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 La Odisea de los Giles. Tal vez llegó el momento
Columnistas Sergio Mammarelli

La Odisea de los Giles. Tal vez llegó el momento

10 diciembre, 2023

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Esta semana me dediqué a escuchar y no pensar. Escuchar gente común, como nosotros, sus miedos, sus esperanzas y quedé más que sorprendido.

Desde el resultado electoral vengo analizando una hipótesis que no puedo confirmar, pero me inquieta bastante. Sin importar el nivel socio económico o cultural percibo un interesante cambio en todos nosotros. Sabemos que la vamos a pasar mal pero aun así tenemos esperanza.

Desde el triunfo electoral veo y escucho a un nuevo presidente que hasta ahora no nos dio una sola buena noticia. Se liberarán los precios eliminándose la Secretaría de Comercio Interior. Se ajustarán tarifas. Seguramente subirá el combustible, el dólar, las importaciones. La inflación será más alta por un tiempo. A los gobernadores les anunció que no hay plata y que es problema de ellos el pago de los aguinaldos. Hasta ahora, lo único cierto es que no hay plata, no hay plata, no hay plata seguida de shock y estanflación.

Pero la sorpresa es aún mayor cuando escucho a la gente: Lo que anuncia Milei está muy bien. Esto no da para más. Una actitud de esperanza y apoyo de todos por un cambio de raíz. Y eso es lo inédito. Nunca pasó en la Argentina antes.

Soy un poco pesimista con el exitismo argentino y comparto con muchos analistas que es mucho dolor de golpe. Nadie lo podrá soportar. Sin embargo, en contra de lo que pienso tal vez se me escape la “odisea de los giles”. Tal como ocurre en la película, tal vez la sociedad nos está preparando una venganza inédita con dos premisas innegociables: A los malos les tiene que ir peor y los nuevos no pueden cometer un solo error. Tal vez esa sea la clave para que todos los argentinos soportemos todo este dolor del ajuste hasta que la luz se vea al final del túnel que seguramente llevará un tiempo.

¿Por qué shock y no gradualismo? Precisamente porque los males vienen todos juntos. No hay mal que dure cien años, pero tampoco cuerpo que aguante un gradualismo interminable.

Nadie sabe cuál es la expectativa de la sociedad en el cambio o el umbral de tolerancia al dolor para que él sea posible. Sin embargo, tenemos una pista acerca del tiempo. Nadie quiere soportar un gradualismo de malas noticias por mucho tiempo. Le pasó a Macri y volverá a pasar sino se aprende del error.

La sociedad argentina quiere resultados concretos y rápidos. Su voto del domingo expresó casi un cambio sin anestesia. Y los resultados simbólicos solo servirán como medicina homeopática mientras llegan los medicamentos efectivos. El juego entre lo concreto y lo simbólico será muy importante para el ajuste que viene. ¿Qué quiero decir con esto? Que la paciencia y expectativas se diluyen rápidamente con las primeras malas noticias de modo que la única manera de hacerlas más digeribles es acompañarlas con un sin número de resultados simbólicos que nos hagan sentir bien.

El primer bálsamo que quieren ver los argentinos es que a los malos les vaya mal en serio.  Es más, fue una promesa de campaña en contra de toda la casta. Todos aquellos que se beneficiaron en estos años desde funcionarios políticos vitalicios, investigados por corrupción y beneficiados por prebendas del Estado deben tener alguna consecuencia que haga que el esfuerzo del ajuste no sea en vano. Muchos se irán con el recambio institucional, pero otros deberán ser expulsados del Estado. Otros, además, deberán ser investigados por sus irregularidades, para que la sociedad vea que sucede esta vez algo distinto. Y otros, los que anuncian una resistencia en las calles, deberán probar por primera vez el orden de un estado de derecho. El resultado de todo este proceso sin embargo tiene algo de bueno, pero también de malo. Será bueno si el proceso de purga es exitoso. Será muy malo si el resultado es hacer ruido para que no pase absolutamente nada.

El segundo bálsamo es que los nuevos funcionarios sean visiblemente diferentes. No solo hay que serlo sino parecerlo. Sería el primer signo de comenzar a vivir en un país normal. Este proceso virtuoso ya no está dirigido a la casta, sino a quienes vienen a reemplazarla. Hay un sin número de gestos y cambios de conducta que los nuevos funcionarios pueden adoptar, que serán no solo bienvenidos por la sociedad, sino que crearán un nuevo clima que puede ser vital para percibir que algo está cambiando en la Argentina.

