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Los peores enemigos de Milei: La Pobreza estructural y el Mercado
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
La tercera refundación en la Casa Histórica de Tucumán.
Hay dos enemigos de Milei a los cuales no puede insultar por las redes. Son dos enemigos difusos y mayoritarios en Argentina, de los que todos hablamos todo el tiempo y que explican el funcionamiento de nuestro país. El primero, la pobreza estructural. El segundo, el mercado, que hoy le está jugando una mala pasada.
En el primer caso, el Gobierno intentó poner en duda que la pobreza hubiera llegado al 55% de la población en el primer trimestre y la indigencia al 17,5%, como marcó la última medición del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (ODSA-UCA). No es bueno negar la existencia y envergadura del primer enemigo del Gobierno, cuya recesión lo viene engordando a diario. Basta con salir a la calle o hablar con la gente para ver lo que pasa en la realidad.
El segundo enemigo de Milei es el mercado. Lo curioso aquí es que estamos frente al mejor amigo del Gobierno, que de golpe se transformó en enemigo. Javier Milei le atribuye un sentido casi religioso al proceso de intercambio libre de bienes y servicios. El mercado, a su juicio, es como un dios que no solo jamás comete errores, sino que constituye la fuerza transformadora del cambio que nos propone. El problema es que ese leviatán tan venerado parece darle la espalda y volverse en contra. Tan es así, que se ha transformado en un enemigo que no le teme a la furia o respuestas del Presidente y reacciona a su voluntad más allá y sin importar lo que digan las redes sociales.
En el caso de la pobreza estructural, nuestro punto de partida es controvertir la receta que propone Milei en estos términos: El crecimiento es necesario, pero no suficiente. La prueba de esta afirmación la brindan los índices desde los años 90 a esta parte. Jamás la pobreza pudo perforar nunca el 25%. Dicho de otro modo, hace 40 años que uno de cuatro argentinos es pobre, núcleo que jamás pudo resolverse solo con crecimiento económico. Hoy esa relación está superando esa cifra. Dos de cuatro argentinos es pobre en nuestro país y todo presagia que la cosa irá en aumento con la recesión.
Si esa noticia es alarmante, mucho peor es saber que esa pobreza es estructural. Para que se entienda, en general, la forma tradicional de ver la pobreza es a partir de la valorización de los bienes o canasta que la mide que siempre está sometida a la fluctuación entre épocas de crisis o bonanza económica. Por el contrario, cuando decimos que la pobreza en nuestro país es estructural, queremos decir que no se es pobre sólo por ingreso, sino que está acompañado por las condiciones habitacionales y por el acceso a servicios como la red de agua, cloacas, salud y educación, etc. Se trata de un problema que no atañe sólo al ingreso sino también a la salud, la educación y los servicios públicos.
Frente a este problema estructural, se contrapone la visión de Milei: “La única manera de sacar al 60% de los argentinos de la pobreza es con crecimiento económico y solo hay crecimiento económico con libertad. La única tarea del Estado es proteger la vida, la libertad y la propiedad de los argentinos, para que cada uno pueda ser arquitecto de su propio destino”. Frases del propio Milei en su exposición en el Instituto Milken en mayo último.
Es cierto que este enemigo silencioso se remonta a comienzos de los años 60, con las migraciones del interior a las grandes ciudades, donde la pobreza “emergió tibiamente”, pero el Peronismo de 1973 logró revertir esos procesos, le guste a quién le guste o le pese a quién le pese, alcanzando una distribución “más equitativa” de los ingresos. Ese proceso se interrumpió durante la dictadura militar para llegar a los años 80, con Raúl Alfonsín que puso en marcha el programa de cajas PAN cuando la pobreza rondaba el 10%. Sin embargo, en 1989, en medio de la híper, ese índice alcanzó al 40% de la población. Algo similar sucedió en los años 90, con Menem que debió crear el denominado Plan Trabajar, situación que se repitió a comienzos del 2000 con el plan jefes y jefas de Hogar, con Eduardo Duhalde en la presidencia. Después de la crisis del 2001, con el Kirchnerismo se sumaron más planes, sin lograr mejores resultados para disminuir la pobreza.
