Dos películas en la misma pared
El Mundial se apagó, pero la crisis nunca se había ido: crónica del domingo en que la ilusión y el país real volvieron a jugar la misma final.
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
El silencio después de la final
Hay un silencio que aparece después de una derrota importante y que no se parece a la tristeza. Es más ancho, más frío: es vacío. Es la sensación física de haber estado a un paso de tocar algo enorme y de volver, de golpe, a la intemperie de siempre. El domingo 19 de julio, España le ganó a Argentina uno a cero en el alargue y se coronó campeona del mundo por segunda vez en dieciséis años. El dato es seco y verificable, y debería agotar la crónica en una línea. Pero no la agota. Porque una final no se juega para que después alguien nos explique, con estadísticas, por qué perder era razonable.
Argentina llegó a esa final y no era poco. Llegó con un equipo que sostuvo la ilusión durante cinco semanas, con un Messi de treinta y nueve años jugando quizá su última gran batalla mundialista, y con un país entero que —aun sospechando que el partido podía salir mal— se permitió creer. España fue superior; eso también hay que decirlo, y lo diremos más de una vez en estas líneas, porque es la parte incómoda de la historia. Fue fiel a una idea de juego que no traicionó ni siquiera en el mal trago inicial ante Cabo Verde. La derrota duele porque el fútbol argentino no se conforma con participar, y esa exigencia, lejos de ser una enfermedad, ha sido durante décadas una de las pocas formas de ambición colectiva que todavía nos quedan.
El catálogo del reproche
Pero esta vez hubo algo más. La prensa internacional aprovechó la caída para desplegar su catálogo habitual: argentinos soberbios, maleducados, incapaces de perder. Como si una disputa al borde del campo, un gesto de bronca o una mala reacción al final habilitaran a convertir a un país entero en caricatura moral. Es curioso, a las potencias se les perdona la arrogancia como si fuera carácter; a los argentinos se nos reprocha hasta el orgullo de haber llegado.
No se trata de justificar lo injustificable. Si hubo jugadores que se excedieron, corresponde decirlo, porque la derrota también mide el carácter. Pero una cosa es pedir autocrítica y otra muy distinta es disfrutar del castigo. Hubo, en buena parte de la cobertura mundial, una satisfacción apenas disimulada por ver caer al campeón de 2022, al equipo de Messi, a ese país incómodo que, aun con todas sus crisis, conserva la insolencia de creer que puede competir con cualquiera. Y esa insolencia es lo último que deberíamos entregar.
Nadie pierde solo
Ahora bien, casi antes de que el árbitro esloveno Slavko Vinčić terminara de pitar el final, empezó a jugarse el segundo partido: el que no se disputa en el césped sino en los teléfonos. Circuló en las redes la certeza de que algo distinto había ocurrido bajo la superficie del resultado. Una orden, un apriete, una pelota con chip, un árbitro amenazado, un acuerdo firmado en algún despacho de Zúrich para que la Argentina no repitiera título. La final futbolística duró noventa y tantos minutos. La final imaginaria, la que se juega en el terreno de la sospecha, todavía no terminó.
Los hechos, desarmados con paciencia y no con el machete de la indignación, son estos. En la semifinal ante Inglaterra, un grupo de jugadores desplegó sobre el césped una bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas». La FIFA, que había prohibido ese tipo de consignas, abrió una investigación disciplinaria; el Reino Unido reclamó una pesquisa exhaustiva. Los especialistas en derecho deportivo coincidieron en que cualquier sanción, de producirse, sería económica o administrativa y en ningún caso podía derivar en pérdida de puntos ni descalificación. El reglamento no contempla ese mecanismo. Eso no impidió que, apenas caído el resultado, un audio atribuido a Claudio Tapia mencionando una sanción de diez años circulara como si fuera evidencia forense.
El relato conspirativo tiene una arquitectura casi elegante. Primero se instala la amenaza, después, el castigo posible y finalmente, cuando el resultado no coincide con el deseo, esos dos elementos verdaderos en su origen se sueldan para explicar lo inexplicable: que el vigente campeón perdiera una final jugando mal. Hay algo cierto y es irrefutable. Argentina jugó mal. Ese es, probablemente, el dato que menos circula, porque no tiene la textura narrativa de la conspiración. Un equipo que erra pases es una anécdota deportiva. Un equipo al que «le robaron» el título es una épica.
Con esto, nadie piense que estoy realizando una defensa acrítica de la FIFA. Que no haya evidencia de un arreglo no vuelve inmaculado al fútbol de elite. El punto no es negar la posibilidad en abstracto, sino que afirmarla en este caso concreto exige algo más que un audio sin origen, un video descontextualizado y la necesidad emocional de que la Selección no haya, simplemente, jugado mal.
