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Quién fue el culpable del domingo electoral: ¿la gente o los dirigentes?
La primera vuelta electoral ya pasó y nos parece que fue hace una eternidad. Las peleas en Juntos por el Cambio, el desabastecimiento de combustibles, el dólar, la inflación que no para, el nuevo plan platita de Massa coparon la escena camino al ballotage.
Como sucede luego de estos resultados las voces ciudadanas se dividen siempre en lo mismo. Los “argentinos no sabemos votar” dicen unos y otros les atribuyen la culpa a los políticos que supimos conseguir, y algunos pocos nostálgicos de siempre siguen atribuyendo todos nuestros males al peronismo. En fin, el clásico folklore argentino que se ventila en las mesas de café.
Sin intentar saldar la discusión, soy de los que creen en la democracia como el mejor sistema inventado hasta ahora y fundamentalmente en la maravillosa igualdad que produce a la hora de elegir nuestros gobernantes. Un ciudadano igual un voto. Es más, junto a esta reflexión, agrego otra más polémica aún: la “gente nunca se equivoca al votar”. Creo en la democracia como único método para salvar nuestras diferencias y dónde nuestras broncas o desilusiones hay que buscarlas en otro lado. Me irrita particularmente que la explicación de lo que nos pasa la busquemos en descalificarnos a nosotros mismos. Desde nuestra falta de educación hasta rebajarnos a pensar que votamos a cambio de una heladera. Aquellos que piensan así, lo hacen desde fuera de lo que significa la democracia y pertenecen a una especie de secta iluminada que sabe de antemano lo que necesita la Argentina y que además puede determinar con una tiza quiénes estaríamos habilitados para elegir y quiénes no. Nuestras asimetrías culturales, económicas o de otro tipo, no cuentan para elegir nuestros gobernantes. Precisamente ahí radica lo maravilloso de la democracia. Si no entendemos esto atrasamos más de un siglo.
Partiendo de mi humilde visión, lo que pasó el domingo de la primera vuelta electoral tal vez tenga causas muy anteriores que como siempre ningún político se animaría a reconocer puesto que son proclives a simplemente encontrar una buena excusa que explique la realidad que no les gusta. En los últimos tiempos esas excusas se sintetizaron en dos famosas frases: “A, pero Macri” o “es culpa del kirchnerismo”. En el medio de ambas explicaciones apareció un outsider como Milei, que lo sintetizó mejor. Son todos iguales, son la casta.
Creo que el resultado electoral del domingo es clarísimo. La continuidad estaba unida y el cambio fue dividido y no busquemos otra explicación. Ríos de tinta de periodistas y analistas para llegar a una conclusión tan simple que lo explican las matemáticas.
Lo que pasó en la primera vuelta es simplemente el resultado de aquella ecuación matemática. Hasta lo advirtió Cristina, pero nadie le creyó. Sin embargo, políticamente: ¿cuál fue la causa que la produjo? Hasta hace nada la Argentina estaba estructurada en una suerte de bipartidismo más o menos consolidado que permitía a muchos analistas sentenciar que el próximo presidente saldría de las filas de alguno de los dos espacios y nada más. Sin embargo, nadie se pregunta por qué apareció una tercera opción de la nada con tanto predicamento.
Mi primer ensayo de respuesta es básico. Los culpables solo pueden ser dos. El mismo kirchnerismo o Juntos por el Cambio y en la opción me vuelco por este último.
Juntos por el Cambio es una coalición o alianza de Partidos y dirigentes que siempre pensaron y piensan en forma muy diversa. Sin querer ofender se parecen a lo que decía mi abuela: una bolsa de gatos. La confirmación la vemos ahora al punto de su ruptura, pero siempre ha sido así, solo que se prefirió dejar la crisis bajo la alfombra. Su única razón de existencia “juntos” fue y es la oposición al kirchnerismo proponiendo un “cambio” con ese modelo. Hoy desparecida la opción del cambio es lógico dejar de seguir juntos.
Juntos por el cambio tuvo la oportunidad de gobernar nuestro país y no lo hicieron bien, al punto que no pudieron triunfar en otro período provocando una enorme frustración en gran parte de la sociedad de aquel entonces. Sin embargo, pese al fracaso, supieron mantener el espacio con sus diferencias que siempre estuvieron en el tablero tanto cuando fueron gobierno boicoteando algunas de sus medidas como en la oposición con algunas votaciones divididas que expresaban esa discrepancia. Si intentamos ver este pasado desde la gente, el desempeño de Juntos por el Cambio encierra temores similares y fracasos que lo emparejan bastante a su razón de existir. El kirchnerismo. Con maravillosa capacidad de síntesis la mayoría de los argentinos lo decíamos una y otra vez: Los políticos son todos iguales. Y en esta similitud apareció el cisne negro. Alguien que sin distinguir se opuso a todos para acabar con la casta.
La aparición en escena de Milei desde un comienzo predecía lo que podía suceder. Del mismo modo que Massa cumplió el mismo papel para que Macri pudiera acceder a la presidencia. Ya había pasado y volvió a suceder, pero al revés. La pregunta sería la siguiente: ¿Acaso la gente tiene alguna culpa de todo esto? Claro que no. La oferta electoral decidió sin participación de nadie mostrarse así y los argentinos elegimos y nada más.
Frente a este manicomio de oferta electoral los argentinos elegimos más que bien. ¿Acaso votamos mayoritariamente la corrupción y el empobrecimiento de la Argentina como algunos trasnochados nos quieren hacer ver culpándonos que no sabemos votar? En absoluto. El peronismo obtuvo el 36%. El porcentaje menor de toda su historia, sin duda gracias a una excelente campaña electoral basada en la movilización, el miedo y el famoso plan platita que podrá no gustarnos, pero cualquiera desde el poder hubiese hecho más o menos lo mismo.
El resultado del peronismo fue desastroso. Al peronismo lo votó lo que le quedó de su caudal histórico. Sin embargo, la explicación es que el resto se peleó.
El 64% de los argentinos se expresaron contra la continuidad que a mi juicio claramente confirma que la gente no se equivoca al votar. No falló la gente, falló la oferta de los dirigentes. Eligieron la división y perdieron la jugada.
Los argentinos no elegimos mal, pero la oferta no estuvo a la altura de las circunstancias de la crisis y de la decadencia en que nos encontramos. Los peronistas volvieron al club, cosa que no podía ser de otra manera, y el resto de la sociedad tuvo que elegir entre un loco con una motosierra o una coalición de contradicciones que había gobernado mal cuando tuvo que gobernar, pero prometía acabar con un kirchnerismo que no estuvo durante toda la elección. Y la gente los culpó por igual a ambos de no solucionarle sus problemas y votó a alguien que se expresaba en contra de ambos. ¿Acaso estuvo mal?
La democracia funcionó nuevamente de mil maravillas. Un ciudadano igual a un voto y la gente nunca se equivoca cuando elige a pesar de que no nos guste su resultado. Y posiblemente no vuelva a equivocarse nuevamente. Ahora en noviembre vendrá la final, quedan menos opciones. Aquellos que votaron a Patricia o Schiaretti son los que efectivamente elegirán al nuevo presidente. Son los votos que tomarán prestados algunos de los candidatos para ganar en el ballotage. Posiblemente aquél que los ofendió menos en la primera vuelta se llevará su voto, pero de eso hablaremos en otro momento.