El problema más grave con que nos enfrentamos hoy es que gran parte del 55% de pobres corresponde a trabajadores formales y en mayor medida aún a los trabajadores no registrados. Ello unido a la débil creación de empleo privado registrado desde 2011 se le suma hoy una recesión brutal que expulsa trabajo formal y seguramente informal también.
De lo dicho surgen algunas reflexiones importantes. La primera le toca al Peronismo desde 1989 (su primer triunfo en democracia) hasta la fecha: No bajó la pobreza y solo se dedicó a administrarla. Y lo peor, según los índices, es que además la administró mal. La segunda reflexión es para este Gobierno: que no solo empeoró las cosas, sino que está consolidando un fenómeno muy difícil de revertir con crecimiento económico y empleo. Gran parte de los pobres argentinos son trabajadores formales e informales. ¿Cómo solucionar la pobreza, si se es pobre trabajando?
Esta problemática, nos enfrenta al corazón de la ideología presidencial. Las Políticas compensatorias. Dicho de otro modo, cómo rompemos el diabólico “¿círculo intergeneracional de padres pobres, hijos pobres”? La explicación libertaria de una “transformación productiva” con cambios en los precios relativos y también en el peso de los diferentes sectores, se enfrenta a la ausencia de políticas de reentrenamiento de trabajadores y establecer incentivos regionales –coordinados con las provincias– para evitar los traslados demográficos que engrosan los conurbanos de las principales ciudades, etc.
En fin, hoy la pobreza estructural nos enfrenta al principal de los temas que no es otro que la interacción entre los elementos de una ecuación integrada por el crecimiento económico, la pobreza, la equidad y la distribución del ingreso. El pensamiento ortodoxo, prevaleciente en los años ‘90, ahora nuevamente declamado por Milei, no resuelve el problema. La idea del “rebalse” y “goteo” son necesarios, pero absolutamente ineficaces para solucionar la pobreza estructural. El crecimiento generaría un “goteo” hacia los sectores menos dotados de la sociedad, reduciendo de ese modo la pobreza, pero la desigualdad permanecerá intacta. La inequidad y el deterioro en la distribución del ingreso son casi naturales en las etapas de rápido crecimiento. En los años ’90 en la Argentina fue posible ver cómo el crecimiento con empeoramiento en la distribución del ingreso generó asimismo más pobreza. Se puede afirmar que crecimiento y distribución no son independientes, sino que por el contrario están fuertemente interrelacionados. En fin, ojalá no nos volvamos a equivocar.
Abandonemos al primer enemigo del Presidente e intentemos analizar su otro leviatán. El mercado. Pero ¿qué es el mercado? El mercado como concepto en economía se define como uno de los diversos sistemas, instituciones, procedimientos, relaciones sociales e infraestructuras en la que las partes (agentes económicos) participan en el intercambio. Medio chino, no ¡Otros un poco más sensatos lo definen como el proceso por el cual se establecen los precios de los bienes y servicios de una economía! Sin embargo, lo cierto es que hay muchísimos mercados. Por ejemplo, un Mercado financiero o de capitales, un Mercado laboral, un Mercado de bienes y servicios, un Mercado de divisas, etc.
Ahora bien, ¿cuándo los economistas reflexionan sobre el funcionamiento de los mercados les dan el mismo valor a todos ellos? ¿Cuál es más importante? Sin duda que eso dependerá si nuestro análisis se centra en la macro o microeconomía. Sin embargo, mi punto de vista sobre el mercado es otro. Una persona puede actuar a la vez como una empresa o una familia o un ciudadano o simplemente como el colectivo social al que pertenece.
Cada uno de todos nosotros cumplimos varios roles dentro de la sociedad al mismo tiempo. Somos todos “idealmente ciudadanos” desde el punto de vista de la política con igualdad de derechos. Sin embargo, como colectivo social, nos diferenciamos. Algunos son niños, otros son jóvenes y otros son viejos. Algunos son trabajadores en dependencia otros autónomos. Algunos son desocupados, otros son pobres, otros de clase media y otros ricos. Algunos son hombres y otros son mujeres o lo que se perciban. Algunos son económicamente activos, otros jubilados o pensionados, etc. Como colectivos sociales, somos todos diferentes y nos asisten diferentes derechos y protección. Por último, todos nosotros somos el famoso mercado. Algunos de nosotros actúan en el mercado financiero por su profesión o simplemente por su fortuna, otros en la venta de bienes y servicios, por su profesión, oficio o actividad económica, otros en el mercado laboral, como dadores o tomadores de trabajo, otros como importadores o exportadores, en el mercado de cambio, etc.
