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 Nacho Torres: el opositor que no se anima a decirlo (¿o sí?) o uno de los gobernadores huérfanos que resisten “padres adoptivos”
Columnistas Sergio Mammarelli

Nacho Torres: el opositor que no se anima a decirlo (¿o sí?) o uno de los gobernadores huérfanos que resisten “padres adoptivos”

8 junio, 2025

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Los Gobernadores huérfanos

La caída del PRO dejó a varios gobernadores en una especie de limbo político. Sin partido nacional que los arrope, sin mesa de conducción que los ordene, sin referente presidencial que los proyecte. Son jefes territoriales con poder real, pero sin paraguas político. Tienen votos, gestión y narrativa local, pero flotan en un país sin red. Son, en definitiva, caudillos, atrapados entre la motosierra libertaria y las ruinas de la centroderecha.

Rogelio Frigerio y Nacho Torres son los dos casos más emblemáticos. Uno gobierna Entre Ríos con el libreto del desarrollismo sensato, el otro sacó pecho en Chubut plantándose frente a Milei por el petróleo. Ambos tienen perfil, ambición y timing. Pero ambos se quedaron sin plataforma nacional. El PRO, que alguna vez los contenía, hoy es un fósil con redes sociales. Y La Libertad Avanza no los quiere: solo los tolera si aplauden en silencio.

¿Qué les queda a ambos? Primero lo primero: gobernar bien, que no es poca cosa. Sin embargo, eso no alcanza si el objetivo es proyectar. Sin esa proyección, corren el riesgo de convertirse en administradores de provincias ordenadas pero irrelevantes. Algo similar les ocurre también a otros mandatarios provinciales modernos, como Sáenz, Jalil o Ziliotto, que también cosechan buenos números, pero nula proyección. En última instancia, la historia argentina está llena de gobernadores que creyeron que la eficiencia provincial era pasaporte a la presidencia, pero los dejó con las ganas.

¿Cuál es la otra opción? Pues bien, organizarse tras una nueva liga de gobernadores no peronistas, no libertarios y no resignados. Una suerte de nuevo federalismo que combine gestión, institucionalidad y discurso moderado. Sin embargo, dicha tarea no es fácil. Requiere liderazgo, coordinación y una narrativa común. Frigerio tiene experiencia, Torres tiene osadía. Pullaro, Zdero, incluso Llaryora podrían sumarse a ese armado si se animan a salir del corset partidario. El desafío es construir algo más que un pacto defensivo: construir un proyecto nacional alternativo a Milei sin volver al fracaso anterior. La construcción anticipada del “post Mileismo”.

Sino lo logran, Frigerio y Torres habrán perdido algo más que un partido: habrán perdido la oportunidad de representar a una Argentina racional, federal y moderna. Habrán pasado de líderes en potencia a jefes de distrito y sin nación. Para eso, el futuro les pide algo más que eficiencia: les pide coraje político. No para resistir a Milei, sino para reemplazarlo en la imaginación del votante. Y para eso necesitan más que un sello: necesitan una visión. Si no la construyen, serán gobernadores de provincias cada vez más ordenadas en un país cada vez más ingobernable.

Torres entre dos fuegos: la ambición presidencial y el precio del gasoil

Nacho Torres es, quizás, el gobernador más inquieto del país. No por lo que hace, sino por lo que quiere. Su paso por el Senado fue veloz, su llegada a Chubut fue quirúrgica, y su pelea con Milei por el petróleo lo catapultó como el libertador patagónico del momento. Pero en política, el tiempo y el territorio no siempre se llevan bien. Y ahí empieza el dilema de nuestro joven caudillo con ambición presidencial.

Torres quiere ser más que gobernador. Se le nota. Su discurso excede los límites de Chubut, sus gestos están pensados para los portales nacionales, y su posicionamiento busca romper la polarización entre la motosierra y la melancolía kirchnerista. Pero para ser presidenciable, necesita mostrarse como líder. Y para eso, primero tiene que gobernar bien.

