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Un año de Milei: ¿qué pensaba y qué pienso?
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
Se cumple un año del experimento Milei. ¿Qué pensaba y qué pienso después de un año? ¿Superó mis expectativas o no cumplió ninguna? ¿Mi balance sobre él y su gobierno es positivo o negativo? ¿Me gusta o no su forma de gobernar? ¿Cuál es mi expectativa sobre el resto de su gobierno? ¿En definitiva, hice bien o mal en votarlo en la segunda vuelta?
Se acerca fin de año y parece una obligación realizar un balance. No solo de lo que hemos hecho, logrado o de cuánto hemos fracasado, sino también de los sueños: cuáles se cumplieron y cuáles no.
Se cumple un año de la llegada de Milei al poder, que marcó una ruptura en la política clásica. La sociedad optó por él, decidiendo el repudio de lo conocido y caminar hacia lo desconocido, hacia un experimento nuevo sin antecedentes en la historia de la política argentina. Sin experiencia política, con escasos antecedentes en el manejo del Estado, sin equipo y, como bien señalan muchos analistas, sin programa al llegar.
Todo estaba dado para una crisis política que no sucedió, aunque muchos apostaron a ella. Hubo momentos de tensión, pero en este año no existió crisis política en sentido habitual.
Hay una cosa que es segura: Fue el año del uso de la palabra libertad. No solo en la política, la palabra libertad se escuchó desde muchos puntos de vista, incluyendo el económico, como la liberación del dólar y parte de la economía, en la burocracia como sinónimo de desregulación y en materia de empresas públicas como sinónimo de privatización, por ejemplo.
Es común decir en Argentina que pocas personas soportan el archivo. Lo más común en nuestro país es que todos estemos desdiciéndonos todo el tiempo. Si bien en la política esta frase es común para descalificar a los políticos, en el campo intelectual tiene un significado diferente. En mi caso, pensar es siempre una verdad relativa. Relativa por el respeto al pensamiento del otro y relativa también porque la verdad objetiva y absoluta no existe. Para decirlo en otras palabras, cambiar mi forma de pensar es un virtuoso ejercicio que muchos deberían practicar más seguido.
Realizada esta aclaración, intentaré contrastar aquello que pensaba en diciembre del 2023 con lo que pienso hoy, acerca del primer año de gestión de la era Milei.
En diciembre del año pasado inicié una columna con el siguiente título “Un verdadero regalo de navidad: Jamás nadie se atrevió a tanto”. Allí aludía a que en menos de dos semanas el nuevo gobierno puso en funcionamiento la más profunda y cruda transformación de la Argentina. En la primera semana de gobierno, sorprendió a los argentinos con esperadas medidas financieras que sacudieron todos los mercados: El dólar se mantuvo estable sin sobresaltos, bajó la tasa de interés, subieron los títulos públicos y el mercado recibió en general con beneplácito las nuevas medidas. También sucedió lo que todos sabíamos iba a suceder. La devaluación resultante puso en funcionamiento, en palabras de Melconian, una enorme licuadora que reemplazó la enorme motosierra prometida. La segunda semana de gobierno nuevamente sorprendió a todos los argentinos con la tan prometida motosierra a través de un mega decreto de necesidad y urgencia que produce una revolución en la concepción de la relación entre el ciudadano con el Estado. Milei simplemente comenzó a invertir la lógica de la Argentina: defender al ciudadano y atacar al intermediario en toda nuestra vida cotidiana. Ese instrumento, si bien fue paralizado por varias medidas cautelares, todavía mantiene su vigencia a lo que luego se le agregó la famosa Ley Bases que tibiamente consolidó algunas de esas reformas.
Mi segunda columna apenas asumido el nuevo gobierno se tituló “Revolución conservadora o nuevo populismo. O ambos”. En esta oportunidad me tocó analizar la asunción presidencial y las implicancias sobre su futuro gobierno. En ese momento anuncie algo que lamentablemente se iba a consolidar a lo largo del primer año. Un nuevo enfoque populista nació en la Argentina. De hoy en adelante, solo será casta aquello que se oponga a sus decisiones. La batalla del ajuste desde hoy se dirige contra aquella casta que no adopten las ideas libertarias. Esto me llevó a otra conclusión en aquel momento: “Laclau llegó nuevamente a la Argentina ahora de la mano de Milei”. Una nueva versión del slogan de campaña de su actual Ministra de Seguridad “sino es todo, es nada”. Evidentemente Laclau seguirá inspirando a los próximos presidentes en la Argentina. El ajuste lo vuelve a soportar la sociedad y además con aumento de impuestos. Una consecuencia inevitable de una promesa electoral que jamás sería cumplida.
Hoy estamos en diciembre del 2024. Pasó un año de aquellas palabras y de aquellos pensamientos. ¿Se modificó, en todo o en parte, lo que pensaba en aquel momento?
Es fantástico el contraste. Y más halagador es darse cuenta de que lo que pensaba hace un año atrás se cumplió en gran parte un año después, con grandes sorpresas en la reacción de la sociedad. Veamos por qué.
