Recuperación histórica: avanza el Astillero de Comodoro y proyecta más
Sobreactuar el enojo con la política. Fascismo político y cruzada de la Nación con las provincias. Serán las claves del éxito
¿Qué sucederá el 25 de mayo en Córdoba? ¿Habrá pacto o no? Sinceramente creo que no importa.
Milei nos tiene acostumbrados a triunfar siempre. Como destaca Tenembaum, si le sale bien, fue todo un éxito, pero si sale mal “refleja el poder de los enemigos del pueblo”. Con esa dialéctica Milei sobreestima sus posibilidades reales de llevar adelante una reforma de proporciones históricas de espaldas al resto del sistema político. Un verdadero fascismo político como bien lo sintetiza Julio Barbaro en boca de un libertario económico que se asume como poseedor único de la verdad. Solo insiste en que todos debemos coincidir con él para enterrar el pasado, pero sin intenciones de buscar consenso para ingresar al futuro. Casi una visión antiliberal. Raro, ¿no? Y qué parecido a Cristina.
Esta lógica es la que nos lleva a muchos a quitar trascendencia al “Pacto de mayo” dado que los que lo firmen serán muy bien vistos pero los que no “pobre de ellos”. Lo dijo Milei en su discurso inaugural. Los invito y contagio a que me sigan en la gran batalla cultural sino “conflicto tendrán”.
Milei sabe que hoy es el único dueño de la agenda de discusión pública. No hay otro que pueda modificarla por ahora, ni la oposición dialoguista que hace malabarismos para coincidir sin fundirse tras su personalidad o la oposición real que no le encuentra el agujero al mate. Es que Milei eligió perfectamente a su enemigo. Un enemigo visible para toda la sociedad que no es otra cosa que la clase política tradicional que ha venido gobernando muy mal la Argentina desde hace décadas. Este enemigo visible es lo que hoy denominamos todos “casta política” que indigna a la gran mayoría silenciosa de todos los argentinos y que ahora incorporó decididamente a todo el sindicalismo.
Para entender lo que nos pasa. Qué socava más la democracia: ¿Los tuits de Milei o la sospecha de acuerdo con lo que se destapa todos los días sobre una clase política organizada como un sistema liderado por inmorales que se hacen ricos y se hicieron ricos hace mucho tiempo?
Esta semana reapareció el periodista Carlos Pagni y como nos tiene acostumbrados siempre nos ofrece un punto de vista para observar la realidad política. Esta vez describió a Milei desde los liderazgos religiosos del antiguo testamento. Es un profeta o un rey. El profeta es quién nos señala lo que va a venir y hacia dónde vamos mientras que el rey es quién gobierna. Uno denuncia y corre el velo y el otro resuelve y debe mostrar resultados. El Milei de la campaña y triunfador de los comicios era el perfecto profeta, pero hoy está en la verdadera mutación a su nuevo liderazgo. Gobernar la Argentina eligiendo este estilo particular que tropieza con todo y con todos. La casta le teme y lo odia por igual. Su único sostén es el respaldo de los votos y la aceptación de la gente. Para ello necesita durar así al menos hasta el 25 de mayo. Por eso a mi juicio el pacto de mayo es un empréstito de tiempo esperando algún resultado que modifique un clima social y económico que comienza a deteriorarse. La sociedad está acompañando como nunca se ha visto en la Argentina de los últimos 40 años, pero todo tiene un límite de paciencia.
Esta semana se abre nuevamente el duelo entre la Nación y las provincias. Si bien la mayoría de las provincias han adherido a la idea del pacto de mayo por lo bajo todos se resisten a la idea de un pacto que no implica un diálogo sino un esquema de adhesión. Pero todos los gobernadores le temen y lo odian por igual a Milei. Todos saben que hay cosas muy difíciles de conseguir. La primera, un nuevo acuerdo de coparticipación federal y lo segundo coincidir en la reducción del gasto a un 25 % del PBI entre nación, provincia y municipios, salvo como veremos que todas las provincias coincidan y dejen sin recursos a la Nación. La tercera, recibir más dinero de coparticipación a cambio de nada. Ya veremos porqué.
Desde 1994 por mandato de la nueva Constitución el Congreso debía convocar el tratamiento de un nuevo régimen de coparticipación federal bajo el formato de un convenio marco de las 24 jurisdicciones con absoluta unanimidad. Ello implica cumplir dos objetivos casi imposibles. El primero, la coordinación fiscal y el segundo, más difícil aún, ponerse de acuerdo en la distribución. Nótese que el acuerdo es entre provincias y no entre provincias con la Nación.
