Sirven para algo los paros generales: ¿una actitud aburrida, pero sobre todo vieja?
¿Cuantos recuerdan, aquellos “paros generales” convocados por la CGT en Argentina que hacían temblar a cualquier gobierno?
¿Cuántos de todos nosotros adherimos, hoy, a un “paro general” convocado por los sindicatos en Argentina porque coincidimos y apoyamos a sus reclamos?
¿Qué trascendencia social y política tiene hoy un “paro general”, aún en el supuesto que sea exitoso?
Y, por último, ¿que significa un “paro general exitoso”?
Posiblemente la respuesta a estos cuatro interrogantes, no le guste a ningún dirigente sindical de la Argentina. En primer lugar, los viejos que recuerdan estas formas de protesta hoy ya no trabajan. En segundo lugar, los pocos que hoy adhieren, simplemente lo toman como un feriado porque no pudieron concurrir a trabajar por falta de transporte o miedo por algún desorden callejero. Por último, ningún gobierno actual, teme o modifica su política por este tipo de protesta. Ello implica que, lejos de ser exitosos, los paros son un fracaso sencillamente porque “no modifican nada”. Evidentemente esta síntesis apretada desemboca en un análisis sumamente aburrido, pero sobre todo viejo y vetusto. Tan viejo como la edad de los principales dirigentes sindicales de nuestro país.
Los paros generales y nacionales han sido una de las principales formas de protesta de los trabajadores en Argentina y en todo el mundo, sin embargo, todo es historia vieja. Las modificaciones en el mundo laboral han disminuido su impacto casi hasta hacer desaparecer su sentido. Para ser claros: ningún titular de ningún diario de todo el mundo, en los últimos 30 años, destacó a un paro general como noticia de impacto político y social. ¿Porqué debería serlo hoy en la Argentina?
Frente a la explicación sindical que justifica una medida de esta magnitud, en defensa de los derechos laborales, la jubilación, las paritarias libres, se enfrentan las respuestas más comunes de cualquier trabajador precarizado: “¿Qué derechos me van a sacar si yo no tengo nada de eso?”
La respuesta implica sin duda una cuestión mucho más profunda y objetiva. Los trabajadores sufren una crisis de representación, porque ya no se sienten parte de un sector social con una misión histórica como pregonaba el Peronismo a principios del siglo XX. Ya no existen más “los obreros” y mucho menos, la clase trabajadora, que hace rato dejó de ser un ejército industrial fuertemente disciplinado, organizado en el trabajo común y representado detrás de sus organizaciones gremiales. Todo esto no es malo, es viejo.
Los sindicatos, que agrupaban a la inmensa mayoría de la fuerza laboral, hoy sólo contienen a una pequeña fracción. En Argentina, por ejemplo, en el 2018 sólo el 38% de los empleados del sector privado estaban sindicalizados. Hay que tener en cuenta que el 40% del empleo es informal en nuestro país, lo que hace que ese 38% significa que solo 1 de cada 4 trabajadores está sindicalizado. Y eso que somos el segundo país en tasa de sindicalización en Sudamérica, solo después de Uruguay. En Brasil, 1 de cada 10 trabajadores están sindicalizados, tendencia que es igual en el mundo entero.
El impacto del sindicalismo en la vida social y política ha disminuido considerablemente a partir de la desindustrialización en occidente, lo que plantea interrogantes sobre el futuro de la huelga general como mecanismo de presión social. Aquello que era la más poderosa amenaza del proletariado, hoy no puede siquiera competir con una reacción en redes sociales.
Simplemente nuestras sociedades han cambiado. El sindicalismo nació en la Europa del siglo XIX tras la revolución industrial con el impulso de las fábricas, que se multiplicaban y crecían en los centros urbanos, planteando nuevos desafíos políticos y sociales a los habitantes de entonces, hoy vivimos un proceso de desindustrialización.
Otro dato de color es que particularmente desde la vuelta de la democracia, los sindicatos peronistas se han vuelto prácticamente un apéndice del Partido Justicialista. Podemos decir que cuando el justicialismo perdía las elecciones, la mayoría de los políticos del PJ eran sostenidos por los sindicatos, que los mantenían con los recursos de las obras sociales. La CGT ha sido siempre más dura con gobiernos no peronistas. Desde la vuelta de la democracia, de 46 huelgas generales en estos casi 41 años, sólo 16 fueron durante los gobiernos peronistas.
