Rada Tilly impulsa un programa para fortalecer y sostener el
Murieron las ideologías o asistimos a una nueva diferente y más peligrosa
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
Hace poco pude leer a Jaime Duran Barba decir: “Antes, para decidir sus opciones políticas, la gente buscaba el consejo de personajes respetables que le hablaba de ideologías y teorías. Hoy, el ciudadano se comunica con su entorno virtual y depende de él. Los jóvenes huyen de las plataformas a las que se integran sus padres. No quieren tener el consejo de personas que les proporcionen información sustancial. No van a votar por el candidato que tenga mejores propuestas, sino por el que tiene más likes en el entorno en que viven él y sus amigos. Casi nunca conversan de programas de gobierno o de ideologías. Quieren divertirse”.
En terminología más criolla que la utilizada por Durán Barba, podríamos llegar a la conclusión de que la “sociedad cambió definitivamente”. Sin embargo, mi pregunta sería la siguiente: ¿Acaso estos cambios no conforman una nueva ideología?
La tercera revolución industrial es la información. Nunca hubo tantos seres humanos con acceso a tantos datos y conocimientos. Casi todos, por no decir todos, por lo menos tenemos un teléfono celular y a través de él, podemos acceder a una cantidad infinita de información, que se procesa en segundos con la inteligencia artificial. ¿La pregunta es para qué? ¿No es acaso lo mismo que “un mono con navaja”?
Nuestra cultura, hasta ahora, ha sido “vertical”: los hijos escuchaban y respetaban a sus padres, los alumnos hacían lo mismo con los maestros, algo similar ocurría con los practicantes de cualquier religión con sus líderes y sacerdotes, etcétera. Hasta los que tenemos menos conocimiento o educación, respetábamos a aquellos más dotados.
Esta verticalidad en el plano político hacía que, para decidir nuestras preferencias, buscáramos a aquellos políticos más respetables que generalmente nos convencían con sus propias ideologías a través de metodologías que escapaban a las redes sociales.
Todo ha cambiado. Actualmente todos, en mayor o menor medida, nos comunicamos con nuestro entorno virtual. Son más importantes nuestros amigos del Facebook, que ni siquiera conocemos, que aquel que tenemos a nuestro lado. Los jóvenes escapan de las plataformas a las que se integran sus padres y tampoco van a votar por el candidato que tenga mejores propuestas, sino por el que tiene más likes en el entorno en que se desenvuelven. Para qué estudiar, si todo se puede conseguir con una aplicación de su teléfono. Navegar es una obsesión.
En ese entorno, ¿quién preguntaría sobre partidos, candidatos, o programas de gobierno? Me animaría a decir, nadie. Los programas de gobierno no los lee nadie. Las elites políticas, aun manejando las herramientas que hoy existen, no logran ser escuchadas. Es el gran problema de la “casta” o de la oposición en general.
Hoy, lo importante no es qué tan falso es lo que se dice, sino la convicción con la que se lo dice. Por eso, hoy cualquiera puede ser acusado de nazi, fascista, comunista o zurdo.
Hace un mes Milei escribió en sus redes el siguiente mensaje: “A fumigar el Congreso, afuera las ratas”. También son comunes en él descalificaciones como “cucarachas”, “reptiles” y “mandriles” acompañados de adjetivos como “asqueroso”, “repugnante”, “arrastrado”, “bestia” y “basura”. En septiembre, el Gobierno difundió un video en el que aparecían políticos y artistas conocidos infectados por un extraño virus y caminando como en las películas de zombis. Era precisamente el virus que se había propagado durante los doce años de gobierno Kirchnerista. Todo muy bizarro, pero muy real.
Se podría agregar a esta peligrosa revisión farsesca de la historia, la recurrencia de Milei a asociar a cualquiera que no piense igual con enfermedades (cáncer, virus) o con animales como ratas, mandriles, reptiles y cucarachas; métodos de deshumanización aplicados por el nazismo.
Está claro que todo su mensaje se dirige a sostener que la democracia no funciona con un rechazo explícito hacia las formas democráticas y republicanas.
Los partidos que centran su discurso en la “izquierda” o la “derecha” están perdidos en una región en la que los que, sumados, los que se identifican con esas alternativas no llegan al 30%.
¿Pero acaso todo esto no conforma una nueva ideología? Las ideologías instalan una dispensa que nos permite sumergirnos sin remordimientos en el océano de la mentira. Primero, la posibilidad intelectual que nos permite recordar solamente los hechos favorables a la tesis que defendemos, negando, omitiendo y olvidando los hechos que las contrarían. Por eso las ideologías, con cualquier nombre, han sido bienvenidas siempre en la política. Son conjuntos de creencias que justifican decir cualquier cosa, reñida con la historia, siempre que sirva para una causa.
