiciliaria, y durante casi tres horas le explica cómo «driblar los algoritmos de Meta». Lo acompañan dos publicistas. Abajo, en la vereda, la Argentina sigue su rutina de supermercados que venden casi un cuatro por ciento menos que hace un año. Arriba se habla de grupos de WhatsApp, de no contestarle nunca a quien critica y de comentar siempre donde se elogia. Es la imagen perfecta de una época: la política convertida en manual de instrucciones, con el manual traído de afuera, como los trenes ingleses, como los planes del Fondo, como casi todo lo que en este país prometió salvarnos.
André Janones no vino a esconderse. Dijo que «el 50 o 60 por ciento» de lo que hicieron en Brasil «es repetible en la Argentina», que el veinte por ciento de los votantes de Lula estaba en su grupo de WhatsApp y que derrotar a Milei será una prueba de fuego para demostrar que lo de Brasil «no fue un caso aislado». Después su equipo pasó por las oficinas de Sergio Massa, que, según contaron, escuchó y tomó apuntes. El Peronismo, que durante setenta años le enseñó a medio continente cómo se construye una mayoría, hoy toma apuntes. No es un detalle de color. Es un diagnóstico.
II. EL INVENTOR COPIADO
Para entender por qué esta visita incomoda tanto en la Casa Rosada hay que recordar qué fue, exactamente, lo novedoso de Javier Milei. No fue la ideología: el liberalismo económico tiene en la Argentina más biografía que éxitos, y Álvaro Alsogaray ya había recorrido los estudios de televisión con el mismo entusiasmo y bastante menos rating. Lo inédito fue el método. Una campaña sin estructura territorial, sostenida en streamings, en batallones de cuentas anónimas, en la provocación como forma de conversación y en el insulto como certificado de autenticidad. Milei no le ganó a la política tradicional con mejores argumentos; le ganó porque la obligó a jugar en una cancha que ella no sabía ni dónde quedaba.
Pero los métodos tienen un defecto que las ideologías no tienen: se copian. Nadie puede patentar un algoritmo de indignación ni registrar la marca de un grupo de WhatsApp. Lo que en 2023 parecía un superpoder hoy es un recurso disponible en el mercado, con instructores brasileños que dan clases a domicilio. Y aquí aparece la primera paradoja del año electoral: el inventor de la disrupción ya no puede ser disruptivo, porque ahora es él quien tiene que presentar un presupuesto, conseguir votos en el Senado y explicar por qué la economía no arranca. El que vino a patear el tablero ahora tiene que cuidar las piezas, y cuidar piezas nunca fue un oficio épico.
Santiago Caputo, el arquitecto de aquella campaña, respondió a la visita con una frase que se volvió viral en minutos: «Por más herramientas tecnológicas que tengas a disposición, si tu mensaje es una mierda no hay nada que te pueda salvar». Agregó que lo único determinante para ganar o perder una elección es el mensaje, acusó a los peronistas de subirse «a cualquier bondi» y les deseó suerte tratando de convencer a la sociedad argentina. Hay que reconocerle precisión de cirujano. El problema es que la frase funciona como un espejo, y los espejos no eligen a quién reflejan.
III. LO QUE EL ALGORITMO NO PUEDE DRIBLAR
El verdadero problema ahora es otro. El mensaje de un gobierno, a esta altura del mandato, ya no es lo que dice: es lo que pasa. Y lo que pasa se mide. El Banco Central admitió que el producto cayó 0,6 por ciento en el segundo trimestre y que el consumo privado retrocedió 2,4, cortando siete trimestres consecutivos de crecimiento. El INDEC registró en agosto una caída interanual de la actividad del 1,7 por ciento, con la industria y el comercio en rojo y solo la minería en verde. Las ventas en supermercados bajaron 3,7 por ciento. El Fondo Monetario recortó su proyección de crecimiento para este año del 3,5 al 2,1 por ciento. El riesgo país volvió a superar los setecientos puntos. Y la inflación, que era el gran trofeo de la vitrina, se estacionó cerca del dos por ciento mensual, con un interanual que todavía ronda el 33.
Carlos Melconian, a quien nadie puede acusar de kirchnerista, lo resumió con la brutalidad de los economistas que ya no tienen nada que perder: «Lo que no se hizo hasta acá ya no se hace más». Y advirtió que en 2027 pueden juntarse dos presiones en un año electoral: la tensión real —actividad, empleo y salarios—, que no se va a resolver, y la financiera, que se va a incrementar. Dicho en criollo: la economía no arranca, y es muy posible que no arranque antes de que se abran las urnas. Vaca Muerta, dice el mismo Melconian, «sirve para evitar una crisis y no para construir un país». En la Patagonia sabemos de qué se trata: hemos visto pasar varias bonanzas petroleras que dejaron rutas rotas, barrios sin cloacas y una sensación persistente de que la riqueza siempre está en tránsito hacia otra parte.