Las sospechas de nacimiento de un nuevo populismo se confirman con un nuevo Kirchnerismo libertario que superó a su antecesor y, desde lo económico, el ajuste fue más brutal de lo que pensaba con dos aclaraciones: tal cual como lo anunciaba, el ajuste no lo pagó la casta, sino que lo pagaron todos los argentinos. Sin embargo, mi equivocación rotunda fue pensar que el umbral de dolor de la sociedad no tendría la paciencia que tuvo a lo largo de todo este año al punto que la esperanza a un año de distancia sigue prácticamente intacta. La sociedad argentina modificó su acostumbrada impaciencia por una esperanza a prueba de balas. El Presidente arrancó con un 51% de imagen positiva y termina su primer año de gobierno con un 53%. Mas que un verdadero logro.
Gran parte de la explicación estuvo en las reformas económicas de Milei, que, en menos de un año, han producido visibles efectos positivos: la inflación va desapareciendo gradualmente, se eliminan gastos superfluos y dañinos controles y la economía comienza a crecer nuevamente. El país retorna con buen pie a los mercados internacionales y un ambiente de confianza se difunde en la Argentina, que va dejando atrás la pesadilla del Kirchnerismo. Hasta la seguridad ha aumentado y ya no hay bloqueos en las calles ni manifestaciones violentas. Estos tres logros -bajar la inflación, ajustar el Estado, reestablecer la seguridad en las calles- constituyeron las promesas cumplidas que la sociedad rescata, que seguramente tendrán proyección electoral en el 2025.
Milei está demostrando que es posible crear una alternativa frente al desastre anterior. Nadie hoy quiere regresar a ese pasado.
A diferencia de lo económico mi preocupación mayor se refiere a la política y a su destino democrático y republicano. Sin duda, aquí, Milei no aprueba ningún examen según mi modo de ver.
La batalla cultural: un nuevo intento fundacional de la Argentina.
Muchas personas creen que lo único importante acerca de Javier Milei son las reformas económicas que están implementando. Y que todo lo demás son minucias. Pero el mismo Milei, a cada paso, nos dice que eso no es así. Para él hay un elemento innegociable: la batalla cultural, y esa cruzada cultural recién empieza.
Esa cruzada tiene dos ejes conceptuales según sus intervenciones más recientes.
Primero, las alianzas internacionales con la necesidad de conformar una liga de refundación de Occidente con Estados Unidos, en el Norte; Argentina, en el Sur; Italia, en Europa, e Israel, en Medio Oriente.
Segundo, su cruzada anti woke y contra “el virus del colectivismo”. “El mundo ha sido sumergido en una oscuridad profunda y exige a gritos ser iluminado”, sostuvo ante Trump, Elon Musk, Sylvester Stallone y decenas de inversores en la gala del America First Policy Institute, en Mar-a-Lago.
Ahora bien, si la cosa pasa por aprovechar un escenario favorable para profundizar una agenda, o para capitalizarlo en un proceso de acumulación política para consolidar y expandir la fuerza propia, que beneficie al país, en modo alguno sería malo. Sin embargo y otra cosa muy distinta, y altamente peligrosa, es procurar convertir la política en religión.
Nuestra historia está plagada de refundaciones. Hoy, siguiendo nuestra tradición, nos encontramos en presencia de una nueva.
Desde todas partes se siguen con interés las acciones de Milei, que ha puesto en el centro del debate una alternativa diferente a las que tan pobres resultados han dado en las últimas décadas. Estamos seguros de que este cambio de opinión, lento por ahora pero significativo, se manifestará con todo vigor en la escena política en tiempos muy cercanos. Y esto me preocupa muchísimo.
Pocos elogios tengo para con Milei y su gobierno en cuanto a la consolidación democrática y republicana de nuestro país. Estos reparos que debo reconocer se transforman por momentos en miedos y son el punto más frágil de su gobierno. Es cierto que este año Milei sorteo con cierta facilidad su endeble respaldo institucional. Sin embargo, es fácil advertir que eso no es para siempre y que más temprano que tarde la oposición comenzará a delinear una propuesta de competencia política no solo en las ideas sino también con la aparición de candidatos que ya comienzan a verse en algunas provincias a partir, por ejemplo, del Gobernador de Santa Fe, Pullaro o el joven Gobernador de Chubut, Torres, nombres que no descartan la aparición de nuevos líderes políticos en los próximos tres años de este Gobierno.
Esta semana, Milei dirigió un mensaje a todos los argentinos acerca de su primer año de gobierno. Su discurso era absolutamente previsible a partir del análisis anterior: mostrar resultados económicos envueltos en un manto de la épica de su batalla cultural. Estuvo exultante, con el objetivo de enumerar los principales logros, empatizar con el esfuerzo de un año de ajuste y proyectar lo que viene para 2025. Su discurso, con una puesta en escena con sus doce apóstoles, como la describió uno de los hombres de las fuerzas del cielo, no tuvo nada de casual. Es la confirmación de la nueva “refundación de la Argentina”, y esa idea, además de peligrosa, lamentablemente sucumbirá tarde o temprano como ha sucedido siempre.
