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 Cristina condenada y presa. ¿Representantes inútiles o representados cómodos? La trampa circular de la democracia argentina. ¿es culpa del político que promete y no cumple, o del votante que olvida, perdona y vuelve a votar?
Columnistas Sergio Mammarelli

Cristina condenada y presa. ¿Representantes inútiles o representados cómodos? La trampa circular de la democracia argentina. ¿es culpa del político que promete y no cumple, o del votante que olvida, perdona y vuelve a votar?

15 junio, 2025

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Antes de comenzar esta columna, debo confesar, por honestidad intelectual, que pertenezco al 55% de los argentinos que consideran que Cristina es culpable. No soy antiperonista, no soy libertario. Simplemente me satisface la respuesta de un proceso judicial, que en tres oportunidades confirmó su culpabilidad. Para mí, más que suficiente, como debería ser para todos los que creemos en nuestro sistema. No es una sensación ni una cuestión de fe. Son varias sentencias dictadas por muchísimos Jueces después de un proceso penal eterno y rodeado de todas las garantías que “cualquier hijo de vecino”. No jodamos más y punto!. Ahora solo queda soportar un show previsible durante algún tiempo, donde Cristina se compare con Perón, con Lula, con Mandela, con Mujica y por qué no, con Gandhi. En fin, “todo pasa “como la leyenda del famoso anillo de Julio Humberto Grondona, que trascendió al futbol y se convirtió en “mantra irónico nacional”.

Mi preocupación en esta columna claramente no es Cristina ni su condena ni tampoco su futuro. Mi preocupación somos nosotros, entre los cuales un 35% o más siguen pensando que Cristina es inocente. Este dato es el que más me preocupa.

La democracia argentina atraviesa una crisis de representación tan profunda como negada. Cada vez que una elección termina, la sensación es la misma: votamos por descarte, por bronca o por resignación. Y cuando el elegido decepciona, volvemos a indignarnos, como si nunca hubiéramos tenido nada que ver. Pero ¿quién tiene la culpa real? ¿Los representantes que se postulan sin preparación ni convicción ni pergaminos, o los representados que elegimos como si fuera una ruleta rusa con boletas?

Desde 1983 hasta acá, la clase política argentina ha producido más promesas que políticas y más slogans que soluciones. Hemos tenido presidentes que llegaron para terminar con la corrupción y terminaron presos, gobernadores que juraron autonomía fiscal y hoy no pueden pagar sueldos sin ayuda de Nación, intendentes que prometieron cloacas y no hicieron nada. Hay diputados que nunca hablaron en el recinto y senadores que legislan con el dedito levantado por WhatsApp.

Pero no se trata solo de ellos. Los representantes no bajan de Marte. Son hijos del voto popular, del marketing electoral, del algoritmo y de las redes. Llegan por obra y gracia de un sistema político degradado, pero también de una ciudadanía que alterna entre la apatía y la furia, como están demostrando las últimas elecciones durante este año y tantos otros.

Elegimos a dedo, por castigo, por simpatía televisiva, por TikTok. Pedimos refundar la patria, pero no queremos leer una plataforma electoral. Nos quejamos del Congreso vacío, pero no sabemos a cuántos legisladores elegimos en nuestra provincia. Decimos «son todos iguales» como si eso nos eximiera de toda responsabilidad.

La crisis no es solo de representación. Es de vínculo. De ciudadanía. De cultura democrática. Queremos políticos austeros, pero exigimos obras faraónicas. Pedimos transparencia, pero vendemos el voto por una garrafa. Decimos amar la República, pero la usamos como hashtag.

En esta democracia circular, los representantes fallan porque los representados no exigen. Y los representados no exigen porque los representantes ya fallaron antes. Es una maquinaria que se alimenta de su propio desgaste. Es el eterno retorno de la desilusión: votar, decepcionarse, indignarse, repetir.

Cristina hoy, Milei mañana: el espejo que nadie quiere mirar.

En la Argentina de las pasiones absolutas, lo que hoy se festeja con euforia puede convertirse en luto político mañana. Lo que le sucede hoy a Cristina Kirchner, condenada judicialmente, cuestionada moralmente, y condenada simbólicamente por la mitad de la sociedad, podría ser el escenario del mañana para Javier Milei, ese paladín de la libertad que grita contra la casta, pero construye poder como un monarca ilustrado con decretos y redes sociales.

