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Otro problema para Milei: la crisis en la salud que pretende solucionar con licuadora, motosierra y bicicleta
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
La evolución del sistema de salud en Argentina ha estado marcada por una característica muy importante: jamás se constituyó como sistema y jamás se adaptó en su totalidad a las necesidades sociales, económicas y políticas del país. Los argentinos jamás tuvimos un sistema de salud para todos y, menos aún, igualitario como sucede por ejemplo en la mayor parte de los países europeos. Veamos algunos ejemplos de lo que queremos significar con ello y contrastarlo con el desinterés del gobierno de Milei para pensar en una solución para los argentinos.
El punto de partida de esta realidad se inicia mucho antes de nuestra independencia. Tanto en la época colonial y primeros años de la patria, podríamos decir jamás tuvimos un sistema de salud. La atención médica estaba limitada a hospitales de beneficencia, controlados principalmente por la Iglesia y algunas instituciones privadas. Los médicos eran pocos y no existía un sistema de salud organizado. Hasta entrado el siglo XX, el Estado se sintió ajeno a la atención de la salud de los argentinos, salvo excepciones como el Hospital General de Hombres (luego Hospital de Clínicas) y el Hospital Italiano en Buenos Aires. Lo mismo sucedió con las primeras medidas de sanidad pública, como campañas de vacunación y mejoras en la higiene urbana, que solo se extendieron frente al descubrimiento de que virus y bacterias no distinguen entre ricos y pobres.
Recién en nuestro país en 1901 se crea el Departamento Nacional de Higiene, precursor del actual Ministerio de Salud y tenemos que esperar hasta las décadas de 1920 y 1930, para ver en nuestro país la creación de los primeros seguros médicos para empleados y el fortalecimiento de los hospitales públicos.
Tal como ocurrió con la evolución de la Seguridad Social en Argentina, es en la etapa peronista (1945-1955), cuando se produce por primera vez en el país la Consolidación de un sistema, con la ampliación y fortalecimiento de la salud pública, construcción de numerosos hospitales, modernización de la infraestructura médica y la aparición de la idea de un servicio de salud para toda la población.
En este período surgen por primera vez las Obras sociales, como instituciones vinculadas a sindicatos que ofrecen cobertura médica a los trabajadores y sus familias, modelo vigente hasta hoy, siendo una característica distintiva del sistema de salud argentino.
Desde 1960, el sistema de salud sigue creciendo, pero en forma fragmentada y dividida en tres grandes sectores: público, privado y obras sociales. De este modo, se fue perfilando más que un sistema, tres subsistemas encargados de segmentos diferentes de la población: un sector público que atendía a pobres y desocupados; un sector de obras sociales que brindaba cobertura a los trabajadores formales y, por último, un sistema privado para los ricos.
Esta desarticulación, fue complementada en las décadas de 1980 y 1990, con la descentralización del sistema, transfiriendo la gestión de los hospitales a las provincias, lo que genera desigualdades en la calidad de los servicios en todo el país siguiendo la suerte de cada provincia argentina.
Como conclusión hasta aquí, la Argentina carece de un sistema de salud. Solo tiene subsistemas fragmentados, con componentes públicos, un sector privado en expansión y las obras sociales sindicales en decadencia. Ello en la práctica, solo provocó problemas de financiamiento, inequidad en el acceso a servicios entre regiones y una falta de coordinación entre los distintos actores del sistema. Así enfrentamos el COVID y otras epidemias como hoy el DENGUE. A ello le sumamos el negociado de las vacunas, el vacunatorio VIP, etc.
Es curioso que, en este estado de situación, el Presidente Milei, nos prometa volver a la senda de desarrollo económico de la exitosa Argentina de fines del siglo XIX . Si es así, lo único que nos promete es nada.
Para entender lo que quiero decir, basta con solo citar el famoso Informe Bialet Massé (1904) que fue un estudio pionero sobre las condiciones laborales en Argentina, encargado por el gobierno de Julio Argentino Roca y dirigido por el médico y sociólogo Juan Bialet Massé, que abarcó un análisis detallado de las condiciones de vida y trabajo de los obreros en diversas regiones del país, en sectores como la industria, el transporte y la minería.
En sus principales aspectos del informe se destacan:
- Condiciones laborales precarias: el informe documentó largas jornadas de trabajo, bajos salarios, falta de seguridad e higiene en los lugares de trabajo, y explotación infantil. También destacó la falta de derechos laborales y la desprotección social de los trabajadores.
- Desigualdades regionales: se observaron marcadas diferencias en las condiciones laborales según las distintas zonas del país, con situaciones particularmente graves en las zonas rurales y mineras.
- Ausencia de legislación laboral: el informe subrayó la necesidad de crear leyes que regularan el trabajo, como la reducción de la jornada laboral, condiciones mínimas de seguridad y la prohibición del trabajo infantil.
