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UNIVERSIDADES

3 mayo, 2024

Adán Costa. Abogado. Profesor universitario de Historia, Políticas Públicas y Filosofía (UCU-UNR). Trabaja en el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales y es presidente de la Comisión de Derecho Indígena Latinoamericano e Interjuridicidad del Colegio de Abogados de Santa Fe

Por estos días del otoño del 2024 las universidades parecieran haber encontrado su foco, entre las hojas que van cayendo sucedáneamente bajo los colores de la libertad, los presupuestos escuálidos, las marchas de a pie que inundan las calles en sus tonos críticos y las misiones de los anarco-capitalismos o de la Escuela Austríaca de Economía que no se alcanzan a comprender. Pero que, por las dudas, se legitiman.

El problema de la comprensión histórica de los fenómenos y las complejidades sociales, políticas o económicas del presente, siempre ha sido una materia de dificultoso trámite. Se ha planteado una pedagogía de la historia más desde una dinámica de acto escolar o desde el recuerdo de la efeméride de los hechos históricos.

En contrapartida se han explorado menos las dinámicas que permiten explicar las consecuencias de los procesos históricos y bastante menos aquéllas que posibilitan la identificación de los arraigos culturales. A su vez, el sesgo historiográfico también ha calado muy hondo.  La experiencia de la historiografía liberal hecha “oficial” a través de la institucionalización de sus programas de estudios, ha predominado como forma de una explicación histórica sintetizada. Otra enorme dificultad es la articulación eficiente de la perspectiva histórica como forma de comprender los problemas políticos, culturales, jurídicos que emergen en los derroteros.

Las sociedades les han asignado a la escuela y a la universidad el rol de ser reproductores de las culturas en las que anidan. Junto a los medios de comunicación, los dispositivos simbólico-culturales como la política o la justicia, o los algoritmos en las sociedades digitalizadas, entre otros. De algún modo, las sociedades han creado a sus universidades para explicarse a sí mismas.

Las universidades nacieron como expresión del renacimiento intelectual iniciado en el siglo XI en Italia y Francia en torno a la filosofía y teología. Se formaron de las escuelas, principalmente de las escuelas catedralicias llamadas a dar una enseñanza superior. El médico y profesor chileno Benedicto Chuaqui Jahiatt  dijo al respecto del origen de las universidades que la palabra “universitas” fue creada probablemente en la Antigüedad europea por Cicerón, con el sentido de «totalidad» y deriva de “Universum”, que significa “reunido en un todo”.

Originalmente fue la “universitas magistrorum et.scholarium”. Esto es, la comunidad de maestros y alumnos; después, la “universitas litterarum”, es decir, la institución en que se reunía en un todo el saber. Precisamente al respecto al propósito escolástico y medioeval de la reunión de todo el saber, y poniendo la noción de universidad en una perspectiva histórica, necesariamente debemos preguntarnos si ese sentido las universidades en Argentina o Latinoamérica reúnen todo el saber o reproducen, epistemológicamente sus propios contenidos académicos. Escribimos el año pasado un ensayo sobre los problemas que tienen los saberes ancestrales y los populares incorporarse con centralidad en las reflexiones académicas que también aconsejamos lectura.[1]

De igual modo, y especialmente cuando se escuchan voces que privilegian obtener superávit fiscales antes de una reflexión por el rol de una universidad, y, sobre todo, sobre los contenidos que se producen o reproducen, aparece un dilema ético del que poco se habla. ¿Están todas y todos los que deberían estar aprendiendo en una universidad? Se sabe que, con suerte tres de diez muchachas y muchachos cursan sus estudios superiores en la Argentina del siglo XXI.

Viene a cuento especialmente que en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX la sociedad, a través de sus jóvenes se hizo esta misma pregunta y como respuesta fue la muy mentada “Reforma Universitaria de 1918”, pero que, paradójicamente se conoce poco. La gesta estudiantil denominada Reforma Universitaria nació en Córdoba en marzo de 1918, cuando un grupo de jóvenes se levantó contra las estructuras conservadoras, para muy pocas personas. Fue entonces que iniciaron una huelga para hacer escuchar sus reclamos de un ingreso amplio a las casas de altos estudios, un sistema autónomo y democrático.

Dos meses después, el presidente de la Nación, Hipólito Yrigoyen, accedió a la demanda de los estudiantes, decidió la intervención de la Universidad de Córdoba para iniciar así un proceso de reforma que instauró la participación de los profesores en el gobierno universitario, terminando con el predominio de las academias integradas por miembros vitalicios. Aún resuena con fuerza, el Manifiesto liminar del 21 de junio de 1918 “La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes. Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa”[2]. 

Los sueños reformistas universitarios de 1918 se pudieron complementar e integrar en el año 1948, Universidad Obrera Nacional, que fue una universidad de base técnica creada con el fin de formar profesionalmente a la clase trabajadora y favorecer su movilidad social ascendente. En 1959 cambió su nombre por el de Universidad Tecnológica Nacional. El dilema ético de ampliar derechos de los jóvenes a recibir una educación superior, conocimiento crítico y arraigado, en esta perspectiva, fue encontrando algunas respuestas. Pero es necesario siempre ponerlo en cuestión.

Hoy pareciera que las ideas de la libertad gozan de un renovado auge. Se acuña a Juan Bautista Alberdi como el pro-hombre del liberalismo argentino, cuyo pensamiento alumbró gran parte de la segunda mitad del siglo XIX. Penosamente, tampoco se lo ubica adecuadamente  su pensamiento, se lo desdibuja a propósito, porque, a pesar que se dice de él lo contrario, cuando tuvo que legitimar el rol histórico de un personaje como Juan Manuel de Rosas, que está en las antípodas del pensamiento liberal, el tucumano Alberdi lo hizo sin dudar.

Sin embargo, en esta línea dilemática de pensar las universidades y el futuro, procuremos dar una vuelta de tuerca más al pensamiento que hoy se escucha tan fuerte como el rugido de los leones y retornemos a una idea antigua. El filósofo San Agustín, conocido como Agostino d ́Ippona, lanzó hace apenas unos mil seiscientos años, desde Numidia, provincia romana situada en el norte de África, una idea que todavía no fue suficientemente escuchada, al menos desde lo que ha propuesto Occidente en términos civilizatorios. “Nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean”.


[1] https://www.espaciosdeeducacionsuperior.es/28/05/2023/latinoamerica-tiene-el-derecho-y-la-obligacion-de-producir-conocimiento-propio-y-apropiado-la-universidad-de-indoamerica-y-afro-america/

[2] https://unr.edu.ar/reforma-universitaria-1918/

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