LA MUNICIPALIDAD DE SARMIENTO DESARROLLA TALLERES DE CAPACITACIÓN LABORAL EN
Milei fue la excusa. No hay vuelta atrás
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Sobre los escombros del Peronismo y de Juntos por el Cambio nació un nuevo país. Hoy no solo tenemos un nuevo presidente de la república. La elección del domingo fue mucho más que eso. La contundencia de la diferencia de votos que obtuvo Milei estuvo dirigida a toda la clase dirigente argentina.
Nada se explica simplemente con decir que más de la mitad de los argentinos eligieron militar en la extrema derecha. Estúpida simplificación. Aunque parezca paradójico, la esperanza del domingo tiene más explicación en la derrota del peronismo que en el triunfo de Milei. Un gran porcentaje de los votos prestados que recogió el ahora presidente electo fueron contra Massa y no a favor de él.
El mensaje de las urnas estuvo dirigido a todas las corporaciones de nuestro país que se expresaron contra Milei en favor de Massa. Todas amenazaron que él representaba el abismo. Actores, sindicatos, movimientos sociales, intelectuales, Universidades, partidos políticos, empresarios, miembros de la Iglesia Católica, presidentes y ex presidentes de otros países, etc. Contra todo eso, sin embargo, la gente optó y dijo basta. Del mismo modo el mensaje fue mucho más contundente hacia el Peronismo. En provincia de Buenos Aires el resultado casi termina en un empate mientras que en 21 provincias el voto por el cambio fue escalofriante. No sirvió el miedo, la amenaza, la plata ni nada. 11% de diferencia en un ballotage no se explican fácilmente si no pensamos en una reacción mucho más profunda que la opción por Milei.
En lo político hay un nuevo país y asumirá todo junto el 10 de diciembre. Muchísimos nuevos gobernadores estrenarán su gestión en pocos días provenientes de extracciones diferentes. Algunos muy jóvenes, algunos del Pro, otros radicales, otros de coaliciones provinciales. De lo viejo solo quedarán los caudillos peronistas que retuvieron sus provincias. A ellos se le suman nuevos legisladores, intendentes, concejales y una enorme cantidad de nuevos dirigentes cuyos nombres ni siquiera sabemos, pero sin embargo están. Y corona este panorama que desde el domingo tenemos un nuevo presidente que hasta hace 3 años no existía en el imaginario. La fabulosa sorpresa de un desconocido.
El fenomenal cambio generacional que se producirá en la política a partir de diciembre es el que precisamente nos permite soñar con un país distinto y diferente. Ningún argentino quería apoyar los nombres de siempre para solucionar nuestros problemas.
La democracia funcionó más que bien al punto de permitir que gane quién no nos gustaba tanto. Sin embargo, cuidado, Milei ya llegó al poder, pero ahora hay que gobernar. Tiene por delante el desafío de un modelo para armar, sin territorio y con votos prestados. Ahora los desafíos son concretos. Primero deberá definir el nivel de ajuste en el presupuesto para llegar al déficit 0. En segundo lugar, sus reformas deberán aprobarse en un Congreso donde la dispersión opositora es fenomenal. Ni el Radicalismo ni el Peronismo tienen jefe y si bien el Pro está disciplinado por Macri y Bullrich tampoco sabemos cómo se comportará el grado de obediencia. Tampoco Milei tiene peso territorial que le permita construir mayoría junto a los gobernadores y, por último, la envergadura y shock de las reformas que se proponen conspiran contra una vocación negociadora para llevarlas a cabo. Frente a eso Milei cuenta con una herramienta fundamental. El apoyo de una inmensa mayoría de argentinos que desean ver otra cosa. Esa es la bala de plata que debería permitirle que toda la oposición unida simplemente permita aún con su abstención dejar que Milei pruebe su receta.
Este cambio profundo en realidad vino impuesto desde los propios argentinos donde también las generaciones más jóvenes impusieron su agenda. Nadie quiere lo que está. Todos queremos algo distinto de verdad. La imagen de la motosierra flameando entre los simpatizantes el domingo es la expresión metafórica de lo que sentimos, pensamos y queremos.
No soportamos vivir más en un país como el actual. Desde ahora solo necesitamos una cosa. Que nos gobiernen bien y que sea distinto.
El kirchnerismo termina de la peor manera imaginable. El famoso pueblo que tanto respetan le dio la espalda de manera contundente. No hay excusas. Abusaron del poder y de los argentinos por muchos años. A la vergüenza de la pandemia y su aislamiento, se le sumó la inmoralidad de las vacunas. La corrupción al palo nos produjo gran parte del hartazgo y sensación nauseabunda de que cualquier cosa es posible. La economía desecha nos dejó casi sin esperanzas y una situación social inédita imposible de admitir en un país tan rico como Argentina. La síntesis es gobierno en descomposición, con un presidente que jamás gobernó, con un ministro que se transformó en presidente y una ex vicepresidenta preocupada por no ir presa. Una Argentina sin rumbo que solo invita a irse en busca de un destino mejor. Y lo peor es que todo tendrá reflejo en el futuro Congreso. ¿Cómo hará el Peronismo sin jefe y despojado del mito de que todos los que discrepan de su posición se oponen a los intereses del pueblo? ¿Cómo hará el Radicalismo que con su abstencionismo reconoció que otro sería quién gobierne y ahora al menos deberá permitirlo? ¿Acaso se alejará tanto del electorado como lo hizo Elisa Carrió al día siguiente de las elecciones? ¿Y que harán las palomas del Pro, frustradas de arreglos espurios con el Peronismo?
