Ola Rada Tilly 2026 consolidó una propuesta integral con más
¿No era que el ajuste solo lo haría la CASTA? Y ahora nos vienen con la promesa del equilibrio fiscal a cualquier costo: ¿no será mucho?
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
Tres temas coronaron la semana, que si bien distintos unos de otros, siempre terminan en lo mismo: la economía. El primero de ellos, el paro del gremio de pilotos sobre Aerolíneas Argentinas y a partir de él, cuál será el horizonte en materia de diálogo y paz social en el ámbito del trabajo.
El segundo, que ya se ha transformado en un clásico argentino del último
año: ¿cuál es el umbral de dolor que los argentinos podemos soportar frente a la recesión y desocupación? Y la frutilla del postre: presupuesto equilibrado a ultranza, caiga quien caiga. En el fondo, los tres temas no son otra cosa que el experimento “Milei” en todo su esplendor.
Una encuesta publicada por el diario Clarín sobre un sondeo de opinión de la consultora Vox Populi, intentó extraer algunas conclusiones de lo que pensamos los argentinos sobre nuestra aerolínea estatal.
¿Cuán importante es para usted que Aerolíneas Argentinas sea estatal?
Las respuestas están divididas: para el 38,5%, es «importante», para el 21,4% «muy importante» y para el 17,1% «bastante importante». En la otra vereda, para el 53,5%, resulta entre «poco» (32,1%) y «nada importante» (21,4%). Completa un 8% que no sabe. Esto despeja dudas: para los argentinos no es un valor o disvalor que sea del Estado y ya veremos porqué!!
Lo curioso es que la historia se da vuelta a la hora de preguntar sobre la importancia de la eficiencia de la empresa: para el 54,6% es entre «muy» (28,3%) y «bastante importante (26,3%); mientras que el 38,1% opta entre «poco» (20,5%) y «nada importante» (17,6%). Aquí se comienzan a despejar las dudas: no importa si es estatal o no, pero si es importante que sea eficiente.
Por último, a la hora de interrogar si «¿Usted está de acuerdo o en desacuerdo que el Gobierno permita que otras compañías compitan con Aerolíneas Argentinas?»: el 63,9% se manifiesta entre «muy» (33,1%) y
«bastante de acuerdo» (30,8%). Está última respuesta de la encuesta resulta definitoria: queremos competencia y eficiencia y nos importa nada si es del Estado o no. Tema terminado.
Si la economía está cada vez mejor, ¿por qué nuestra percepción cotidiana es negativa?
Este segundo tema de la semana se contrapone con un indiscutible resultado macroeconómico. No admitir el éxito del Gobierno a la hora de hablar de desaceleración de la inflación, la estabilidad del dólar o el superávit fiscal sería injusto. Por las dudas el Gobierno, lo repite casi a diario y varias veces según el interlocutor oficialista que se entreviste.
Sin embargo, nuevamente la nota de Clarín del martes pasado, no solo tira abajo esa percepción exitosa, sino que coincide en gran parte con lo que cualquier lector le sucede por estos días. Ingresemos ahora al rutinario tema recurrente de este año, de comprobación en cada uno de nuestros hogares:
cuan “hechos pelota estamos los argentinos en nuestros bolsillos y laburo” y cuál es el umbral de sufrimiento.
Comencemos despacio para no deprimirnos: El 52% de la gente considera que su capacidad de compra es “peor” o “mucho peor” que la de hace un año y más de un 60% tenía proyectos que hoy debe posponer por falta de recursos. Según un sondeo de Moiguer Compañía de Estrategia, este año el 74% de los hogares debió restringir algunos gustos para achicar su presupuesto. ¿Cuáles? Aquí viene lo fascinante del artículo que, si bien representa una encuesta de 1.300 casos representativos de todo el país, la consultora especializada en consumo encontró que los gustos más afectados son las reuniones familiares para hacer asado (54%) -su parecido con Alberto Fernández es formidable-, la compra de ropa (50%) y las salidas a comer afuera (46%).
Para tener una idea de la magnitud del informe, el 60% de los encuestados declaró que debió frenar planes, como reformas en el hogar (30%), iniciar un negocio (12%) o mudarse (7%). Dicho de otro modo, nuestros sueños o nuestro espíritu emprendedor está seriamente dañado.
Descartados los sueños, ¿cómo nos va con el consumo, que podría bien transformarse en el único hábito para conformarnos? Los datos son horribles: la resignación o la reducción en la compra de muchos bienes en general es espantosa y lo peor es que hoy no se explican exclusivamente por los aumentos de precios. Muchos aun bajando sus precios no consiguen aumentar sus ventas, desde la carne hasta la ropa.
