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TEMA LIBRE: Florida y Boedo, arte y militancia
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«En los recitales nuestros se canta que Cerati se la come y que el Indio se la da, y en los de ellos al revés. Ahora, en serio, más allá de las rivalidades, estoy convencido de que mis enemigos no están entre los músicos, y que tengo muchos más puntos en común con los Soda Stereo que con el carnicero de la esquina…» INDIO SOLARI
Del debate ya pasaron cien años; tiempo y polvo se han ido acumulando sobre los protagonistas y sus eternas mesas de café. Pero como hablamos de escritores, personas que en sus obras trascienden y alguna vez nos alcanzan, no importa tanto. Hace poco había terminado la primera guerra mundial; corrían los años veinte del Siglo Veinte y un mundo nuevo se construía sobre las ruinas del orden anterior.
Si todo lo viejo estaba en cuestionamiento, entonces también la literatura debía interpelarse a sí misma.
EN EL RINCÓN AZUL
Ocupando mesa en La Richmond, confitería de Florida y Lavalle, Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo, Norah Lange, Raúl González Tuñón, Leopoldo Marechal, Raúl Scalabrini Ortiz, Xul Solar… Siguen las firmas.
La calle era cosmopolita y elegante, una ventana al mundo. A pocos metros del café se ubicaba la oficina del periódico Martín Fierro, del que llegaron a editar 45 números.
Aquí lo que se buscaba era derrumbar las estructuras literarias del siglo XIX. Nuevas métricas y nuevas rimas, o ausencia de ellas. Había congruencia con los movimientos de vanguardia europeos (el dadaísmo, el surrealismo), pero también una forma renovada de tradición, de búsqueda de una nueva literatura hispana parida aquí.
Frente a la impermeabilidad hipopotámica del “honorable público”.
Frente a la funeraria solemnidad del historiador y del catedrático, que
momifica cuanto toca.
Frente al recetario que inspira las elucubraciones de nuestros más “bellos”
Espíritus y a la afición al ANACRONISMO y al MIMETISMO que
demuestran.
Frente a la ridícula necesidad de fundamentar nuestro nacionalismo
Intelectual, hinchando valores falsos que al primer pinchazo se desinflan
como chanchitos.
Frente a la incapacidad de contemplar la vida sin escalar las estanterías de
las bibliotecas.
Y sobre todo, frente al pavoroso temor de equivocarse que paraliza el
mismo ímpetu de la juventud, más anquilosada que cualquier burócrata
jubilado:
“MARTÍN FIERRO” siente la necesidad imprescindible de definirse y de
llamar a cuantos sean capaces de percibir que nos hallamos en presencia
de una NUEVA sensibilidad y de una NUEVA comprensión, que, al
ponernos de acuerdo con nosotros mismos, nos descubre panoramas
insospechados y nuevos medios y formas de expresión.
“MARTÍN FIERRO” acepta las consecuencias y las responsabilidades de
localizarse, porque sabe que de ello depende su salud. Instruido de sus
antecedentes, de su anatomía, del meridiano en que camina: consulta el
barómetro, el calendario, antes de salir a la calle a vivirla con sus nervios
y con su mentalidad de hoy.
“MARTÍN FIERRO” sabe que “todo es nuevo bajo el sol” si todo se mira
con unas pupilas actuales y se expresa con un acento contemporáneo…
Sus manifiestos, como el de Oliverio Girondo transcripto parcialmente aquí, marcaban esa irreverencia, ese desafío a lo establecido. Eso sí: de la situación social imperante, ni pío.
Y EN EL RINCÓN ROJO
Se repite la ceremonia del café y el encuentro interminable pero en El Japonés y El Margot. El contexto es muy distinto: Boedo es un barrio popular, de calles oscuras e inquietas, de cafetines y laburantes.
Acá se reúnen Elías Castelnouvo, Leónidas Barletta, Álvaro Yunque, Roberto Mariani, Antonio Zamora, Abraham Vigo, César Tiempo… Y lo que se cuestiona es el orden social, las inequidades que subsisten o se acrecientan en el nuevo mundo en reconstrucción.
“…al referirnos a la práctica desplegada por el Grupo de Boedo, preferimos denominarla literatura militante de estilo realista y con un sentido pedagógico mediante el cual se considera el propio accionar cultural como una forma de participación política. …”
…Contra el arte desinteresado, contra el arte por el arte, Boedo levanta las banderas de una militancia cultural revolucionaria que le sirva a los explotados para comprender su verdadera condición. Contra la torre de marfil, la calle, contra el arte para minorías, el arte por y para el pueblo. En lugar de utilizar un lenguaje que no usa nadie para nada, Boedo elige un lenguaje que usan todos para todo. (BOEDO. Orígenes de una literatura militante. Historia del primer movimiento cultural de la izquierda argentina).
Las revistas Los Pensadores y Claridad (homónima de la Editorial Claridad, donde se imprimía) fueron sus órganos de difusión. Lejos de las búsquedas estéticas, cobijaron al pensamiento izquierdista “en todas sus manifestaciones” hasta el número 347, que se publicó en diciembre de 1941.
Planteadas así, las diferencias son irreconciliables. Pero cuando la cuestión estuvo viva había muchos puentes entre aquella Florida que ya era y esa Boedo que quería incluirnos a todos. Eran chicas y chicos de 25 años que compartían intereses, noche y bohemia; más de un escritor publicó en las dos revistas o se sentó a la misma mesa.
Jorge Luis Borges relativizó el tamaño de aquella grieta sugiriendo que en cierta forma nunca dejó de ser una broma (es justo saber, también, que todo acontecer solía generarle la misma actitud). Algo más, acerca de similitudes y diferencias entre pares, puede deducirse de las palabras de El Indio que encabezan esta nota.
El premio mayor en cuanto a escepticismo se lo lleva, sin embargo, el escritor español Ramón Gómez de la Serna, que agrupó a todos los escritores argentinos de aquella época en su genial “Grupo de Floredo”.
A un siglo de distancia, evaluando el mundo que nos rodea, las líneas fundamentales del debate retienen algún interés. Cómo lo escribo y para qué lo escribo siguen siendo, a lo mejor, preguntas todavía válidas.
Aquí dejamos el link del Archivo Histórico de Revistas Argentinas, buen disparador para el que quiera seguir formulándolas.