El caso de Cristina ha dividido al país desde hace más de una década. Más del 55% de los argentinos creemos que es culpable. Pero más del 35% sigue creyendo en su inocencia o, al menos, en la falta de imparcialidad de los jueces. Raro no? El fallo de la Corte no termina la discusión: la desplaza del tribunal jurídico al tribunal de la opinión pública. Una grieta donde la ley ya no es el último argumento, sino apenas un dato más para confirmar convicciones previas.

El juicio a Cristina no cierra la grieta, la profundiza. Y si Milei cree que se encuentra en la vereda opuesta, quizás esté confundido y podría ser un nuevo capítulo del mismo libro: el de una Argentina donde la justicia no cura, sino que multiplica el odio.

¿Qué pasará si la justicia investiga a Milei con la misma intensidad que investigó al Kirchnerismo? ¿Qué ocurrirá si aparecen pruebas que comprometan al entorno presidencial? ¿Veremos nuevamente una mitad del país pidiendo cárcel y otra mitad denunciando persecución? ¿Se repetirá el ritual de las marchas, los escraches, los hashtags, los discursos encendidos desde balcones que no alcanzan para unir a nadie?

No se trata de comparar delitos, sino de advertir sobre la repetición del mismo fenómeno: una democracia donde los liderazgos se funden con el dogma, y donde la justicia no tiene margen para generar un consenso básico. El problema no es si Cristina o Milei son culpables. El problema es que, en ambos casos, la sociedad ya eligió de antemano qué quiere creer. Lo único que importa es el relato que reafirma nuestra pertenencia. Hoy es Cristina, mañana es Milei. Hoy es la obra pública, mañana es el dólar cripto. Hoy es Lázaro Báez, mañana es la hermana secretaria.

Sin embargo, nadie parece aprender la lección. Ni los políticos, ni los jueces, ni la ciudadanía. Se festeja la caída del otro como si fuera una victoria propia, sin advertir que el sistema es el que se debilita. Porque si mañana la mitad del país no cree en un fallo contra Milei, como hoy la otra mitad no cree en el fallo contra Cristina, entonces no tenemos justicia: tenemos revancha alternada.

Cristina Kirchner fue, sin duda, una dirigente poderosa. Condujo, ordenó, repartió, se defendió y volvió. Pero también cayó en el juego del blindaje ideológico: convenció a los suyos de que todo era persecución. Milei, con otra estética y otros aliados, parece repetir la fórmula: gobernar con enemigos, blindarse con épica, demonizar a los que investigan. El resultado puede ser el mismo.

Un fallo judicial abre aún más el abismo entre representados y representantes.

Este fenómeno refuerza la crisis de representación porque deja al desnudo que los ciudadanos ya no delegan confianza en ninguna autoridad: ni en el juez, ni en el fiscal, ni en el periodista, ni en el legislador. Cada uno tiene su verdad confirmada por su tribu digital e ideológica, y cada sentencia judicial es leída como un capítulo más de la guerra cultural, no como la resolución imparcial de un conflicto legal. Y eso nos lleva al núcleo del problema: si la Justicia no puede generar consenso, y la política no puede generar pertenencia, ¿quién representa a quién?

Por esta razón, el fallo sobre Cristina no resuelve la grieta, la reafirma. No fortalece la representación, la debilita. Porque evidencia que ni siquiera una sentencia firme puede construir una verdad compartida. Lo que para unos es justicia, para otros es venganza.

¿Se puede salir? Sí. Pero no con un nuevo candidato milagroso, sino con una ciudadanía que recupere el deseo de representar y ser representada.  La democracia es representación, pero también es exigencia, control, memoria, coherencia. Sin eso, los representantes seguirán siendo marionetas sin nadie que lo guíe y los representados, espectadores que solo se quejan si el show no les gustó.

En el fondo, el problema no es que los políticos sean malos. Es que nosotros, muchas veces, somos espectadores cómodos de un caos que también ayudamos a escribir. Mientras tanto, el sistema sobrevive. Porque la política, como la naturaleza, aborrece el vacío. Y si la dirigencia formal no ocupa el lugar de la confianza ciudadana, lo ocuparán los influencers, los improvisados, los salvadores mesiánicos, los autócratas o los que nos muestre nuestra imaginación. Cualquier parecido con nuestro Presidente, es pura casualidad.

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