- Impacto en la salud: Bialet Massé también destacó los efectos adversos que las condiciones de trabajo tenían sobre la salud de los obreros, contribuyendo al deterioro físico y mental de los trabajadores.
El informe fue una de las primeras investigaciones sistemáticas sobre las condiciones laborales en Argentina y nos sitúa en la atención de la salud de los argentinos en aquel paraíso que nos promete volver el Presidente Milei. Si es así, mejor malo conocido que bueno por conocer.
Hoy la crisis de financiamiento del sistema de salud en Argentina es un problema complejo y estructural debido a una serie de factores económicos, políticos y sociales, que este Gobierno heredó, pero sobre el que no está haciendo absolutamente nada.
El primer problema es la fragmentación del sistema.
¿Seguiremos con un Sector público fragmentado que proporciona servicios gratuitos a toda la población, pero especialmente a aquellos sin cobertura, financiado por los gobiernos provinciales y municipales, que genera una distribución desigual de recursos entre las distintas regiones?
¿Seguiremos con Obras sociales que brindan cobertura de salud a los trabajadores formales y sus familias, financiadas a través de contribuciones obligatorias de empleadores y empleados, a sabiendas de los índices de trabajo informal y precario? ¿Cuántos quedan fuera del subsistema? ¿Seguiremos con un Sector privado, compuesto por prepagas y clínicas privadas, que ofrecen servicios a quienes pueden pagarlos directamente o tienen un seguro de salud privado, ofreciéndoles ahora el gran negocio de las obras sociales?
El segundo problema no menos grave es la falta de coordinación entre estos sectores que provoca no solo duplicaciones en los servicios, ineficiencias en la asignación de recursos y problemas de equidad en el acceso a la atención médica, sino que además produce inexplicables desigualdades.
El tercer problema es, como dijimos, la enorme desigualdad en la distribución de recursos, en especial la desigualdad geográfica y económica en la asignación de recursos. Las provincias con mayores ingresos fiscales suelen tener sistemas de salud mejor financiados y equipados, mientras que las provincias más pobres dependen en gran medida del financiamiento nacional y presentan serias limitaciones en infraestructura y recursos humanos. Esto genera disparidades importantes en la calidad de los servicios entre las distintas regiones del país.
El cuarto problema, que padece el mundo entero, es el aumento de los costos de la atención médica, debido entre otras cosas al envejecimiento de la población, que ha incrementado la demanda de servicios médicos, especialmente aquellos de alto costo como tratamientos crónicos o especializados. A ello se le suma el avance de las tecnologías médicas que, aunque mejoran los resultados en salud, también han incrementado los costos por el uso de equipos de alta complejidad y medicamentos de última generación. Si a todo esto, le sumamos la inflación en el sector de la salud, que afecta tanto a los insumos médicos como a los salarios del personal de salud, estamos frente a la tormenta perfecta.
El quinto problema no es otra cosa que el desfinanciamiento del sector público, que atiende a más de la mitad de la población. Solo basta con visitar el hospital más cercano para darnos cuenta de la infraestructura deteriorada, falta de equipamiento y un mantenimiento paupérrimo. En esos hospitales y centros de salud no hay equipamiento moderno, faltan insumos médicos, no hay medicamentos y materiales básicos para la atención de los pacientes. A ello agreguemos que los profesionales de la salud en el sector público suelen recibir salarios bajos en comparación con el sector privado, que también resiente la calidad en los servicios.
Para seguir con las buenas noticias, todas las obras sociales están en una crisis profunda. Ellas, si bien cubren a un amplio sector de la población trabajadora formal, no están ajenas de serios problemas financieros, provocado en parte por la evasión de aportes por parte de empleadores y la informalidad laboral, que reduce los ingresos de las obras sociales. También es cierto que a ello se le suma una muy mala gestión en algunas obras sociales, con casos de corrupción o administración ineficiente de los fondos.
Sin duda que todo este panorama viene armando un combo mortal para el sistema de salud argentino. Es claro que la opción del financiamiento del sistema con los aportes de los trabajadores formales no es una opción ni posible ni viable. Necesariamente el sistema requiere un financiamiento con los impuestos generales. Sin embargo, ese financiamiento basado en impuestos tiende a ser regresivo, ya que los sectores más vulnerables pagan un porcentaje mayor de sus ingresos en impuestos indirectos, mientras que los sectores de mayores ingresos tienden a tener acceso a seguros privados.
Milei solo ha respondido a cada uno de estos problemas con tres recetas clásicas de su política macroeconómica: licuadora, bicicleta y motosierra. Para ser claros: lo que no se achicó con la motosierra, se licuó con la inflación o directamente se optó por no pagar. Estamos muy lejos de la solución integral y coordinada que requiere la Argentina en materia de salud. Sin ellas el sistema seguirá enfrentando dificultades para brindar atención de calidad a toda la población. Sin ellas, se cumplirá la promesa de Milei: volver a la atención de la salud del siglo XIX que tan bien nos relata el informe Bialet Massé de 1904.
