La salida de la guerra: lo imposible y lo real
Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».
Muy posiblemente, la Conferencia Internacional para la Paz que se lleva a cabo en Suiza durante este fin de semana pasará sin grandes resultados.
Es esperable, pues, más allá de las posiciones casi irreductibles de las partes, Occidente incluido, al no haber sido invitada Rusia a la cumbre, el final estaba anunciado. Sin duda que si estaba tampoco se lograría nada, pero mostrar a las partes en torno de una mesa tras más de 800 días de guerra fratricida hubiese sido un mensaje, muy débil, de que no todo está perdido y de que nadie quiere escaladas.
Pero nunca habría estado Putin allí, porque el propósito es señalar a Rusia como un actor de mala fe, un bribón y mendaz.
Esto significa que Occidente solo aceptará una salida de la guerra basada en un statu quo ante bellum y con la eventual integración de Ucrania en la OTAN.
¿Por qué? Porque es lo que debería suceder para reparar los principios del derecho internacional que Rusia hizo trizas con su invasión el 24 de febrero de 2022. Pero hay algo más importante: porque cualquier otra salida implicará ganancias para Rusia y pérdidas para Ucrania y, principalmente, para su valedor y asistente. Pues no hay que olvidar que en esta guerra siempre hubo dos niveles: el táctico entre Rusia y Ucrania, y el estratégico entre Rusia y Occidente. Hoy, tras el aumento cuantitativo y cualitativo de la asistencia occidental a Kiev, los dos niveles se han acercado, al punto que casi son uno, es decir, la guerra es entre Occidente y Rusia.
Resulta prácticamente impensable que Rusia, a menos que sufra una hecatombe militar, se marche del este y sur de Ucrania. Las fuerzas rusas se han adaptado a la guerra, han renovado capacidades y la industria militar trabaja a un ritmo creciente. Moscú siempre ha «cobrado en moneda dura» en cuestiones de guerra y negociaciones, y considera que la «primera sangre» no la derramó Rusia sino la OTAN con su marcha hacia el este (con lo que significa esta frase en la memoria geopolítica rusa).
Por ello, para Rusia sus reacciones militares (en Georgia en 2008 y en Ucrania en 2014 y 2022) se encuadran en el concepto de «medidas contraofensivas de defensa». ¿Está mal? Sí, por supuesto, porque hay un orden jurídico que respetar, pues de lo contrario nos encontraríamos en un «mundo jurassic park» con todas las poderosas fieras fuera de sus recintos de control. Pero, como decía el profesor Carlos Fernández Pardo, para Rusia el mundo siempre fue un lugar peligroso; y, por tanto, siempre reaccionará así cada vez que poderes extranjeros (generalmente marítimos) se aproximen a sus fronteras.
Occidente nunca respetó está aprensión geopolítica de Rusia. Para Occidente, el equilibrio territorial y la seguridad indivisible son cosas del «pasado», y la victoria en la Guerra Fría otorga «derechos». Cabe recordar que ninguno de los grandes «viejos» estadistas y expertos aconsejaron la ampliación sin límites de la OTAN, desde George Kennan hasta Henry Kissinger, pasando por Kenneth Waltz, Brent Scowcrorft, John Mearsheimer…
En aquellos términos, no habrá paz en Ucrania y, lo más inquietante, todo podría empeorar.
Para esta guerra innecesaria deberían considerarse salidas basadas en el realismo. Con «pesar estratégico», porque no olvidemos que las relaciones interestatales son relaciones de poder antes que relaciones de derecho.
Es posible que un equilibrio entre la geografía y la geopolítica sea la salida, es decir, que Ucrania se convierta en miembro de la OTAN, pero sin las provincias del este y sur (la moneda dura que exige Rusia). Un trago muy difícil para Ucrania, Occidente y el derecho, pero una salida realista y reparadora de los desajustes geopolíticos y estratégicos que implicaron los enfoques y prácticas occidentales con base en «los dividendos de la victoria» en la Guerra Fría, y en la consideración basada en que a Rusia (bajo cualquier régimen político) solo entiende bajo presión y vigilancia.
Por supuesto, otras medidas podrán introducirse en esa «salida» que, sin embargo, no asegura el establecimiento del orden, es decir, la paz entre las partes.
Solo se trata de una consideración realista para una situación en la que jamás hubo buenas intenciones, ni en Occidente ni en Rusia. En política internacional, las categorías de «buenos» y «malos» son inexistentes y solo sirven para confundir. En política internacional lo que existe y merece analizarse son el poder, los intereses, las capacidades, la desconfianza, el temor y las ambiciones.
