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 Davos: cuando el púlpito reemplaza al Estado
Columnistas Sergio Mammarelli

Davos: cuando el púlpito reemplaza al Estado

27 enero, 2026

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

¿Qué significa Davos? En el lenguaje político, Davos representa el corazón del poder económico global. Es el lugar donde se legitiman modelos económicos, donde se define qué políticas son “responsables” o “aceptables” y donde se mide quién está “adentro” del sistema global y quién no.

Cuando un presidente va a Davos, no va a convencer, sino que
va a mostrar alineamiento, previsibilidad y confiabilidad.

Para la Argentina, Davos funciona como un sello de validación externa, una señal para inversores y organismos internacionales y una foto que dice: “somos parte del mundo que ordena la economía”.

Hay escenarios que no admiten impostura y Davos es uno de ellos. No porque sea virtuoso sino porque es brutalmente concreto. Allí no se va a creer, se va a calcular. No se va a convencer, se va a evaluar riesgos. No se va a escuchar épica, se va a preguntar qué ganamos, qué perdemos y quién paga.

Creo seriamente que, en este contexto y escenario, Javier Milei eligió otra cosa. Eligió el púlpito. Adelantando mi opinión de lo ocurrido esta semana, el Presidente no fue a Davos a explicar la Argentina que intenta estabilizarse luego de décadas de desorden, ni tampoco fue a describir un plan de inserción inteligente en un mundo fragmentado. Fue a dar una homilía ideológica, simplificada, binaria, repetitiva, aburrida, contradictoria y por sobre todo fuera de lugar. Fue a evangelizar y ahí nadie ni quiere ni necesita de ese testimonio de fe. Por todo esto, lo de Milei en Davos, fue un verdadero papelón.

El error de origen: confundir foro con tribuna.

El discurso de Milei partió de una premisa falsa al creer que Davos es un campo de batalla cultural. Davos es un mercado, donde no se debate si el capitalismo es justo sino donde se decide dónde conviene invertir dentro de un capitalismo que, nos guste o no, es regulado, híbrido, imperfecto y profundamente político.

Precisamente por ello, afirmar que “el capitalismo de libre empresa es el único sistema justo” no fue ni una tesis audaz ni cautivante. Nadie en Davos cree en el socialismo real, pero tampoco en el libre mercado puro. Por el contrario, creen en sus Estados, en sus bancos centrales, en sus subsidios, en sus regulaciones, en sus intereses nacionales.

Uno de los problemas más graves del discurso de Milei no es lo que dice, sino cómo lo dice. Milei no argumenta, sino que sentencia, declama y condena. De este modo, el capitalismo fue presentado como un sistema moralmente justo por definición. Y en contrapartida, el socialismo más que criticado fue presentado como pecado original. No hay grises, no hay transiciones, no hay contextos.

Precisamente por lo expuesto, el discurso presidencial fue leído como simplificación burda. Todos los que estaban allí saben que la política económica no se mueve en absolutos morales, sino en decisiones económicas y estatales.

En este contexto, me dio vergüenza ajena cuando Milei invoca la tríada filosofía griega, derecho romano y valores judeocristianos como solución civilizatoria para Occidente. Fue una verdadera infantilización del auditorio.

¿Acaso algún jefe de Estado europeo, asiáticos y americano necesitan que se les recuerde de dónde viene Occidente? En absoluto. Lo que necesitaban saber es qué hará Argentina con su marco jurídico, cómo protegerá inversiones, qué estabilidad cambiaria puede ofrecer, qué sectores prioriza, cómo manejará su restricción externa y qué horizonte político garantiza continuidad. Y nada de eso apareció en el discurso. Por el contrario, sonó a una introducción de manual escolar.

Cuando Milei recurre a Venezuela como ejemplo del fracaso socialista, incurre en una falacia conocida. Nadie en Davos está pensando en copiar el modelo venezolano. El verdadero debate global no es capitalismo versus socialismo, sino qué grado de Estado, qué calidad institucional, qué regulación, qué protección social y por sobre todo qué modelo productivo la Argentina propone al mundo.

Pero hay algo más torpe todavía. La Argentina no está en condiciones de dar cátedra. Todavía tiene una inflación elevada, pobreza persistente, reservas escasas y un esquema cambiario administrado por necesidad. Dicho de otro modo, hoy Argentina sigue siendo un país en terapia intensiva que pide crédito, tiempo e inversiones.

Milei no habló como Presidente.

Lamentablemente Milei habló como ideólogo, no como Jefe de Estado. Habló como tribuno cultural, para su núcleo duro, pero no para el mundo. El resultado, un monólogo más parecido a una homilía donde debía haber una propuesta.

Nuevamente en Davos vimos al Presidente al desnudo. Mientras el mundo negocia intereses, Milei discute valores. Mientras los Estados arman estrategias, Milei recita catecismos y mientras los líderes buscan reducir incertidumbre, Milei la aumenta con absolutismos.

La más simple corroboración de lo que vengo diciendo es que Davos no abucheó, sino que escuchó en silencio. Y el silencio, en política internacional, no es respeto sino irrelevancia.

La presencia de Milei en Davos sigue siendo vista por analistas como una jugada de posicionamiento político global, más que un indicador de impacto económico real. La pregunta que queda del discurso no es no solo qué dijo Milei, sino qué significado tiene ese discurso para la Argentina 2026: ¿es legitimación internacional o relato divergente de la vida real dentro del país?

En fin, el mundo no necesita profetas, sino que necesita Estados que funcionen y la Argentina, antes de salvar a Occidente, todavía tiene que aprender a salvarse a sí misma.

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