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La guerra de las urnas: Milei, caudillos y el experimento a prueba
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Y finalmente, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires pasó por las urnas. Ese laboratorio de marketing político, donde todo parece más prolijo que en el resto del país, aunque esconde debajo de la alfombra la misma mugre, le puso nota a Javier Milei y compañía. Y no fue precisamente un diez, aunque tampoco un aplazo estrepitoso.
Los resultados hablan por sí solos: la lista libertaria quedó lejos del sueño húmedo de arrasar en la Capital. No hubo ola, ni marea, ni siquiera garúa digital. Sí, sumaron votos, sí, tienen presencia. Pero no, no arrasaron. Y eso, en el distrito donde Milei se siente local, fundamentalmente por cómo piensan los porteños, es mucho decir.
La Ciudad de Buenos Aires, como bastión de la clase media irritada, eligió una mezcla de conservadurismo urbano con memoria selectiva. Votó contra el Kirchnerismo, como ya es costumbre, pero también puso un freno a la motosierra cuando tocó su bolsillo, sus subsidios o su red de subtes. No hay épica que sobreviva al aumento del ABL y al subte a precio de taxi.
Para tomar real dimensión del significado electoral del domingo en los comicios porteños, pensemos que estamos hablando nada más y nada menos que del centro político, administrativo, económico y financiero de la Argentina. En la ciudad residen nada más y nada menos que más del 60% de la derecha de nuestro país. Sin embargo, solo 15 de cada cien personas en condiciones de votar, se volcaron por el color violeta. Raro y sugestivo, ¿no?
El PRO, mientras tanto, celebró con sonrisa forzada su gran fracaso. Sobrevivió, sí, pero sin brillo. Conserva la estructura, sí , pero perdió el alma y posiblemente su futuro. Y la Libertad Avanza, que venía a llevárselo todo, se topó con una realidad incómoda: gobernar desgasta, incluso cuando te la pasás puteando en TikTok.
Los porteños son liberales hasta que les tocan el bolsillo o la vereda. Son anarcocapitalistas de living, pero estatistas cuando no les anda el semáforo. Quieren menos Estado, pero más bicisendas. Bichos extremadamente raros de entender.
Esto no significa que la experiencia libertaria esté en caída libre ni mucho menos. Simplemente se está normalizando y acomodando al sistema. Ya no son los nuevos, los disruptivos, los chicos malos. Ahora son Gobierno. Y eso implica responsabilidad, resultados y menos gritos. O al menos, más respuestas que slogans. CABA votó, y lo hizo con su estilo: educadamente, pero con ironía y muchísima apatía. Como diciendo «te banco, pero no me jodas«. Milei tendrá que leer este mensaje con cuidado, porque si hasta en su propio patio empieza a flaquear el apoyo, el experimento libertario podría terminar antes de lo previsto. O peor aún: convertirse en otro capítulo más del eterno déjà vu argentino.
Pero no todo son malas noticias. Si bien las bajísimas participaciones electorales de la ciudadanía siguen confirmando que mucha gente sigue “desencantada” con un silencio que grita “No me gusta Milei, ni tampoco ningún otro”, la fragmentación política sigue favoreciendo al Gobierno. El informe del mes de mayo de Poliarquía fue recientemente comentado por su director, Alejandro Catterberg, con un panorama de cierta estabilidad. Si bien no recuperó su mejor momento de aprobación de su gestión, allá por el mes de enero del 2025, frenó la caída de más del 10% de los tres meses que siguieron a enero. Ello le permite mantener niveles más que aceptables de aprobación que siguen rondando el 50%. Sin embargo, aparece un dato que, en lo personal, es lo que más preocupa. La disminución de las expectativas y optimismo a futuro y la percepción de un deterioro personal, en particular en su poder adquisitivo y el temor al desempleo.
Si las elecciones de 2023 fueron una epopeya digital libertaria, las legislativas de 2025 prometen ser una guerra de trincheras. Nada de épica marquetinera. Acá se juega el poroteo. Y el campo de batalla no será Twitter ni las redes, sino las provincias: esas tierras lejanas que Javier Milei desprecia, pero necesita, como un adicto que reniega del dealer mientras le compra la dosis.