La misma gramática
En realidad, la pregunta que importa no es si la FIFA arregló la final, sino por qué una sociedad entera prefiere en 2026 la hipótesis del complot a la hipótesis de la derrota simple. El complot es, paradójicamente, reconfortante: convierte a la víctima en protagonista de una trama mayor, la saca del llano de lo contingente y la instala en el escenario de lo histórico. No perdimos: nos quitaron. La derrota humilla; el complot dignifica.
Se suponía que un mes de fútbol funcionaría como anestesia colectiva, y en cambio la lógica del pensamiento conspirativo que domina nuestra conversación pública migró sin fricción del tablero de la política al campo de juego. No hubo tregua: hubo continuidad. El mismo reflejo que explica una derrota electoral por fraude, o una crisis económica por sabotaje externo, explicó ahora una final perdida por conspiración. No es que el fútbol se haya contaminado de política. Es que ambos comparten hoy la misma gramática: si algo malo ocurre, alguien poderoso lo decidió así.
Mañana vuelve el país real
Hoy, ya se acabaron los partidos, las cábalas, las noches pendientes de una pantalla. Se apagó esa pausa colectiva que nos permitió, durante cinco semanas, poner la atención en algo que no fueran las cuentas, el trabajo que falta, los precios que suben, los jubilados que no llegan, las rutas rotas, las economías regionales asfixiadas. El Mundial fue, también, un ilusionismo: hermoso, necesario, profundamente humano. Durante un mes y medio sentimos que había una causa común, una camiseta que nos ponía del mismo lado y un destino que se podía disputar hasta el último minuto. No es poca cosa en un país partido en mil fragmentos, donde cada argentino parece obligado a salvarse solo.
Pero sería fácil, y falso, caer en el lugar común del «se terminó la fiesta, volvemos a la crisis». Lo cierto es que la fiesta nunca suspendió la crisis. No fue una tregua: fue una superposición. Dos películas proyectándose al mismo tiempo sobre la misma pared, y la otra nunca dejó de correr.
Mañana vuelve el país real. El del comerciante que no sabe si podrá reponer mercadería. El del trabajador que hace cuentas antes de cargar nafta. El del productor que mira el clima, los costos y los impuestos antes que la tabla de posiciones. El de los jóvenes que ya no discuten cómo transformar la Argentina, sino cómo irse de ella. El de las provincias que miran desde lejos cómo las decisiones se toman en Buenos Aires y las consecuencias se pagan en cada pueblo del interior. Mientras todavía dura el duelo futbolero, la Argentina ya reactivó el ajedrez electoral: no va a tardar cinco semanas en volver a discutir 2027; va a tardar, como mucho, cinco días.
A un córner de la gloria
Hay un detalle que se parece demasiado a un símbolo. Esta es la tercera vez en la historia que Argentina pierde una final del mundo por el mismo marcador exacto: uno a cero. Tres derrotas mínimas, tres finales decididas por un solo gol, tres veces a un córner de distancia de la gloria. Casi una lectura mística de lo que le sucede a este país frente a sus propios objetivos colectivos: siempre cerca, siempre compitiendo de igual a igual hasta el final y, sin embargo, sin la solidez adicional que hace falta en el último tramo. Podría decirse lo mismo de nuestra historia económica de las últimas cinco décadas: siempre a un ajuste de distancia de la estabilidad, siempre a una reforma de distancia del desarrollo sostenido, siempre jugando el partido entero para perderlo por el margen más estrecho en el momento menos perdonable. La final se pierde en el detalle, no en el planteo general.
Quizá el sentimiento que nos deja este Mundial sea precisamente ése: no fracasamos por perder una final. Fracasamos cuando somos capaces de reunirnos, emocionarnos, sacrificarnos y creer durante cuarenta días por una pelota, pero no logramos exigir con la misma pasión un país que funcione para sus hijos. La selección nos recordó que se puede competir, resistir y llegar lejos incluso cuando las condiciones no son perfectas. Falta lo más difícil: trasladar esa convicción a la vida de todos los días, donde no hay árbitro esloveno al que culpar ni pelota con chip que explique el resultado.
El Mundial terminó. Y la Argentina, esa final interminable que jugamos todos los días, recién vuelve a empezar. La pregunta es si esta vez, cuando se disipe el humo, vamos a animarnos a mirar la otra película o si preferiremos, una vez más, seguir sin saber: porque la incertidumbre, bien administrada, resulta más habitable que la certeza de haber jugado mal nuestra propia final.
