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 «Roban, pero hacen»: La paradoja moral de la democracia argentina
Columnistas Sergio Mammarelli

«Roban, pero hacen»: La paradoja moral de la democracia argentina

29 junio, 2025


Por: Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

El espectáculo de las últimas semanas, con la condena firme de Cristina, su prisión domiciliaria y luego con la movilización del Peronismo a Plaza de Mayo, esconde detrás una de las frases más elocuentes de lo que nos pasa a los argentinos. Hay frases que condensan más que cualquier tratado de ciencia política a la hora de definir nuestros principales problemas. «Roban, pero hacen«, que no es sólo una sentencia popular sino un veredicto colectivo, repetido con resignación o pragmatismo que nos muestra el síntoma de una democracia en crisis donde la ética pública se diluye en la lógica de la supervivencia cotidiana.

Hoy, con Cristina Kirchner condenada y detenida por corrupción, la frase revive con fuerza. Y con ella, una pregunta de fondo: ¿qué nos pasa a los argentinos que seguimos tolerando, justificando o ignorando la corrupción si a cambio se construyen hospitales, se entregan subsidios o se garantiza un plato de comida o a cambio ahora de estabilidad fiscal y baja de la inflación?

¿Desde cuándo toleramos la corrupción si hay eficacia?

Como siempre hago, la historia es un refugio de respuestas. ¿Hasta dónde se remonta la raíz de nuestra frase popular?

Por poner un comienzo arbitrario, ya en tiempos de Juan Manuel de Rosas, los relatos de opositores señalaban manejos arbitrarios del tesoro público, clientelismo brutal y represión selectiva. Sin embargo, una parte importante del pueblo lo veneraba por garantizar el orden, proteger la economía ganadera y resistir a los “unitarios entreguistas”. Sin duda, el pobre Don Juan Manuel fue el primer perseguido como “casta” por el Mileísmo de la época.

Sin embargo, los liberales también tuvieron sus “trapitos sucios”. Durante el gobierno de Julio Argentino Roca, en pleno auge del “orden y progreso”, se consolidó un modelo de modernización estatal apoyado en prácticas clientelares, negociados con empresas británicas y manejo opaco del Estado. La compra de armas, la construcción del ferrocarril y la deuda externa estuvieron plagadas de sobreprecios y comisiones ocultas. Pero se “hacía país”, se fundaban escuelas, se tendían redes ferroviarias. ¿Importaba tanto cómo se hacía?

La Década Infame (1930–1943) fue también una usina de corrupción sistémica: fraude electoral, negociados petroleros, enriquecimiento ilícito. Pero, como lo retrató Scalabrini Ortiz, los beneficiarios del sistema eran tanto oligarcas como sectores populares que accedían a algún trabajo, algún favor o alguna prebenda.

Y, si quiero ser justo, tampoco se salvó Perón en la construcción del mito popular. Si bien fue el gran hacedor de una legitimidad masiva y más que popular, tuvo también que convivir con denuncias por desvío de fondos de la Fundación Eva Perón, manipulación de licitaciones públicas y persecución a quienes investigaban. La legitimidad popular era tan fuerte que cualquier crítica se interpretaba como antipopular.

“Roban, pero hacen”, ¿una cultura política transversal?

Hasta acá la historia más lejana de nuestra Patria parece consolidar una idea que atravesó transversalmente toda la política desde 1810 en adelante.

Por fin, la dictadura militar del 76 se instaló con la promesa de acabar con la corrupción del Estado y acabar con el mito popular. Sin embargo, como lo documentó el informe de la CONADEP económica —menos conocido que el de los derechos humanos—, la estructura empresarial y militar usufructuó subsidios, estatizaciones de deuda y saqueo del aparato productivo. Lo que robaban no lo veíamos, porque no era cloaca ni escuela, era bicicleta financiera.

En nuestro nuevo reencuentro con la democracia desde 1983, Carlos Menem llevó la frase al paroxismo. Privatizaciones opacas, enriquecimiento inexplicable, bolsas con dinero en la Casa de Gobierno, y sin embargo… rutas, autos, celulares, convertibilidad y viajes a Miami. El voto menemista se sostenía incluso en las villas, porque “el Carlos te da”. Nunca la frase “roban, pero hacen” tuvo más sentido que en los ’90.

Con los Kirchner, la maquinaria de obra pública convivió con un sistema de retorno institucionalizado, tal como mostraron los bolsos de López, los cuadernos, Báez, Ciccone, Hotesur y tantas causas que hoy tienen sentencia firme o avanzan a paso de tortuga judicial. Pero también hubo AUH, jubilaciones, YPF, satélites y un relato potente sobre “el Estado presente”.

Con Macri, la promesa de transparencia chocó con Panamá Papers, Correo Argentino, parques eólicos, Avianca y el blanqueo de familiares. La corrupción parecía más sofisticada, menos obscena. Pero ahí también muchos repetían: “por lo menos no chorean como los otros”, aunque choreaban igual, solo que en dólares y con corbata.

¿Y qué pasa con Milei y su moralina del ajustador anti casta?

Con Javier Milei, la narrativa cambió. El enemigo ya no es la corrupción sino “la casta”. Pero esa casta incluye jueces cómplices, funcionarios heredados y empresarios amigos. Mientras tanto, se multiplican los negocios oscuros con compras del Estado, designaciones discrecionales y una tolerancia enorme con corruptos funcionales. Pero se baja la inflación, se ajusta el gasto, se exhibe una “decencia libertaria”. ¿Será la nueva versión del “hacen, aunque mientan”?

¿Qué nos pasa a los argentinos?

Evidentemente, la corrupción no nos indigna si es acompañada de eficacia o distribución. Preferimos al corrupto que nos incluye antes que al honesto que nos ajusta. Que robe, sí, pero que nos deje algo. Y en el fondo, en realidad sentimos que el sistema siempre nos roba a todos, entonces votamos al ladrón que al menos “es de los nuestros”.

Así, la democracia argentina se va transformando en una democracia moralmente esquizofrénica. Mientras tanto, la frase “roban, pero hacen” se imprime en la conciencia colectiva como si fuera un axioma inevitable. Como si resignarse a la trampa fuera más tolerable que vivir en la incertidumbre de la honestidad sin resultados.

En 1810 discutíamos si éramos súbditos o nos convertiríamos en ciudadanos. Hoy discutimos si preferimos ladrones carismáticos o ajustadores mesiánicos. La paradoja es total: Cristina, condenada, sigue teniendo una base leal; Macri, con su prontuario, aún se vende como adalid republicano; y Milei, sin estructura, acumula poder.  Quizá el problema no sean los que roban, sino los que votamos sabiendo, transformando nuestra democracia en una ficción cínica. “Nunca el problema lo tiene el chancho, sino quién le da de comer”.

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