Una sociedad de mercado como le gusta soñar al Presidente es solo dar preponderancia a nuestro rol dentro de la economía, donde todo vale por su mercancía, o sea, por lo que se vende y se compra. Y precisamente en ese rol es donde comenzamos a dar la espalda al gobierno de Milei. Decía mi abuela: Dios mueve montañas, pero la guita mueve el mundo. Para que se entienda. Simplemente como ciudadanos votamos a Milei por convicción o por no existir otra opción mejor y solo algunos por fanatismo. Como colectivo social prácticamente todos estamos padeciendo su política económica, seamos pobres, ricos, viejos, jóvenes, hombres o mujeres, trabajadores o autónomos, desocupados, etc. Sin embargo, aun así, mantenemos cierto optimismo. Pero como miembros del mercado, actuamos según nuestros intereses y acá no hay paciencia que valga: si exportamos, no lo hacemos por existir una brecha cambiaria del 60%, si actuamos en el sistema financiero, interferimos en la tasa de interés y hacemos subir el riesgo país, si actuamos en el mercado laboral, aumentamos la desocupación despidiendo por paralización de la actividad económica en nuestras Pymes, si somos dadores de trabajo, como emprendedores estamos paralizados de invertir a la espera de mejores condiciones, como pequeños inversores o ahorristas, compramos dólares para atesorar, subiendo el tipo de cambio, etc. No somos malos, somos simplemente el mercado. Allí no tenemos nombre y apellido, tampoco corazón, menos aún ideología política. Simplemente actuamos como agentes económicos como podemos y en lo que podemos. Por esa razón, no nos importa la agresión del Presidente ni lo que diga en sus redes, simplemente no nos afecta.
En definitiva, el problema no es el mercado, sino cuando como colectivo social perdamos el optimismo y la paciencia y como ciudadanos, votemos a otro candidato. Si llega a pasar, concluyó la experiencia de “viva la libertad carajo”.
Mi última reflexión semanal se refiere al famoso “Pacto de mayo”. Milei por fin se dio el lujo de declarar una nueva independencia en la Argentina a partir de una nueva refundación. Esta vez eligió la Casa Histórica, donde se declaró nuestra independencia. Sin embargo, pobre Milei, lejos de ser original, simplemente copio la idea. El miércoles 9 de julio de 1947, cuando se conmemoraría el 131 aniversario, el presidente Juan Domingo Perón anunciaría la independencia económica, a fin de “consumar su emancipación económica de los poderes capitalistas foráneos que han ejercido su tutela, control y dominio, bajo las formas de hegemonías condenables…” y lo hizo nada más y nada menos que en la famosa Casa Histórica. En esos años (Perón había asumido el 4 de junio de 1946) comenzaron meses que auguraban un futuro de prosperidad (el paralelismo con Milei es milagroso, ¿no?). Crecía la actividad industrial, los trabajadores habían mejorado sus salarios que les permitían un mejor nivel de vida. Había obras en marcha que pronto finalizarían, como el gasoducto que uniría Comodoro Rivadavia y Buenos Aires, llevado adelante por la flamante Gas del Estado que, junto con compañías eléctricas estatizadas -menos la CADE- pasaron a formar parte de la Dirección Nacional de Energía. Además, el Primer Plan Quinquenal establecía metas concretas de crecimiento económico que en palabras de Perón no era otra cosa que “La economía recuperada y sostenida por las manos del Estado, que es decir lo mismo que defendida y elaborada por las manos del pueblo…”. Claramente un discurso histórico y fundacional que rompía las cadenas de la dependencia económica marcando un definitivo antes y después frente a la decadencia argentina pasada.