Porque, guste o no, el Congreso no se llena con likes ni retuits. Se llena con bancas. Y las bancas vienen de los distritos, de esos pagos donde todavía mandan caudillos con más redes sociales en la vida real que en Internet. Gobernadores que, sin muchos followers, siguen manejando los hilos de la política real. Esos que pagan sueldos, cierran escuelas, habilitan listas y te bajan un candidato con una llamada.
Este es el desafío. Milei quiere llenar el Congreso de tuiteros, economistas antisistema y libertarios de salón. Pero para eso tiene que disputar el territorio. Y el territorio, no responde a la teoría austriaca ni a Hayek. Responde a estructuras. A punteros. A boletas bien dobladas y a fiscales con vianda.
En Buenos Aires, por ejemplo, Milei se enfrenta al aparato más aceitado del Peronismo. Kicillof no solo defiende el conurbano: lo usa como bastión de resistencia cultural. Es el lugar donde los sueños de dinamitar el Estado chocan con el almacén de fiado y la salita sin gas. Si Milei no logra perforar ahí, su revolución será porteña pero no federal.
En Córdoba, el libertario se siente en casa. Pero cuidado: Llaryora no es De la Sota, pero tampoco es un improvisado. Sabe que su supervivencia depende de diferenciarse de la motosierra sin quedar pegado al Kirchnerismo. Y Milei, si no se organiza, puede terminar viendo cómo el voto liberal se diluye entre egos y microespacios.
Santa Fe es el laboratorio del votante que cambia de humor más rápido que un panelista. Pullaro tiene la lapicera, pero Milei quiere el discurso. Si logra canalizar el descontento productivo, puede dar el batacazo. Pero si se pasa de rosca, termina pareciendo un influencer enojado y no un constructor político.
La Patagonia es otro cantar. Ahí Milei juega al gallito con los gobernadores petroleros. Ya lo hizo con Torres en Chubut. Pero ojo, que el gas y el petróleo no se tuitéan : se negocian. Si los libertarios quieren meterse en ese tablero, tendrán que dejar la épica y ensuciarse las manos. Y eso, por ahora, no es su fuerte.
¿Y qué decir del Norte? Tucumán, Salta, Jujuy, etc. Tierras donde la política todavía se hace con cafecito, favores y lealtades más firmes que los contratos del Estado nacional. Allí, el discurso anticasta suena simpático, pero sin estructura local es solo un eco. Milei puede hacer ruido, pero sin dirigentes no hay penetración.
Milei, el domingo pasado, se midió con el PRO, su exaliado devenido competidor. Y ganó y con ello barrió con la centroderecha tradicional, aunque fue un tímido triunfo donde la mitad de los porteños no fueron a votar.
Dicho esto, los gobernadores juegan su juego. Defienden sus bancas como si fueran lingotes. Porque lo son. Si Milei mete legisladores en sus provincias, pierden control. Pierden votos y por, sobre todo, pierden territorio. Y lo saben. Por eso arman, negocian, simulan acercarse mientras en realidad tejen resistencia.
Estas elecciones no son legislativas. Se han transformado en la madre de todas las guerras. No por el número, sino por el sentido: si Milei gana, cambia la lógica del poder. Si pierde, queda herido y aislado. Para él, no es una elección: es un referéndum.
El problema es que para los caudillos también es lo mismo. Porque si pierden terreno, viene el recambio. Así que, agarrarse a la butaca de este espectáculo. Porque lo que se viene no es campaña: es combate. Entre un Presidente que odia el sistema, pero lo necesita, y unos gobernadores que lo desprecian, pero no pueden ignorarlo. Es la lucha entre una política del espectáculo y una del barro. Entre la furia digital y la rosca analógica.
Bienvenidos a la guerra de las urnas. Que gane el que mejor disimule. En mi caso, ya pienso en el próximo capítulo de esta zaga fascinante. La Argentina de Javier Milei se parece muchísimo a la Argentina de 1820. En aquel momento, la Argentina no tenía Congreso, no tenía unidad nacional, solo era liderada por el coraje de un caudillo, en un archipiélago de feudos que se ignoraban entre sí y que se combatían o se pactaban según las urgencias del momento. Pero todo esto, será objeto de otro editorial.
