La Provincia de Buenos Aires, un cementerio de certezas. La casta al palo
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
En la provincia que concentra el 38% del padrón nacional, se cerraron las listas hace poco más de una semana con un bochornoso episodio de “corte de luz” para prorrogar el cierre frente a una lucha de todos para cerrar candidatos impresentables en todos los frentes políticos que competirán en septiembre. En términos más sencillos, se cerró la compuerta de un pantano político en descomposición donde flotan restos del PRO, del Kirchnerismo, del Massismo, del Peronismo sin sujeto y hasta de un Libertarismo que no termina de aterrizar. Todo más de lo mismo que denominamos “casta”.
La gran farsa testimonial: intendentes que juegan a legisladores
Diecisiete intendentes peronistas decidieron postularse como candidatos a legisladores provinciales. Hasta ayer parecía un descenso en la jerarquía política; hoy es una movida maestra. La razón está lejos del servicio público y más cerca del manual del oportunismo: sumar votos sin ninguna intención real de asumir la banca. Otra estafa institucional a la vista de todos. Y lo peor: con la complicidad de un electorado adormecido.
Esta práctica, lejos de ser nueva, se perfeccionó desde 2009 con el experimento Scioli, que encabezó una lista sin intención de asumir. Hoy, el Peronismo reedita esa estrategia con una selección de intendentes de bajo rendimiento y alta capacidad de supervivencia. Lo hacen sabiendo que no legislarán ni redactarán una ley. Solo van para sostener cuotas de poder, negociar recursos y blindarse ante futuros reacomodamientos.
La Libertad Avanza, que llegó con la bandera de la renovación, replicó la misma receta. En la provincia de Buenos Aires, su armado territorial depende del reparto de cargos en organismos como el PAMI, la ANSES y secretarías claves. El arquitecto de esta maquinaria es Sebastián Pareja, operador de Karina Milei, que junto a los Menem despliega una logística basada en designaciones estratégicas y viejas estructuras recicladas.
El resultado de todo esto será una legislatura poblada por suplentes, herederos, familiares y laderos.
¿Cuándo se volverá inaceptable que alguien se postule sin querer asumir? ¿Cuándo dejará de ser normal el uso de cargos públicos como premio o moneda de canje? Argentina no necesita más ficciones electorales, pero para eso, también hace falta un pueblo que no se deje engañar una vez más.
Empecemos por lo obvio. El PRO, ese experimento de gerentes con globos amarillos, parece no haber resistido el torbellino libertario. ¿Fagocitado? ¿Resistido? Qué más da. Lo cierto es que su estructura quedó como esos esqueletos de corralón. Unos se encolumnaron detrás de Milei, otros se refugiaron en cargos municipales como si fueran búnkeres de último recurso. ¿Resistencia o rendición? Poco importa. El PRO, tal como lo conocimos, ha muerto. Y sin velorio.
Frente a la desintegración del PRO, el Kirchnerismo no canta bingo. Axel Kicillof, tal vez el último heredero orgánico de la dinastía K, enfrenta su propio crepúsculo. ¿Será esta su última batalla? ¿O el experimento “académico-progresista-hiperinflacionario” tendrá aún cuerda para seguir? Difícil todavía saberlo. El conurbano está agotado, la épica del relato ya no se imprime ni en los boletines de La Cámpora, y el electorado empieza a mirar con desconfianza esa fórmula de subsidio + relato + nostalgia.
Si Milei gana por debajo del 40%, muchos gritarán “¡se desinfla!”. Pero cuidado, que el león sigue siendo el único que araña los techos sin maquinaria, sin estructura, sin fiscales. ¿Qué haría con un poco más de organización? ¿O con menos egocentrismo? Nadie lo sabe, pero si en Provincia logra ser competitivo sin aparato, el mensaje es más que claro, el hastío social con la casta política sigue intacto, aunque el voto empiece a buscar nuevas formas de canalización.
Y entonces llegamos a la gran pregunta: ¿qué significa esta elección bonaerense para octubre? Todo. Y nada. Porque la Provincia de Buenos Aires es un espejo donde se reflejan todas las miserias nacionales. Un territorio donde el que gana no siempre gobierna, y el que pierde nunca se va del todo. Un lugar donde la política no muere, solo se recicla en cargos, asesores, segundas líneas y pactos de supervivencia.
¿Será el fin del Kirchnerismo? Quizás. ¿Será el fin de Kicillof? Probablemente. ¿Será el principio del fin para Milei? No lo sabemos. Por ahora, lo único seguro es el aburrimiento: la falta de épica, de ideas, de disputa real por el futuro. Todos corren detrás de encuestas, focus group y armados territoriales. Nadie se atreve a discutir un modelo de país.
Mientras tanto, el conurbano bosteza, la provincia agoniza, y nosotros, los que aún creemos que la política no es solo marketing, nos preguntamos: ¿hasta cuándo esta mediocridad va a seguir disfrazada de democracia?
¿Quién quiere votar en este delirio?
En otra época, las campañas electorales se vivían con algo de entusiasmo. Hoy, ni los candidatos se creen sus propios spots. La política se volvió un simulacro raro: reciclada, impostada, con promesas que vencen antes de ser impresas. Mientras tanto, el país flota en una especie de coma inducido: la economía, dopada con placebos, se sostiene con alfileres solo para evitar que el dólar grite antes de octubre.
El problema es que ya no hay relato que seduzca ni épica que convenza. Todo huele a maniobra, a estrategia de marketing con olor a vencido. Y el votante no está enojado, está harto, y lo que es peor, aburrido.
Mientras tanto, el Gobierno ejecuta una economía de emergencia permanente, disfrazada de plan. Hay más parches que en una guardia de hospital público. Se posterga todo lo que explota, se negocia todo lo que arde. El ancla no es el modelo, es el miedo: que no se escape el dólar, que no estalle el consumo, que no se despierte el conurbano. Y así llegamos a la antesala electoral, con un país exhausto que no sabe si votar es una salida o una recaída. Quizás la pregunta no sea «qué se elige», sino «qué se evita». O incluso peor, «qué se posterga otra vez«. En este delirio agotador, lo único que queda claro es que el futuro también se votará para más adelante.