A ello se le agrega un sindicalismo que había juntado filas con Massa que está en un estado de Shock total. Muchos piensan que ahora vienen por ellos en esta nueva batalla cultural. Si estaban de capa caída antes de las elecciones ahora la cosa se complicó. Ya se escucha en los pasillos una primera división que pasa por la prudencia o la rebeldía. Todo terminará entre la sensatez o pintarse la cara. Las reformas apuntan al corazón de la que fue alguna vez la columna vertebral del Peronismo. Reforma laboral, reforma sindical, obras sociales serán los temas del año próximo.
De acá al 10 de diciembre todo será un Caos, aunque después de ese día nada cambiará mágicamente. Para mejorar, lamentablemente, primero debemos empeorar, y tal vez mucho, para el umbral de tolerancia de la sociedad. Todos sabemos que hay que pagar la fiesta. Sino estamos dispuesto a ese sacrificio la Argentina no tiene remedio alguno.
Dentro de todo este desorden la macroeconomía es la prioridad. De la otra economía nos encargamos los argentinos comenzando por salir a trabajar nuevamente todos los días, por invertir, por emprender, por apostar a mejorar nuestra situación sobre la única base genuina de obtener riqueza que es nuestro esfuerzo cotidiano. Existe una Argentina que eso lo sabe hacer muy bien. Necesitamos vivir en un país normal y debemos aceptar los costos para alcanzar ese pequeño paraíso. Ya todos sabemos que en este cambio no podemos pretender más cobrar sin trabajar, jubilarnos sin aportar, gastar sin recaudar o recibir subsidios que no se pueden sostener en el tiempo.
Claramente el domingo el país no solo eligió querer cambiar, sino que ya cambió. Los argentinos eligieron un cambio cultural que trasciende a Milei. La democracia se definió esta vez por internet, donde todos opinan y quieren opinar y dónde hay muchas menos personas dispuestas a obedecer. Milei triunfó prescindiendo de un partido, prescindiendo de inserción territorial y utilizando casi solo ese medio de comunicación con su electorado. Le ganó a toda la estructura corporativa de la Argentina con apenas un celular. Eso no es posible sin un electorado que ya estaba harto de todo lo anterior.
El triunfo de Milei interpeló a toda la clase política por igual. Milei vino a reemplazar no solamente al gobierno sino también a la oposición. Los partidos políticos definitivamente perdieron su centralidad. ¿A quién le importa lo que suceda en el radicalismo y sus internas vacías de contenido o a quién le importa lo que haga Elisa Carrió y su coalición cívica? Posiblemente le suceda algo similar al Peronismo despojado del mito de la defensa del pueblo. Todos quedaron golpeados.
Una nueva generación tomará las riendas de la Argentina y es hora de aceptar definitivamente el cambio. Si ello ocurre seguramente en los próximos meses ese cambio cultural se trasladará a toda la “comunidad organizada” entendida por todas aquellas estructuras intermedias de la sociedad que también requieren cambiar o desaparecer y recuperar una representatividad que perdieron hace mucho tiempo. No olvidemos que la casta en modo alguno está reservada en la Argentina a los políticos. Hay casta en todos lados y tal vez el fenómeno se extienda como regadero de pólvora.
La incertidumbre que sentimos no es otra cosa que el repudio a todo lo conocido. Lo veremos en poco tiempo con todos aquellos que están pensando en pintarse la cara y protestar en las calles. El fastidio popular es mucho mayor a los reclamos sectoriales por la privatización de un medio de comunicación o una aerolínea. Milei solo prometió una motosierra, privatizar todo lo posible, equilibrar el estado y ganó por amplio margen. No mintió en nada y hasta ahora mantiene su verdad a los cuatro vientos. Si continúa así posiblemente esa verdad se transformará en la confianza necesaria para esas transformaciones. Los argentinos por primera vez cambiamos el modelo de quién queremos que nos conduzca. No queremos un político, no queremos un fullero sino simplemente un tipo común que nos diga la verdad. La casta, de ahora en adelante, será “todo lo que obstruye o se opone” a la decisión de la gente expresada el último domingo.
Sin embargo, en este contexto convulsionado de los días que vienen nunca debemos olvidar que los caudales electorales son un contingente muy dinámico y mucho más allá después de un ballotage donde el ganador lo hizo con votos prestados. Lo que hoy es euforia puede cambiar de signo rápidamente. Precisamente por ello no hay lugar para el gradualismo. ¿Cuántos votaron porqué efectivamente querían a Milei y cuántos lo votaron para que los otros no ganen? Ahí está el verdadero mandato de las urnas.
En este verdadero cambio todo lo tiñe de incertidumbre y tal vez sea la mejor noticia. Cuanto menos quede de lo viejo es la clave de nuestro futuro. No hay vuelta atrás.