¿Qué sabor me queda en la boca después de un año del Gobierno de Milei? Sin duda el éxito económico es el más importante. Todos los argentinos queremos vivir mejor y la primera mejoría se encuentra en nuestro bienestar económico. Sin embargo, como lo vengo advirtiendo, ese bienestar económico no tiene un derrame ni justo ni igualitario en toda la sociedad. Difícilmente la pobreza estructural de la Argentina tenga solución ni con este Gobierno ni tampoco en el corto tiempo. Aunque mejoren las estadísticas con relación al ingreso, muchísimos argentinos seguirán sufriendo profundas penurias más allá de lo económico. Seguirán sin agua potable, sin cloacas, sin asfalto, sin rutas, sin salud, sin Seguridad Social, sin educación de calidad, con menos Universidad pública, con empleos no registrados y precarias remuneraciones. Nada de esto figura en el ideario del Presidente Milei ni para el próximo año ni para lo que resta de todo su Gobierno.
El sabor que me deja Milei en la boca me sabe a poco. Ello no se debe al éxito económico que merece todo elogio sino a la duda de su continuidad en el mediano o largo plazo. Como ya lo expresé en otra columna, Milei será el próximo Cavallo que nos garantice una Argentina económicamente estable por una década concluyendo con una crisis como la del 2001 o será el próximo Alfonsín con un Plan Austral que se derrumbe luego de pasadas las elecciones legislativas. Todo eso por hoy es duda y esperanza.
Todos parecen convencidos de que Argentina tiene un problema económico que necesita una solución económica. Resuelto eso, ya está. ¿Qué mejor presidente, entonces, que un economista? La economía es lo único que se debate. Si fuera así, vista la relevancia pública de nuestros economistas, la economía argentina iría viento en popa. Pero ocurre lo contrario.
Estoy contento con los signos de recuperación y estoy de acuerdo con la necesidad de atacar el déficit fiscal y reducir el tamaño del Estado. Aunque a los golpes de tijeras preferiría reformas orgánicas mejor concebidas. La historia es más complicada: el equilibrio macroeconómico es necesario, pero no basta para garantizar la paz y la prosperidad. Gobernar tronando causa inestabilidad, sembrar odio es cosechar violencia.
Lamentablemente, el problema argentino es otro y está a la vista de todos y es tan obvio que ya nadie le presta atención: es la falta de consenso político. No consenso sobre los contenidos, cuyas diferencias son la razón de la democracia, sino consenso sobre las reglas del juego. Y las reglas del juego son las instituciones. Algo similar dijo esta semana el miembro de la Corte Suprema saliente en clara representación del pensamiento del más alto Tribunal de nuestro país. Ese discurso fue sinceramente impecable.
Este abuso institucional expresa el “síndrome del cien por cien”, como lo destaca Loris Zanatta. Cada presidente de la Argentina de los últimos años padece de la misma enfermedad: poseer el monopolio de lo bueno, de lo correcto y de lo verdadero. Y ahora es peor, dado que, si Dios me guía, el resultado no es otro que prepotencia institucional y concentración de poder. En un clima así, ningún superávit fiscal bastará para un país próspero y en paz.
Prefiero pensar en un Milei cuyo éxito económico se extienda a la política permitiendo lograr consensos que nos garanticen cambios duraderos en un marco democrático y republicano que hoy no estamos viendo.
“Argentina es el país de las oportunidades perdidas”; esperemos que esta vez no sea así.
Está más que clara la estrategia del Gobierno de aquí a las elecciones legislativas. Seguir predicando en contra de los dirigentes convencionales, que además colaboran todos los días en un juego de irregularidades o delitos. Este es el eje principal: “nosotros o la casta”. Esa opción es una operación típica del populismo: capturar el sentimiento de insatisfacción de la gente y redirigirlo hacia los políticos.
Por su parte la política no encuentra rumbo. Unión por la Patria desearía consolidarse como oposición, pero no lo logra. La dispersión de Juntos por el Cambio se debate por unirse al oficialismo, aunque Milei no esté convencido de conformar un espacio distinto que compita con el Peronismo para ser oposición. Todo está confundido en un año, donde ambos espacios se juegan su futuro político. El Peronismo pone en juego 47 bancas del Congreso y otro tanto Juntos por el Cambio. Un triunfo de Milei en 2025 los deja al borde la extinción política y todo está encaminado para que ocurra.
Dentro de un año, nuevamente realizaré este mismo balance dónde con absoluta honestidad intelectual veré mis aciertos y reconoceré mis errores. Por ahora, solo puedo concluir que no me equivoqué en haber votado a Milei, aunque por descarte y no por convicción. Mientras tanto seguiré con mi duda existencial: ¿soy un fanático de Milei ansioso o simplemente un opositor prematuro?
