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 Todavía estamos lejos del éxito del experimento Milei. Por ahora, en el país de los ciegos, el tuerto es rey y por largo tiempo
Columnistas Sergio Mammarelli

Todavía estamos lejos del éxito del experimento Milei. Por ahora, en el país de los ciegos, el tuerto es rey y por largo tiempo

18 mayo, 2025

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Las elecciones del domingo 11 de mayo en cuatro provincias nos dejaron conclusiones muy claras: los candidatos de los oficialismos provinciales triunfaron, hubo una escasa participación electoral donde apenas se llegó al 60%, hubo un crecimiento electoral indiscutible de La Libertad Avanza sin ningún batacazo ni “ola violeta” pero si consolidando el único Partido Nacional que queda  y un decreciente desempeño del Peronismo en sus distintas formas, en especial del Kirchnerismo, como modelo “acabado”. Cualquier otra conclusión fuera de estas, es solo “relato”.

La semana también nos dejó dos reflexiones más. La primera, es que el Gobierno prioriza la destrucción del Pro y la jubilación de Mauricio Macri, para polarizar con Cristina en una verdadera disputa interna de la “centro derecha”. De este modo dos líderes que alguna vez compartieron un proyecto hoy se enfrentan como enemigos públicos y uno solo puede sobrevivir. La segunda novedad es económica: la aparición del “keynesianismo” de Milei, intentando incrementar el nivel de actividad por medio de la expansión monetaria de dólares para incentivar el consumo junto con la intervención del Estado en la negociación privada entre trabajadores y empresarios, en contra de “paritarias libres”. Casi lo opuesto a un modelo libertario.

Todo esto me permite concluir que, hasta ahora, Milei nos presenta una propuesta ideal de éxito de su gobierno, que todavía está muy lejos de ser conquistada. Me refiero a lograr una “sociedad de mercado” en la Argentina. Esa idea, compartida por muchísimos que votaron por el Presidente todavía tiene un largo camino por recorrer. Y para ello es condición necesaria algo que todavía está lejos de consolidarse: un Estado eficaz.

El éxito de Milei hasta ahora fue solo un pragmatismo a que nos tiene acostumbrados, que impacta muy favorablemente para muchos, pero que no significa un Estado eficaz. Es más, es casi contrario al proyecto ideal que nos propone constantemente.

Esta primera impresión se traduce en términos políticos en una diferencia sustancial entre ganar elecciones, que incluye su próxima reelección, y lograr el proyecto ideal de este nuevo experimento. Esta importante diferencia es la principal valla para una verdadera estabilidad económica y también política. Milei con todos sus éxitos innegables, cuenta aun así con un poco más del 40% de aceptación general de su gobierno. Dicho de otro modo, es una minoría, sólida y potente, pero que no se fundamenta en el porcentaje sino en la fragmentación de sus opositores. Milei reina en forma absoluta, pero en minoría, circunstancia que incluso ni siquiera cambiará aun triunfando en las próximas elecciones legislativas.

En esta observación, no hay nada de valoración. Simplemente describir la realidad sin intentar transformarla en relato. Esta debilidad, que lamentablemente continuará en toda su gestión, es el principal escollo para darnos una sensación de estabilidad económica y política. Esta sensación se podría resumir en la siguiente duda: ¿será mejor o peor el país que se está construyendo en el presente?

Una “sociedad de mercado” como propuesta ideal del programa de Javier Milei en la República Argentina implica un modelo de organización social, económica y política centrado en los principios del libre mercado. En esta visión, el mercado —no el Estado— es el principal mecanismo de asignación de recursos, organización de la producción y coordinación de las decisiones individuales. Sin embargo, para eso es necesario un Estado eficaz que lo promueva y lo preserve de nuestros males endémicos. Es decir, sin realizar juicios de valor sobre lo buena o mala que pudiera llegar a ser esa idea, de lo único que estoy seguro es que todavía es un experimento en desarrollo muy lejos de su concreción.

¿Acaso hemos logrado el predominio del individuo sobre el Estado?

¿Acaso el individuo es soberano y libre para tomar decisiones económicas?

¿Acaso el Estado redujo su intervención al mínimo, restringiéndose a funciones básicas como la seguridad, la justicia y la protección de la propiedad privada?

¿Acaso hemos eliminado los controles de precios, regulaciones laborales rígidas, subsidios y restricciones comerciales?

¿Acaso hemos logrado la competencia y el libre comercio exterior?