Decía Nicolas Maquiavelo: “No hay nada más difícil de emprender, ni más dudoso de hacer triunfar, ni más peligroso de administrar que la elaboración de un nuevo orden”. Visto así, el gobierno de Javier Milei representa un experimento. No hay registro de un presidente en absoluta minoría institucional y tampoco hay registro de un nivel tan alto de tolerancia social como el que se viene observando ante un ajuste tan brutal como el que se ha realizado y se sigue realizando.
¿Qué decidirán en las siguientes elecciones la mayoría de los votantes que dejaron de votar demócratas norteamericanos, socialdemócratas europeos y formas más o menos progresistas en Latinoamérica, por la impotencia de sus gobiernos para revertir la pérdida de capacidad de consumo? La respuesta es absolutamente incierta.
La tecnología permea todos los aspectos de la vida cotidiana, impactando desde la formación de opiniones hasta la difusión de información y desinformación. Plataformas digitales como TikTok son herramientas poderosas para moldear preferencias, en especial en audiencias jóvenes. Instalan temas, desde la guerra en Gaza hasta el cambio climático y juegan un papel crucial en la creación de conciencia sobre los mismos. Amplifican la información falsa al promover contenido sensacionalista o atractivo. Y, por último, crean un electorado más dividido y polarizado, dificultando los acuerdos y consensos. Las grandes empresas tecnológicas han tomado el control de aspectos de la sociedad, la economía y la seguridad nacional que durante mucho tiempo fueron competencia exclusiva del Estado.
Hace pocos días tuve oportunidad de leer un interesante editorial en periódico “El País”: “Trump, imperial”. Sintéticamente, en esas líneas se destaca como el Presidente de Estados Unidos no se enfrenta a un segundo mandato. Para él se trata de su primer mandato imperial: sin límites, sin contrapesos ni concesiones. “La edad dorada de Estados Unidos acaba de comenzar”, anunció junto a una amenaza “Nada se interpondrá en nuestro camino, el futuro es nuestro”. El mensaje contó con una nueva aristocracia política global de aquellos líderes mundiales que esperan, cortesanamente, una mirada del nuevo emperador. Entre ellos se encontraba nuestro Presidente, Javier Milei.
Pareciera que EEUU inició un camino donde sus instituciones, sus tradiciones y formalidades de una democracia funcional, saludable y confiable llegó a su fin. El inicio de un verdadero cambio de época.
A más de un año de la elección popular que consagró como presidente a Javier Milei otorgándole una indiscutida legitimidad democrática de origen, es posible analizar un fenómeno similar, que se despachó en Davos, con un discurso peligroso y que ya promete mayores barbaridades para este año.
Sustituyó el rol del Congreso a través de la utilización del mecanismo de los decretos de necesidad y urgencia para modificar definitivamente amplios conjuntos de leyes sin cumplir los requisitos de la Constitución argentina o desconociendo las materias expresamente vedadas por la Constitución argentina (como por ejemplo la materia tributaria).
Intentó con éxito vedar el funcionamiento del Congreso mediante el uso irrazonable y desproporcionado del veto.
Sigue amenazando con designar en comisión a los integrantes de la Corte Suprema de Justicia de la Nación cuando no se cumplen con las condiciones excepcionales exigidas por la Constitución argentina.
Hasta hoy, abusó del derecho en el ejercicio de la facultad reglamentaria modificando sustancialmente el contenido de las leyes (como sucedió con la ley de acceso a la información pública).
Violó expresamente nuestra Constitución, extendiendo ilegalmente el presupuesto por dos años consecutivos.
Ataca y descalifica en forma sistemática al periodismo que, a través de distintos formatos, no opinan como él.
Y ahora comenzó su cruzada contra la igualdad de género y anuncia un control feroz de la inmigración de los países limítrofes.
Es fácil advertir en estas acciones un modelo autocrático y autoritario. Mientras tanto el Congreso y el Poder Judicial brillan por su ausencia como órganos de control y límite de los excesos del Poder Ejecutivo, salvo una tímida reacción de la Justicia Laboral, que comenzó a poner frenos a su ajuste estatal.
En fin, nadie sabe cómo este fin de época se consolidará en nuestro país y fundamentalmente qué posibilidad de perdurabilidad tendrá. Sin embargo, me pregunto si nuestra dura realidad de todos los días quedará definitivamente sepultada por la nueva ideología libertaria que, como todas, defiendan, nieguen, omitan u olviden la realidad. ¿Podrá este nuevo sistema de creencias sobrevivir e imponerse como el nuevo orden? En fin, todavía todo es muy incierto y prematuro, aunque podemos asegurar que nada será como era antes.
