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 Reforma laboral: cuidado que el marketing suplante a la razón
Columnistas Sergio Mammarelli

Reforma laboral: cuidado que el marketing suplante a la razón

9 noviembre, 2025

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Comenzaría el artículo de esta semana con una advertencia que merece detenernos a pensar:

¿Estamos acaso por convalidar una reforma laboral que ya ocurrió, pero sin pasar por el Congreso?

Cada vez que alguien pronuncia “reforma laboral”, el país entra en trance: los gremios golpean bombos para defender sus privilegios, las pymes rezan para que ocurra, los políticos simulan negociar el futuro… y, al final, nada cambia. Pero afuera, en el mundo real, la reforma laboral ya ocurrió y de la peor manera. No la hizo el Congreso ni el Ejecutivo: la hizo el mercado, sin permiso ni plan. Una reforma de facto, impulsada por la informalidad, los monotributos truchos, las “altas y bajas” estratégicas y las empresas de temporada.

Hoy, el 42% de los trabajadores está en negro: ocho millones de personas sin cobertura, sin aportes, sin derechos. Se generan 125 mil juicios laborales por año y el Estado pierde más de cuatro mil millones de dólares en recaudación. Mientras tanto, el empresario formal compite contra quien evade, y el trabajador descubre —tarde— que ser “autónomo” no le cubre ni un infortunio.

¿Cómo llegamos hasta acá? Con un trípode inamovible desde hace por lo menos medio siglo:

  • Una Ley de Contrato de Trabajo pensada para un país industrial que ya no existe, con una rigidez que eleva el costo laboral a niveles imposibles para micro y pequeñas empresas.
  • Convenios colectivos nacionales que ignoran las diferencias entre una pyme y una multinacional, fijando condiciones homogéneas sin importar si se trata de un gigante exportador o una panadería de barrio.
  • La ultraactividad, que mantiene vivas cláusulas de hace cincuenta años, imposibles de discutir o ser modificadas.

El resultado está a la vista: un manual perfecto para empujar a las empresas hacia la informalidad. Porque si cumplir la ley arruina, la evasión se convierte en la regla no escrita del sistema.

Hasta aquí, cualquiera podría suponer que coincido con lo que viene anunciando el gobierno de Milei. Sin embargo —para sorpresa de muchos—, ocurre exactamente lo contrario.

Hoy, como tantas veces, vuelve el fantasma de la reforma a instalarse en la discusión política. Y la pregunta incómoda es: ¿qué vamos a hacer esta vez?
Ojalá tengamos el coraje de hacerla bien: dentro de la ley, completa y sistemática. Porque si lo que queremos es “precarización”, la respuesta honesta sería: “No hace falta. Ya la tenemos. Solo que no está escrita en ninguna parte… salvo en la calle, que la hizo gratis, sin debate y en ilegalidad durante los últimos cincuenta años.”

Precarización no es sinónimo de competitividad ni de empleo

En los últimos meses, la discusión fue capturada por un tono de urgencia electoral y una retórica mágica que promete que la flexibilización del empleo traerá inversión, crecimiento y trabajo. La respuesta rápida, un verso total.

La Argentina necesita revisar profundamente su marco laboral —eso lo admite todo el arco político y productivo, incluso parte del sindicalismo—. Pero revisar no significa coincidir en todo. Ni en los temas ni en las soluciones. Por eso, la palabra clave de este proceso no puede ser otra que consenso y diálogo entre los sectores productivos, laborales y el Estado. Si eso no ocurre, desequilibrando la balanza, todo terminará en fracaso.

Porque el trabajo no es una variable de ajuste.

Cuando hablamos de “ajustar el trabajo”, hablamos de nosotros mismos: de nuestros hijos, de nuestros amigos, de nuestras familias, de nuestras ciudades, de nuestro país. Por eso, cualquier reforma que se proponga modificarlo debe nacer del diálogo social, de la evidencia y del conocimiento comparado. No de un eslogan de campaña ni de un cálculo fiscal.

La falacia de la competitividad por precarización

Se repite, con una insistencia digna de mantra, que la rigidez laboral es la causa del desempleo y que la flexibilización será su cura. La evidencia histórica y comparada lo desmiente rotundamente.

Ni China ni la Unión Europea han construido su competitividad sobre la base de la precariedad laboral. Ambos modelos —con diferencias ideológicas abismales— coinciden en algo esencial: la estabilidad y la formalidad del trabajo son condiciones del desarrollo, no obstáculos.

China, a menudo caricaturizada como un infierno fabril, tiene una de las legislaciones laborales más estrictas del mundo en la letra de la ley.

Europa, por su parte, ha sostenido un modelo de armonización con protección. Y, sin embargo, sigue siendo potencia industrial y tecnológica, con productividad superior a la de muchos países que pregonan la “libertad empresarial” sin red de protección.
Estados Unidos, paradigma del empleo at will, ofrece el contraste: flexibilidad extrema, sí, pero su competitividad se sostiene en innovación, inversión de riesgo y escala de mercado, no en la fragilidad de sus trabajadores.

La conclusión es clara: la precarización no crea empleo; lo destruye en su dimensión más valiosa: la estabilidad, el sentido y la confianza.

Modernizar sin desmantelar

La Argentina necesita modernizar su marco laboral, pero no para volver al siglo XIX, sino para entrar —de una vez— en el XXI.