¿Acaso hemos logrado privatizar empresas públicas que, según su visión, son ineficientes o están politizadas (por ejemplo, YPF, Aerolíneas Argentinas o los medios estatales)?

¿Acaso hemos eliminado el asistencialismo como generador de dependencia y desincentivador del esfuerzo?

En síntesis, Milei nos propone una transformación profunda hacia una república liberal clásica, donde el orden económico esté basado exclusivamente en intercambios voluntarios entre individuos libres, con un Estado limitado y un rol central del mercado en todos los ámbitos de la vida social, pero que todavía es un relato ideal que no observamos en la realidad de la Argentina hasta ahora. Lo único que sabemos es que Milei todavía gobierna sin partido, en minoría, sin provincias o gobernadores de su riñón, sin Congreso, salvo mayorías circunstanciales y con resistencia de varios actores sociales.

Dicho de otro modo, la implementación completa de una sociedad de mercado al estilo Milei en la Argentina es teóricamente posible, pero en la práctica todavía no ha superado los enormes desafíos estructurales, culturales y políticos de nuestro país.

Esta incertidumbre se traduce, en particular, en el escaso o ningún avance en la eliminación de la resistencia social y cultural, de nuestra tradición de un Estado presente, en particular de sindicatos, movimientos sociales, empresas protegidas, provincias dependientes del gasto público, etc. Algo similar ocurre con el “ideal libertario” de mínima intervención estatal que choca con una cultura donde muchos ciudadanos siguen esperando que el Estado provea servicios, empleo o subsidios. Para que ello ocurra, la sociedad argentina en su mayoría democrática debería consolidar esa idea que todavía no observo en la realidad.

Tampoco observo cómo se vencerán las grandes asimetrías regionales y sociales. Mientras algunas zonas y sectores pueden competir en un mercado libre (como el agro o parte del sector financiero o energía), otros quedarían excluidos o perjudicados.

Esta falta de confianza ciudadana, que permanentemente pone en duda la viabilidad política de su experimento, requiere de un Congreso, de gobernadores, de jueces y de sindicatos para avanzar con reformas estructurales. Si ello no se consolida, el peligro de la vuelta atrás estará siempre latente. Es más, los cambios estructurales que propone requieren reformas constitucionales o al menos un fuerte consenso político, que todavía no tiene garantizado.

Hasta ahora, los éxitos logrados solo encuentran justificación en el pragmatismo de Milei que se ha expresado en el “shock” como método y una apuesta a un ajuste económico muy fuerte para “ordenar” la macroeconomía para recién después generar crecimiento. Sin embargo, mi pregunta es: ¿eso alcanza? ¿Qué sucedería si el malestar social crece antes de que se vean mejoras?

Mi humilde conclusión es que una sociedad de mercado como la que plantea Milei es posible en teoría aún con el fantasma de los fracasos de sus antecesores, como Menem o Macri. Sin embargo, para que funcione en Argentina hacen falta cambiar hábitos culturales de larga data, tener una clase política dispuesta a ceder privilegios, una población dispuesta a tolerar el ajuste con la esperanza de un futuro mejor, pero, por sobre todo, resultados concretos en el mediano plazo (inversión, empleo, baja de la inflación), que aún no hemos visto o no se han consolidado.

Por ahora, observo a un Milei victorioso con sus éxitos económicos y muy posiblemente victorioso en lo político, en las próximas elecciones legislativas. Aun cuando no gane ninguna elección provincial en ningún distrito, su incidencia es nula en la elección nacional de octubre. Sin embargo, vuelvo a la diferencia sustancial entre ganar elecciones, que incluye hasta su previsible próxima reelección, y lograr el proyecto ideal de este nuevo experimento. Esa idea, que tampoco logró consolidar Menem en dos períodos de gobierno, que también fue reelecto y con un carisma místico pocas veces visto o Macri, con un ejército de equipos técnicos muy bien formados y un mandato completo, todavía está muy lejos de consolidarse en la Argentina.

El Gobierno libertario se asimila cada día que pasa a la “Casta” que sigue denostando. Arreglos espurios en el Congreso para evitar “ficha limpia”, corrupción en el PAMI, abandono de ideas libertarias reviviendo a Keynes para domar la inflación, destrucción de quienes hasta ayer compartían su proyecto priorizando la polarización con Cristina. Una peligrosa estrategia, basada en el odio que destruye diálogo, consensos y futuro compartido. En fin, mientras tanto, en el país de los ciegos, el tuerto es rey y lo será por mucho tiempo pero en minoría.

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