Ningún grupo de WhatsApp puede driblar un changuito vacío. Ningún stream disimula una góndola. Las encuestas lo confirman con una cifra más elocuente que la aprobación: según Zentrix, Milei recupera un 36 por ciento de aprobación, pero el 59 por ciento dice que nunca lo votaría, y su voto potencial queda por debajo del 35. El problema del Presidente no es el voto que tiene; es el que no puede conseguir. Y para conseguirlo necesitaría un mensaje nuevo justo cuando el viejo —la casta, el que las hace las paga, lo peor ya pasó— empieza a sonar como un disco que la púa ya rayó de tanto girar.
IV. LA HOGUERA Y LA SALIDA DE EMERGENCIA
Si el Gobierno necesitaba un mensaje nuevo, el Presidente eligió el peor de los disponibles. En la cena anual de la Fundación Faro, horas después de que un juez federal lo sobreseyera en la causa $LIBRA, Milei dijo que los que «se tienen que quemar en la hoguera» son los periodistas que lo critican, y los nombró uno por uno, con nombre y apellido. Hubo empresarios que aplaudieron. Hubo una senadora que no. La Inquisición, al menos, tenía la delicadeza de no transmitir sus autos de fe por streaming.
Patricia Bullrich, que conoce como pocos el arte de sobrevivir a los naufragios porque estuvo a bordo de casi todos los barcos, dijo que el Presidente había cruzado un límite. No fue un gesto aislado. Días antes había circulado un video —la prensa lo bautizó su «Plan B»— en el que solo aparecía el Senado, la casa que preside la vicepresidencia. Cuando Martín Menem sentenció que el único candidato de La Libertad Avanza es Javier Milei, el entorno de la senadora respondió con una ironía de manual: «¿Echarnos? En este contexto nos hacen un favor». Una encuesta de Management & Fit le da 33 por ciento de imagen positiva, por encima del 31,2 del Presidente. Y, según un gobernador aliado, ella le confió que decidirá su futuro en marzo o abril.
Bullrich no rompe. Se despega. Que no es lo mismo. Romper es un acto; despegarse es un proceso, y los procesos tienen la ventaja de que pueden revertirse si cambia el viento. Es la conducta del pasajero que no se baja del avión, pero ya se ajustó el chaleco y contó las filas hasta la salida de emergencia. La paradoja es que ella conduce el bloque oficialista en el Senado, que es precisamente donde el Gobierno necesita los votos para suspender las PASO, la herramienta que serviría para evitar una interna. La llave de la interna libertaria la tiene quien más interés tiene en que haya interna.
V. EL CORTEJO
Mientras tanto, el Gobierno sigue sin presupuesto y sin reforma electoral. El dictamen que debía firmarse el 28 de octubre se cayó porque el PRO, que no es oposición pero tampoco es oficialismo, presentó su lista de compras: coparticipación para la Ciudad, la deuda que la Nación mantiene con ella, baja del impuesto a los combustibles y —detalle sublime— baja del IVA al huevo. «No hay dictamen de Presupuesto, hay pedidos que el Ejecutivo no contestó», explicó una fuente del partido amarillo. La nueva fecha es el 18 de noviembre, o el 25, con la visita del papa León XIV en el medio, porque en la Argentina hasta el calendario legislativo tiene que pedirle permiso a la Providencia.
Con los gobernadores, la negociación es todavía más reveladora. Diego Santilli, Luis Caputo y Pablo Quirno recorren las provincias con una oferta tan concreta como inquietante: La Libertad Avanza no presenta candidatos propios en algunos distritos a cambio de apoyo al presupuesto y a la suspensión de las PASO. Los gobernadores desconfían, y no por principios, sino por una pregunta práctica: ¿quién decide realmente las listas libertarias? ¿Milei, Karina, Santilli? En San Luis y en Jujuy los dirigentes locales ya quieren usar el sello presidencial para sus propias aventuras. En Chubut y en Entre Ríos el acuerdo avanza, porque Ignacio Torres y Rogelio Frigerio aprendieron hace tiempo que con Buenos Aires conviene negociarlo todo por escrito y con testigos.
Es la vieja lógica del velorio de pueblo. Todos acompañan. Todos se ponen la ropa oscura, todos dan el pésame, todos caminan detrás del coche fúnebre con gesto compungido. Pero cuando el cortejo llega al cementerio, nadie cruza el portón. Se quedan en la puerta, conversando en voz baja, mirando el reloj, calculando. Los gobernadores acompañan para cobrar fondos; el PRO acompaña para cobrar la Ciudad; Bullrich acompaña para cobrar la herencia. Nadie quiere quedar afuera de la foto. Nadie quiere quedar adentro de la fosa.