La explicación es clara. En agosto, para ser de clase media en la Ciudad de Buenos Aires una familia debió tener ingresos por $ 1,5 millón, según el INDEC porteño. Para entender los cambios. Según Ecolatina los gastos en bienes y servicios inelásticos como las prepagas y los colegios de sus hijos, representan hoy casi el 40% del ingreso, cuando en mayo de 2022, explicaban el 16%.
Según el sondeo, el 55% de los encuestados debió utilizar ahorros para cubrir gastos cotidianos y el 59% de los encuestados reconoció que en algunos de los últimos meses no pudo llegar a fin de mes. Esa cifra cae al 30% en la clase alta y sube al 67% en los estratos medios y al 71% en los más bajos.
Para no sentirnos tan mal mientras leemos estas líneas, por las cosas que seguramente nos pasan, el 91% de los encuestados redujo o eliminó el uso de transporte privado como taxis o apps. El 86% dejó de comprar golosinas y chocolates. En un 83% bajaron las compras de primeras marcas de alimentos. Y también, el 80% dejó de salir a tomar café o un helado. Lo único que mantuvieron pese a todo, es solo el uso de Internet en el hogar (49%), la compra de medicamentos (48%) y el colegio de los hijos (41%). Hasta aquí la visión apocalíptica. Veamos la otra cara de esta situación:
pese al contexto recesivo actual, el Presidente Javier Milei se mantiene como el dirigente con mejor imagen positiva, aunque con una leve caída que se alinea a un menor optimismo por el futuro o simplemente a algunas señales de desgaste en el humor social.
Digamos nada. Esto se podría explicar por el estancamiento de la
inflación en torno al 4 % luego de meses de fuerte reducción y los efectos de la recesión sobre la economía real: menor consumo y empleo. En conclusión, hay algo indiscutible: la imagen de Milei sigue bajando, pero se mantiene como el político mejor posicionado, pese al relevamiento de la consultora Opina Argentina que muestra una caída de dos puntos de la imagen positiva del Presidente Javier Milei respecto a agosto, junto a una suba de tres puntos de la negativa, ubicándose ambos indicadores en un 50% por primera vez. Esto implica en términos de imagen que se evaporó el diferencial de imagen positiva de Javier Milei, que por primera vez tiene una aprobación idéntica a su rechazo. Dicho esto, hay que reconocer que a Milei lo sigue de cerca en imagen positiva su
Vicepresidenta, Victoria Villarruel: un 49 % y muy cerca la sigue Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, todos del espacio oficialista. Los peores números casi los lidera con exclusividad el perokirchnerismo ayudado con algunos radicales.
Ingresemos por unos instantes en la frutilla del postre de la semana: el acto político protagonizado por Milei con la presentación del presupuesto en el Congreso. Fue un acto político en un lugar inadecuado, destinado más a provocar que a esclarecer, con un pésimo rating demostrativo de lo poco que les importaba a los argentinos, etc. Será por eso por lo que le dedicaré pocas líneas.
Debo aclarar que poco entiendo de economía y me aburre terriblemente un tema al que tan poca bola le hemos dado todos los argentinos y todos los gobiernos, como es el presupuesto (la famosa ley de leyes que nadie respeta). Milei será igual que todos los demás? Por lo pronto arrancó mal. Se manejó todo el 2024 sin presupuesto, sin presentarlo, con brutal discrecionalidad. Parece que ahora nos transformamos todos en los más puritanos fiscalistas, aunque mi pregunta es la siguiente: ¿si el presupuesto no se aprueba que pasará? ¿Habrá acaso una revolución? O algo peor: Milei desea y espera que el presupuesto no se apruebe, hipótesis que le permitiría la discrecionalidad del 2024.
Más allá de las consideraciones que haré, la primera explicación la brinda la encuesta de Nejamkis que consultó sobre el veto de Milei a la Ley de
Reforma Previsional aprobada en el Congreso que le otorgaba a los jubilados y pensionados un aumento extra. Seis de cada 10 encuestados se opone a esta decisión del Ejecutivo.
Lo cierto es que, con un discurso plagado de grandes metáforas, sarcasmos y el siempre irrespetuoso trato a la oposición, el Presidente presentó el presupuesto, centrado en el déficit cero y la continua lucha contra la inflación.
Tal como lo ha señalado en otras oportunidades, el primer mandatario se propone dejar de recurrir al endeudamiento del Estado o a la emisión monetaria para financiar los desequilibrios de las cuentas públicas, metodologías que solo pueden llevar al exterminio de las generaciones futuras por la vía del crecimiento de una deuda impagable o de una inflación crónica que siempre termina perjudicando en mayor medida a los sectores más desprotegidos de la población. “No hay nada más empobrecedor para los argentinos que el déficit fiscal y nada que enriquezca más a los políticos que el déficit fiscal”. Palabras bonitas que utilizó y puntualizó Milei en su discurso.