El problema es que Chubut no es una pasarela. Es una provincia al borde del colapso fiscal, con sueldos impagos en la historia reciente, una estructura sindical dura, y una economía que depende del precio del crudo y la voluntad de Nación. Gobernarla no es lo mismo que representarla. Si Nacho se distrae con la rosca nacional, corre el riesgo de parecer más preocupado por Olivos que por Comodoro o cualquier otra ciudad de Chubut. Y los chubutenses, que votaron una salida a la decadencia, no le van a perdonar que confunda ambición con abandono. Sin embargo, si se encierra en Rawson a tapar agujeros y apagar incendios, su figura pierde proyección. Y en un país donde los liderazgos se construyen en vivo y por redes, no estar es no existir. Esta será la verdadera encrucijada de nuestro gobernador: ¿cómo ser presidenciable sin dejar de ser gobernador?

Y a eso se le suma otro drama: el PRO ya no existe. O al menos, no como estructura nacional con vocación de poder. El partido que alguna vez prometió modernidad y gestión hoy es una bolsa de gatos. Y Torres, que fue su cara joven, se quedó sin paraguas nacional. Milei no lo quiere cerca. Y el Peronismo no lo quiere ni ver. ¿Con quién juega? La única salida posible es armar algo nuevo. Y la idea de una liga de gobernadores puede ser que funcione como plataforma alternativa al Mileísmo, sin volver al fracaso del pasado. Un espacio federal, moderno, realista. Donde él, Pullaro, Frigerio y otros puedan pensar el país sin arrodillarse ante el dogma o la nostalgia.

Pero para eso, tiene que recordar que el que mucho camina sin mirar el piso, tropieza. Y en la Argentina, el que tropieza, no vuelve.

En esta tragicomedia federal que protagoniza la Argentina 2025, Nacho Torres se mueve como un equilibrista que teme caer del alambre del Mileísmo sin red de contención. No es oficialista. Pero tampoco opositor. Cuando Milei cortó los fondos coparticipables, salió con voz firme a defender a Chubut. Amenazó con cortar el petróleo. Se puso el poncho del federalismo. Y lo logró: la Nación reculó un par de casilleros. Pero cuando llegó la hora de actuar en bloque con otros gobernadores, prefirió quedarse en su casa.

¿Es esto una estrategia o una orfandad forzada? La respuesta es ambas. Desde su campaña, Torres ensayó un perfil diferenciado: defendía el federalismo productivo sin quedar pegado al Macrismo centralista. Se presentaba como una figura joven, de gestión austera y discurso anticasta. En ese sentido, su actual ambigüedad no es improvisada: es una construcción política deliberada. Se convirtió así en el primer gobernador de la «generación híbrida«: sin partido fuerte, pero con territorio; sin estructura nacional, pero con ambición presidencial.

Nacho construye poder a fuerza de gestión prolija y superávit fiscal en Chubut, mientras los gremios y los intendentes lo miran con desconfianza y equilibrio entre la obediencia y la resistencia. Su estrategia parece calcada del manual del cordobesismo: ni con vos ni contra vos, le dice a Milei. ¿El problema? Que cuando todos pelean, el que no elige bando queda pintado como oportunista o cobarde. Y Torres, que quiere jugar en 2027, no puede darse el lujo de parecer tibio.

Su verdadero proyecto no es la reelección provincial, aunque la tiene en la mochila por si el país se incendia. Su obsesión es nacional. Pero para eso necesita diferenciarse. Marcar agenda. Y no basta con oponerse cuando le tocan el bolsillo a Chubut. La política nacional exige coraje continuo, no indignación esporádica.

De los escombros del PRO lo único que queda en pie es su figura, joven y de buena imagen, pero sin anclaje partidario fuerte.

En fin, sino construye una base nacional pronto, será otro experimento patagónico con fecha de vencimiento. Por ahora, está parado entre el oportunismo y la convicción, aunque caminar por la cornisa sin decir de qué lado está, solo se puede mantener un tiempo, porque en la Argentina de Milei, hasta los silencios se interpretan como traición.

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