VI. LA OLA QUE VINO DEL NORTE
Y como si faltara algo, el martes votaron los Estados Unidos. Según las proyecciones de las principales cadenas, con datos de la Associated Press, los demócratas recuperaron el control de las dos cámaras del Congreso, con victorias en el Senado en estados como Texas, Ohio, Kansas e Iowa, que hasta hace poco parecían territorio vedado. Las encuestas a boca de urna mostraron que el 62 por ciento de los votantes desaprueba la gestión de Trump. El Presidente reaccionó como reaccionan los presidentes de esta época: dijo que él no estaba en la boleta y que, de haber estado, habría ganado de forma aplastante. Después admitió que los precios de la nafta, disparados por la guerra con Irán, pudieron haber pesado. Lo dijo como quien descubre la ley de gravedad después de caerse de la escalera.
Para Milei esto no es una noticia internacional: es una noticia doméstica. Su principal aliado externo —el mismo que puso el salvataje financiero en vísperas de las legislativas de 2025— gobernará los próximos dos años con un Congreso en contra y menos margen para la generosidad. Y una semana antes, Lula había ganado en Brasil un cuarto mandato por 51,8 contra 48,2, frente a un Gobierno argentino que se negó a reconocer el resultado. El vecindario cambia de color mientras la Casa Rosada sigue pintando la fachada del mismo tono, convencida de que el problema es la pintura de los demás.
Pero conviene no apurarse a leer la ola azul como el gran retroceso de la ultraderecha mundial, porque esa lectura es tan cómoda como incompleta. Lo que se repite de Washington a Brasilia no es el triunfo de una ideología sobre otra: es la derrota de quien gobierna frente a quien promete que gobernará mejor. El elector de esta época no vota proyectos; castiga resultados. Y eso devuelve a Milei frente al espejo de Caputo, porque el libertario llegó como el antisistema y llega a 2027 como el sistema. La ola no sabe de izquierdas ni de derechas: sabe de oficialismos. Y este Gobierno, guste o no a sus propios fieles, ya es oficialismo.
VII. LULA NO LE CREE A SU EJÉRCITO
Aquí llega el giro que ninguna de las dos veredas quiere mirar. Según el columnista Lauro Jardim, de O Globo, el propio entorno de Lula vio con asombro cómo los publicistas que acompañaron a Janones se presentaban en los medios argentinos como los responsables del giro digital del PT. «No fueron los responsables de la estrategia digital», escribió. Lula está convencido de que la remontada no la hizo el algoritmo, sino las marchas masivas que siguieron a la primera vuelta. Es decir: el presidente que supuestamente ganó gracias al ejército digital no le cree a su ejército digital. El general que vino a enseñarnos la guerra llega de una batalla que su propio comandante atribuye a la infantería.
La conclusión es incómoda para todos. Para el Peronismo, porque importa una técnica cuando lo que le falta es una idea: no tiene programa, no tiene candidato indiscutido y su referente más poderosa está detenida e inhabilitada, recibiendo visitas con tobillera electrónica mientras le dice al Washington Post que, cuando recupere sus derechos políticos, por qué no. Pero también para el Gobierno, porque Caputo, que se ríe de quienes se suben a cualquier bondi, acertó con la tesis y erró con el destinatario. Si el mensaje es lo único que importa, el oficialismo debería preocuparse menos por el brasileño de San José 1111 y más por el propio, que hoy se compone de hogueras, un consumo en retroceso y un presupuesto que no consigue ni el voto de sus aliados. Ninguno de los dos tiene, por ahora, lo único que ambos dicen que importa.
Lo que sí tienen todos es el método. Y el método, ya se dijo, no tiene dueño. Pasa de mano en mano como una herramienta prestada que nadie devuelve. Lo usó Milei para entrar, lo usará el Peronismo para intentar volver, lo usará Bullrich si decide saltar y lo usarán los gobernadores para explicar en sus provincias que ellos nunca estuvieron del todo. Cuando todos tienen la misma arma, la ventaja ya no está en el arma sino en la puntería. Y la puntería, en política, tiene un nombre antiguo y poco tecnológico: tener algo que decir.
Por eso conviene volver al cementerio, donde empezó la imagen. En los velorios de los pueblos, los que se quedan en la puerta no siempre son los más tristes; suelen ser los más atentos. No entran porque no les toca llorar al muerto: les toca repartir lo que dejó. Los que se quedan en la puerta del cementerio no son deudos: son herederos. La Argentina de este noviembre tiene un cortejo prolijo, coronas de todos los colores y un general extranjero dando instrucciones por WhatsApp. Lo único que nadie se anima a preguntar en voz alta es qué va a quedar para repartir cuando se abra el testamento.