La reforma debería apuntar a desmontar ese triángulo de hierro que describí antes, pero adaptándolo al nuevo ecosistema productivo: plataformas digitales, agroindustria tecnificada, servicios basados en el conocimiento, pequeñas unidades flexibles, etcétera.

Eso implica también adecuar el modelo sindical y de representación, junto con un proceso de diálogo colectivo entre capital y trabajo, para construir —por fin— un nuevo contrato social del trabajo.

Modernizar no es sinónimo de desregular.

Una reforma sensata debe combinar innovación productiva con tutela social, flexibilidad con seguridad, productividad con justicia.

La reforma que hoy se discute, al convertir los convenios colectivos en “marcos máximos”, ampliar los períodos de prueba o fraccionar las indemnizaciones, no parece buscar ese equilibrio: apunta, más bien, a debilitar los instrumentos de protección en nombre de una supuesta competitividad que nunca llega —ni llegará—.

Cuando la política económica confunde “costo laboral” con “costo empresario”, el país se empobrece dos veces: en justicia y en talento.
Los trabajadores no son un pasivo contable; son la infraestructura viva del desarrollo.

El riesgo del marketing legislativo

El problema de fondo no es solo técnico: es político y cultural.
Se presenta la reforma como una llave mágica para resolver el desempleo, cuando las causas estructurales del estancamiento argentino son otras: presión impositiva desmedida, baja productividad, infraestructura deficiente, inestabilidad macroeconómica, desinversión en educación y tecnología.
Nada de eso se soluciona pagando menos, trabajando más que en cualquier otro país, despidiendo sin costo o dejando al trabajador sin salud ni jubilación.

Una reforma laboral concebida como campaña publicitaria se convierte en una trampa discursiva.

Ningún país ha crecido degradando el trabajo.
Y ninguna inversión es duradera sin previsibilidad, sin normas claras y sin justicia social.

Los capitales no buscan libertad para despedir; buscan estabilidad para producir.

Competitividad real: productividad, conocimiento y cooperación

La verdadera competitividad no surge de flexibilizar contratos, sino de fortalecer la base productiva, educativa y tecnológica.

Europa y China lo demostraron: un Estado que invierte en ciencia, infraestructura y formación laboral puede sostener altos estándares de protección sin perder eficiencia.

La Argentina tiene, en este sentido, reformas mucho más urgentes que la laboral: la tributaria, educativa, tecnológica, logística y de crédito productivo.
Sin esos pilares, cualquier flexibilización será apenas un espejismo.

A manera de conclusión: el trabajo como pacto civilizatorio

La legislación laboral no es una carga: es una conquista civilizatoria.
Fue el instrumento que equilibró la fuerza del capital con la dignidad del trabajo.
Desmantelarla en nombre del mercado equivale a desandar un siglo de progreso jurídico y social.

El desafío no es elegir entre modernización o protección, sino diseñar una síntesis inteligente: un nuevo contrato social del trabajo argentino, que articule competitividad, innovación y justicia.

En próximos editoriales, intentaré desgranar una reforma posible y necesaria, que nos acerque a consensos amplios y que atraviese transversalmente nuestro modelo laboral. Comenzando con las modificaciones en el modelo de representación sindical argentino, siguiendo con nuevas formas de negociación colectiva entre trabajadores y empleadores, hasta arribar a una visión moderna del contrato social del trabajo que sea competitivo, innovador y equitativo.
Y, por último, pensar en los aspectos sociales: salud, protección frente a accidentes, compensación ante la muerte o la vejez.

Si el gobierno decide convertir esa tarea en un eslogan, la historia —y no solo los tribunales— le recordará que ningún país se desarrolló precarizando a su gente.
Una reforma discutida vale mucho más que una reforma impuesta.
Y no hay modernización posible sin diálogo entre quienes producen y quienes trabajan. Por eso, el consenso es la única base legítima de una reforma; la adhesión sin condiciones es su negación y su fracaso.

Pensemos por un instante en lo que viene en los próximos diez años con el desarrollo de la inteligencia artificial.

Según Elon Musk, en el futuro “el trabajo será opcional, porque la inteligencia artificial será capaz de hacer absolutamente todas las tareas”.

Eso ya ocurre en múltiples industrias y actividades basadas en tareas rutinarias, y avanza —a gran velocidad— sobre funciones de alta calificación cognitiva gracias a la IA generativa. Dicho de otro modo: la inteligencia, antes un don escaso y bien pago, hoy está disponible para todos… y gratis.

Resulta casi gracioso que estemos pregonando competir precarizando. Si ese es el camino, la batalla está perdida antes de empezar.

Nos acercamos a un nuevo hábitat —no solo para los argentinos, sino para la especie humana— inédito e impredecible. En este contexto de incertidumbre, solo hay una certeza: ninguna ley que toque el corazón del trabajo puede nacer del marketing, sino del consenso y del diálogo social, que son el verdadero motor del cambio.

La imposición es apenas una pausa antes del conflicto; un fracaso que espera respuesta desde hace cincuenta años en nuestro país.

Modernizar el trabajo no es destruirlo: es hacerlo posible. Pero para eso se necesita coraje político, no marketing. Y lamentablemente, el gobierno sigue confundiendo “flexibilizar” con “producir”.

Una reforma verdadera exige que todos pierdan algo: menos privilegios para ciertos gremios, menos evasión para algunos empresarios, menos populismo declamatorio para los políticos. Quizás por eso, cada vez que aparece el fantasma de la reforma, todo termina igual que antes: esperando otra oportunidad en el futuro.

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