La historia del federalismo argentino al menos desde 1934 en adelante nos muestra una discusión donde la Nación se lleva la ardua e insalubre tarea de recaudar y las provincias la grata acción de gastar sin cuidar los recursos que recibe por mecanismos indirectos. Sin embargo, la verdad es que la culpable de esta discusión interminable es la Nación y no las provincias. Esta no es una discusión entre unitarios y federales y menos aún una disputa entre Buenos Aires y el Interior. La discusión no es una disputa ideológica sino como repartirse los ingresos para solventar una estructura pública sobre dimensionada por todos por igual pero donde la Nación fue la que rompió el delicado equilibrio de 1860.
Hasta 1934 no existía coparticipación federal en la Argentina. No existía en la Constitución de 1853, ni en la de 1860 y 1866 ni en ninguna otra hasta 1994.
Luego de la incorporación de Buenos Aires a partir del Pacto de San José de Flores quedó claro con las reformas constitucionales que “los derechos de exportación no son coparticipables”. Lógico, ingresaba Buenos Aires a la Confederación y no quería compartir los preciados ingresos. De este modo la Nación se financiaba de los impuestos aduaneros a las importaciones y exportaciones y las provincias con la recaudación de los impuestos indirectos que fijaban y que ellas recaudaban. Sin embargo, el art. 4 de la Constitución Nacional permitía que el Tesoro nacional se financiara con las demás contribuciones que imponga el Congreso.
La crisis de la década del 30 dejó al gobierno nacional casi sin fuente de recaudación y la primera ruptura del equilibrio existente desde 1853 hasta 1930 vino de la mano de la creación de dos impuestos. El primero, transitorio, fue el impuesto a los réditos (actual impuesto a las ganancias) y el impuesto a los consumos (actual IVA). Ambos unificaron todos los impuestos internos y por Ley 12.147 se creó la coparticipación de la recaudación unificada de la Nación. A partir de ese momento comenzó esta discusión interminable:
- 1935: La Nación recibe el 82% y las provincias el 17,5%
- 1946: Las provincias aumentan su coparticipación al 21%.
- 1951: Nuevamente las provincias aumentan la coparticipación al 51%.
- 1963: Una nueva ley destina 58% a la Nación y 36% a las provincias.
- 1973: La ley 20.221 reparte 50% a la Nación y 50% a las provincias que a su vez se reparten un 65% de acuerdo a la población, un 25% de acuerdo a la brecha en el desarrollo provincial y 10% por dispersión poblacional.
- 1988: La ley 23.548 le asigna a la Nación el 42,3 % y 54% a las provincias, dejando un 2% para recuperación de desarrollo de provincias retrasadas y 1% para adelantos del tesoro nacional.
- Y sigue la lista de pactos fiscales y sucesivas reformas posteriores incluidos fondos creados por decretos del gobierno nacional.
Volvamos a los dos objetivos centrales que implicaría un nuevo acuerdo sobre coparticipación: a) coordinación fiscal y b) criterio de distribución. Y todo esto por UNANIMIDAD. Salvo que todas las provincias se pongan de acuerdo de dejar sin recursos al gobierno federal por unanimidad y recuperen la coordinación fiscal lo cual sería imposible.
No olvidemos que la casta teme a Milei tanto como lo odia y el 25 de mayo todavía está muy lejos. Todo esto evoluciona por horas, ni siquiera por día o por semana. Todo es precario y sostenido por miedo, odio o espanto. El diálogo se declama, pero está ausente hoy en la política. Siento que existen las mismas probabilidades que todo esto sea exitoso como desastroso y por primera vez, no sé de qué y de quienes depende.
La trampa de la coparticipación previamente tiene otra peor que es la trampa del gasto público y los gobernadores saben que Milei es su peor verdugo, que provoca las mismas dosis de miedo que de odio. El los incluyó a todos en la “casta” y los trató de “degenerados fiscales”. Todos ellos saben que Milei no se traga las medidas de ajuste de las provincias que se amparan en la necesidad de mantener un horizonte productivo cuando todas ellas lo único que han hecho es agrandar su gasto público ineficiente. Salvo honrosas excepciones, a ninguna provincia le importó ni su desarrollo ni su producción. Ni siquiera les han preocupado sus habitantes ni su infraestructura: caminos transitables, rutas seguras, energía en cada rincón provincial, agua potable, cloacas en todos lados, escuelas que funcionen todos los días, justicias accesibles para sus justiciables, conectividad, seguridad ciudadana, salud digna, etc, etc, etc. Por el contrario, solo pensaron en empleo público clientelar, jubilaciones provinciales sin control, gasto improductivo por todos lados. Milei lo sabe y también los argentinos que lo votaron.
En fin, nadie es bueno. Solo que todavía ese alguien no tuvo la oportunidad de ser malo, pero para eso debemos esperar un poco. Mientras tanto tememos con la misma fuerza que odiamos. No nos queda otra.