Algo similar ocurre con el tono y explicación de cómo se hace el ajuste. La agresividad puede ser un lenguaje directo, pero deberíamos acudir a una argumentación menos confrontativa que explique las bondades del proceso. Milei ya lo entendió. El shock vendrá por bajar el gasto y no aumentar los impuestos. El ajuste lo va a pagar el estado y no la gente como sinónimo de un sector privado que será el generador de empleo. En definitiva, Milei no viene por el ajuste per se sino para evitar una hiperinflación que sería destructiva de toda la sociedad.

Otro tema interesante es lo que sucedió con el armado del próximo gabinete. Milei rápidamente aprendió de Maquiavelo: ¿debe un gobernante ser fuerte como un león o astuto como un zorro para enfrentar a sus adversarios, los lobos? Depende. El pragmatismo de los últimos días habla muy bien de alguien que prometía un dogmatismo a ultranza lo que no evitó el enojo de propios y ajenos, pero en fin de eso se trata: las circunstancias sepultan a cualquier ideología si quieres gobernar bien.

Por último, otro aspecto no menos importante es la aparición de una conflictividad que se manifestará en dos planos muy distintos. Una conflictividad laboral, que estará en manos de la CGT, a la que se le unirá una conflictividad social conducida por los movimientos sociales a partir de la representación de aquellos que precisamente no tienen trabajo. La dinámica de ambos tipos de conflictividad es absolutamente diferente, no solo en sus actores sino en la forma de manifestarse y también en la búsqueda de una solución que traiga de nuevo tanto la paz laboral como la paz social.

Para que se entienda, la conflictividad laboral en Argentina tiene todo un encauce normativo para la búsqueda de una solución y además tiene una manifestación del conflicto más que clara: la huelga. El estado sabe que es un derecho constitucional pero los actores saben la consecuencia de su ejercicio ilegítimo que llega hasta la misma cancelación de la personería gremial de las asociaciones que la promueven. Más tarde o más temprano la paz laboral se pacta y se negocia. Es pelea de pareja de dos que saben que seguirán juntos.

Algo muy diferente sucede con la conflictividad social de los movimientos sociales. Aquí no hay huelga constitucionalmente protegida porque no hay trabajo ni asociaciones sindicales formalmente constituidas que las convoquen. La única protección aquí es el derecho de todo ciudadano de expresarse libremente y manifestarse como ocurre en cualquier lugar del mundo occidental. Aquí el derecho de expresarse y manifestar tiene claramente como contrapartida el derecho de todos los demás, sea a circular y a no ser dañados en forma directa o indirecta por la protesta. Aquí a diferencia con la huelga, la Constitución no legitima ningún tipo de daño para el resto de la sociedad o sus integrantes. Observo una enorme expectativa en todos nosotros que por fin desaparezcan los cortes de calles y rutas. Ellos carecen de legitimación jurídica, siempre producen un daño a los ciudadanos y constituyen en muchos casos delitos que merecerán la respuesta del Estado.

El modo de solución de este tipo de protestas de los que “no trabajan” claramente tiene dos aspectos. El primero, ninguna protesta puede dañar a la ciudadanía en ningún aspecto. Allí deberá estar el estado y todo su imperio para reglamentar el derecho a expresarse y si hay daño para reprimirlo. El segundo aspecto, pasará por la definición del Estado sobre los mecanismos de protección social frente al desempleo, sobre todo el modelo de subsidios que se implementen, que explique tanto su financiamiento como sus limitaciones y compromisos que deberán asumir sus beneficiarios. Si ello es así, todos sabemos a qué atenernos de antemano, tanto los que protestan como los ciudadanos de a pie que los observamos, pero sin que unos y otros se dañen recíprocamente.

En horas los argentinos comenzaremos a saber el cómo reconstruir la Argentina y que receta nos proponen. Ya sabemos quiénes acompañarán al presidente en esta tarea con una importante aclaración inicial. Ningún gabinete inaugural resulta indemne. Ello es tan cierto como la enorme posibilidad de cometer errores en los próximos meses. A nadie debe asustar que a partir de los primeros meses de gobierno venga un segundo tiempo con caras nuevas. Es lo que sucede en cualquier país normal. En lo económico también sabemos que primero necesitamos un Remes Lenicov que haga el trabajo sucio para que posiblemente otro, un Roberto Lavagna conduzca la economía a buen puerto. El ajuste es inevitable, pero debe tener un propósito que nos haga ver la luz al final del túnel. Del mismo modo los resultados simbólicos deben estar presentes desde el primer día de gobierno para paliar en parte el sacrificio a soportar. Por último, las amenazas de conflictividad laboral y social ya lanzadas deben ser asumidas con la firmeza y calma que exige un estado de derecho. No hay de qué asustarse, la ley es pareja para todos.

La tarea es múltiple y compleja y los argentinos saben que no es fácil. Solo hay algo que no estamos dispuestos a soportar. Que cambie todo para que no cambie nada. Llegó por fin la odisea de los giles.

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