Curiosamente, el martes 9 de julio del 2024, el presidente Javier Milei firmó el Pacto de Mayo (pero en julio) en la Casa Histórica de Tucumán, sitio en donde se declaró la independencia del país hace 208 años y dónde ya se había declarado la independencia económica en 1947. Allí los dirigentes de hoy, la mayoría de los gobernadores salvo aquellos pertenecientes al Peronismo, firmaron en un acto escénico bastante deplorable y surrealista, comprometerse a trabajar sobre 10 políticas de Estado a largo plazo, que dicho sea de paso no son otra cosa que las 10 políticas que se aplican en todos los países serios del mundo occidental. La convocatoria se oficializó intentando emular el acta de 1816 y su escenario original: “Los representantes de las Provincias Unidas del sur, reunidos en San Miguel de Tucumán, lugar de nacimiento de nuestra Nación, ante la mirada del Eterno, en nombre y por la autoridad del pueblo que representamos, declaramos solemnemente que es voluntad unánime de las presentes romper con las antinomias del pasado y refundar el contrato social que dio nacimiento a nuestra querida Patria” y “ los aquí firmantes declaramos y ratificamos nuestro compromiso con el Pacto de Mayo, conforme a la convenido en las siguientes diez cláusulas, establecidas con el objetivo de reconstruir las bases de la Argentina y reinsertar a nuestro pueblo en la senda del desarrollo y la prosperidad”.
Luego de la firma del acta, el presidente Javier Milei dio un extenso discurso en comunión con 18 gobernadores de las distintas provincias, repitiendo un punteo en torno a los diez principios sobre los que basó el documento al que tildó como Perón en 1947, como “fundacionales” a lo que le agregó casi la envergadura histórica de la invención de la máquina a vapor o el mismísimo descubrimiento de América y también aprovechando para criticar a quienes se ausentaron: “Hay muchos dirigentes políticos, sociales y sindicales que no están aquí hoy entre los presentes para suscribir esta acta fundamental. En algunos casos, porque sus anteojeras ideológicas les impiden reconocer la raíz del fracaso argentino. En otros, por miedo o vergüenza de haber persistido en el error durante tanto tiempo. Y en muchos casos, por obstinación de no querer perder los privilegios que les brindaba el viejo orden”
Mi ingenuidad sobre esta nueva refundación de la Argentina me despierta algunas preguntas: ¿Son cláusulas programáticas sin fecha y por tanto inexigibles u operativas y exigibles por ciudadanos y estados provinciales? ¿Qué valor jurídico poseen? ¿Generan derechos exigibles por parte de ciudadanos y gobiernos? ¿Cómo y quién los puede reglamentar y con qué grado de ejecutividad? ¿Se podrán exigir judicialmente por vía de amparo? ¿Requerirán una ley posterior y si es así, por qué no se presentaron como proyecto de ley en el Congreso? ¿Serán un nuevo Pacto de Olivos para provocar la modificación de nuestra Constitución Nacional? Qué valor puede tener ese pacto, sin la adhesión de la provincia de Buenos Aires que representa casi el 40% de la población de la Argentina y algo similar del P.B.I.? ¿Tendrá algo similar con los Pactos de la Moncloa de España? etc.
Todo esto me lleva a pensar en la siguiente reflexión dando por finalizado cualquier otro comentario sobre lo vivido en la noche del 8 de julio, respetando así la inteligencia de todos los que lean esta editorial: ¿Cuándo será la nueva refundación de la Argentina? Será también en Tucumán o se elegirá otro lugar emblemático? Y lo más interesante, ¿quién será en ese momento el encargado de mentirnos?
Que quieren que les diga, todo me parece muy raro. Si Milei piensa que los 18 gobernadores presentes pasaron a formar las filas del Gobierno, está más que equivocado. Solo apoyaron por favores recibidos antes del acuerdo y para no quedar como responsables de un fracaso. El resto de los gobernadores más comprometidos en su rol opositor simplemente marcaron sus diferencias. Ojalá el Presidente se dé cuenta que debe dejar tranquila a la historia y más aún abandonar la pretensión de transformarse en prócer antes de tiempo. Los argentinos no queremos fundar ninguna Argentina ni tampoco estamos esperando a San Martín para que nos independice al igual que al resto de América. Lo único que hicimos es votar por un cambio de lo que estaba eligiendo dentro de la pobre oferta electoral existente y nada más, y solo pretendemos que esta vez nos gobiernen más o menos bien para no tener que reconocer que nos volvimos a equivocar.