Su propuesta de “blindar el equilibrio fiscal sin importar el escenario económico” se complementó con su promesa de vetar todos los proyectos de ley que atenten contra aquel equilibrio. En tal sentido, subrayó que toda ley que autorice gastos no previstos en el presupuesto general deberá especificar de dónde saldrán los recursos para su financiamiento.
En mi caso, lo más curioso de su discurso, que explica la falta de rating, es que Milei no expusiera en su mensaje las estimaciones macroeconómicas para el año próximo que podrían explicar su objetivo central por alcanzar el equilibrio fiscal a cualquier precio. Precisamente las cifras que aparecieron en el texto del proyecto de ley se conocieron poco después: se prevé un crecimiento económico del 5% del PBI para 2025, junto a una inflación interanual del 18,3% y un dólar equivalente a 1207 pesos a fines de ese año, además de un resultado de superávit fiscal primario del 1,3%. Me
llevaría muchísimo tiempo y tinta para citar el picnic de varios economistas explicando las inconsistencias de esos números, junto con la barbaridad de los 60 mil millones de dólares que deberían ajustar las provincias. Todo raro e improvisado.
La única valoración seria y coherente que se me ocurre es que hablar de eliminar el déficit fiscal en abstracto no es lo mismo que no aumentar la jubilación mínima para lograrlo. La misma discrepancia se da en seguridad, en salud, educación, etc. No debemos olvidar el dilema que atraviesan muchos argentinos de bien. Aunque la reducción de la inflación se presenta como un logro del Gobierno, no es suficiente. Hoy el principal temor económico ha pasado de la inflación al desempleo. Cada vez más argentinos recurren a sus ahorros o se endeudan para mantener su economía.
Dicho a manera de conclusión: Qué argentino de bien no coincide en la necesidad de equilibrio fiscal, pero surge la pregunta: ¿a qué costo? ¿A costa de la educación pública? ¿O incluso de los jubilados? La única explicación del
Presidente fue: «Vetaremos todos los proyectos que atenten contra el equilibrio fiscal». Sin embargo, ojo con límite al dolor.
Quienes estuvieron cerca del Presidente Javier Milei elaborando el mensaje de presentación del Presupuesto 2025 sabían de sobra que a la Casa Rosada le importaba poco ahondar en detalles sobre las miles de variables y partidas que se juegan cada vez que se discute cómo se va a repartir la plata. El único punto de interés que quería marcar Milei era el de equilibrio fiscal total, es decir que los ingresos que se obtengan en 2025 tienen que alcanzar para pagar los gastos, más los intereses de la deuda, cuestión de que no falte ni un solo peso ni haya que salir a pedirlo prestado.
Bajo esa premisa, a Milei posiblemente lo tenga sin cuidado cuál va a ser el crecimiento del PBI, o el tipo de cambio al final del año que viene, la inflación o el resultado de la balanza comercial, por decir algo. Es posible que tampoco le interese especular en qué momento se abrirá el cepo.
En la cabeza de Milei, la lógica que funciona es esta: si hay equilibrio fiscal el resto de las cosas se van a acomodar, para bien, solas. En otras palabras, si hay equilibrio fiscal, todo lo demás importa poco. O, dicho de otra manera, Milei cree que el equilibrio fiscal, innegociable, desde ya, ordenará a toda la economía.
La primera reacción fue de los mercados, que aprobaron en general el menú y discurso del Gobierno. Resta la calle.
Lo que verdaderamente me asusta, es que la esperanza se desmorone como un castillo de naipes, dejando a los ciudadanos con las manos vacías, porque además de la frustración con el actual Gobierno, el verdadero desencanto no se limita a Milei; se extiende a la política democrática en su conjunto y una pregunta mucho peor: si Milei puede no satisfacer las expectativas ciudadanas ¿quién tiene esa capacidad en la Argentina actual?
La falta de alternativas viables refleja una realidad aún más perturbadora: la incapacidad del sistema político para ofrecer soluciones reales. Aunque el desempleo y la inseguridad económica asustan, la ausencia de figuras y propuestas que puedan reemplazar a los actuales líderes refuerza un sentimiento de desilusión. El desencanto no es solo con Milei, sino con un sistema democrático que, una vez más, parece navegar sin rumbo en un mar de promesas rotas.
La inflación puede ser un fenómeno monetario, pero la distribución del poder es un fenómeno político que exige acuerdos más que fórmulas.