Las transformaciones estructurales en el trabajo, como la automatización, el teletrabajo y la expansión del empleo informal están cambiando la forma en que los trabajadores se organizan y protestan.
Los sindicatos en Argentina todavía tienen peso en sectores formales, aunque cada vez menos, pero su representación ha caído en términos generales debido al aumento de la informalidad laboral. Para entender mejor el fenómeno:
• Tasa de sindicalización: se estima que entre el 35% y el 40% de los trabajadores formales están afiliados a un sindicato. La cobertura de convenios colectivos es mayor, ya que también beneficia a no afiliados.
• Trabajo informal: según el INDEC, cerca del 45% de los trabajadores ocupados son informales (sin aportes jubilatorios ni derechos laborales). Estos trabajadores están completamente fuera del alcance de la representación sindical tradicional.
• Crecimiento del empleo independiente: cada vez más trabajadores son monotributistas, freelancers o empleados bajo contratos precarios, lo que dificulta la representación sindical.
¿Qué significa esto?
• Los sindicatos siguen siendo fuertes en sectores formales (industria, transporte, servicios públicos), pero tienen poco alcance sobre la mitad de la economía que opera en la informalidad.
• La CGT y las centrales sindicales han perdido peso relativo, porque representan a una porción menor del total de trabajadores.
• Los nuevos modelos laborales desafían la representación tradicional, obligando a los sindicatos a adaptarse o perder relevancia.
En resumen, los sindicatos en Argentina siguen siendo actores clave, pero su capacidad de representar al conjunto de los trabajadores está limitada por la creciente informalidad y precarización laboral. Esta es la verdadera y principal razón de porqué los paros generales de la CGT en la Argentina actual tienen un impacto relativo o casi irrelevante, dependiendo de la coyuntura política y económica.
Dicho esto, ¿en qué sentido “sirven”?
En primer lugar, no dejan de ser una “expresión de descontento”: un paro general sigue siendo una señal de fuerza del sindicalismo y una forma de marcarle límites al Gobierno. En un país con tradición de protesta gremial, un paro puede influir en la agenda política.
En segundo lugar, son una herramienta “para negociar”: muchas veces, el paro no busca una victoria inmediata, sino presionar al Gobierno para abrir una mesa de negociación. La CGT sigue teniendo poder en sectores clave (transporte, servicios públicos, industria). Esto último parece no ocurrir en la era Milei.
En tercer lugar, miden el clima social: la adhesión a un paro es un termómetro de la conflictividad. Si es masivo, demuestra que el malestar es alto y puede afectar la estabilidad política. Cosa que para nada ocurrió esta semana.
¿Ahora bien, porqué “no sirven”?
En primer lugar, porque no garantizan cambios inmediatos: En gobiernos como el de Milei, que busca confrontar con el sindicalismo, un paro puede reforzar su discurso en vez de debilitarlo.
En segundo lugar, porque puede volverse en contra, si son aislados: ¿quién se acuerda de los paros anteriores de la CGT contra Milei? ¿Acaso tuvieron alguna repercusión? Un solo paro sin continuidad o sin un plan de lucha más amplio puede no generar un impacto real. Precisamente el éxito del paro no es la mayor o menos adhesión, sino la posibilidad de desembocar en un cambio o negociación.
En resumen, los paros generales podrán seguir considerándose una herramienta de presión, pero su efectividad es prácticamente irrelevante. Ya nadie se asusta, su incidencia en la economía es prácticamente nula y solo provoca una reacción del Gobierno y la sociedad absolutamente adversa. Con este pronóstico, es evidente que los muchachos deben pensar en otra cosa.
Solo diré para terminar que, además, mis amigos sindicalistas tuvieron mala suerte. Frente al episodio bochornoso, ridículo y peligroso de la guerra comercial desatada por Donald Trump, frente a la ruptura estruendosa del Peronismo en la provincia de Buenos Aires y frente al verdadero problema que debe despejar la Argentina, de definir un nuevo régimen cambiario después del acuerdo con el FMI, ¿a quién le importa lo que hagan un puñado de sindicalistas que eligieron mal la fecha para sus reclamos a través de una metodología vieja que ya nadie utiliza? En fin, muchas cosas para reflexionar.