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 Geopolítica pontificia: reflexiones sobre la visión de Francisco
Vatican City (Vatican City State (holy See)), 17/04/2022.- A handout picture provided by the Vatican Media Press Office shows Pope Francis in the Pope mobile during the Easter Mass and Urbi et Orbi blessing in Saint Peter's square, Vatican City, 17 April 2022. (Papa) EFE/EPA/VATICAN MEDIA HANDOUT HANDOUT EDITORIAL USE ONLY/NO SALES
Columnistas

Geopolítica pontificia: reflexiones sobre la visión de Francisco

1 mayo, 2025

Por Alberto Hutschenreuter
Doctor en Relaciones Internacionales. Ha sido profesor en la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la UBA y en el Instituto del Servicio Exterior (ISEN). Su especialidad es la geopolítica. Su último libro, publicado por Editorial Almaluz en 2023, se titula «El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre».


Es habitual que cuando se habla de geopolítica se traten cuestiones de relaciones internacionales, puesto que aquella disciplina se encuentra muy ligada a esta otra, aunque hay diferencias; pero lo más curioso es que desde que terminó la Guerra Fría el vocablo geopolítica pasó a ser utilizado para considerar casi cualquier tema, convirtiéndose la geopolítica en algo así como una disciplina «a la carta».


Es incorrecto considerar que casi todo es geopolítica, pero desnaturalizar el concepto fue una manera de «licuarlo» y separarlo de su pasado oscuro de tiempos de «ismos» (nacionalismo, expansionismo, belicismo, etc.). Por ello, no debemos perder de vista el hecho relativo con que cuando hablamos de geopolítica estamos considerando un tríptico dinámico conformado por territorios, intereses políticos y poder.


Desde estos términos, e intentando desnaturalizar lo menos posible la geopolítica, podemos realizar algunas breves reflexiones relativas con el perfil geopolítico del papa Francisco, recientemente fallecido.


En primer lugar, el papa Francisco ha sido el primer pontífice en encontrarse ante la «pluralización» de la geopolítica, es decir, ante las denominadas nuevas territorialidades de la disciplina. Algunas de estas nuevas realidades existían antes de que fuera elegido papa, en 2013, pero fue él quien las sumó a la agenda del Vaticano y las encaró durante su pontificado, por caso, la globalización como sistema o régimen de poder (una expresión de la geopolítica por otros medios), y los territorios donde se está alojando el poder internacional en el siglo XXI: las tecnologías superiores.


En el caso de la globalización, la geopolítica continuó siendo geopolítica pero por otros medios, en este caso, básicamente económicos. Desde el momento que buena parte de la globalización supuso captación de territorios en clave de mercados como así de políticas destinadas al desmontaje de aparatos de reparo estatal, es decir, de esa epidermis que protege a las sociedades del ímpetu aperturista e individualista de la globalización (e incluso de la globalización desglobalizada), nunca se trató de un fenómeno neutro (como no lo es casi nada en la política entre naciones).


Frente a esa globalización depredadora, como la denominó Robert Falk, y también contra la «globalización homologante», el papa fue muy crítico. Sus encíclicas y exhortaciones apostólicas (Laudato si’, Fratelli tutti y Evangelio Gaudium) abordan en buena medida el fenómeno de la globalización, registrándose en ellas el influjo de la formación jesuita de Francisco, particularmente en relación con la defensa y promoción de la equidad social.


En relación con los sitios o «nuevas plazas» donde se está reacomodando el poder, es decir, las tecnologías mayores, el enfoque de Francisco ha sido muy claro desde un principio. En la encíclica Laudato sí’, de 2015, la orientación apostólica aborda cuestiones centralmente relacionadas con lo que se denomina “deuda ecológica”, pero conocedor (como pocos) el papado sobre cuestiones relativas con el poder internacional y lo que implica el desarrollo y control de las tecnologías superiores, advierte en dicho documento:

Se tiende a creer «que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumento de seguridad, de utilidad, de bienestar, de energía vital, de plenitud de los valores», como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico. El hecho es que «el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto», porque el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, conciencia. Cada época tiende a desarrollar una escasa autoconciencia de sus propios límites. Por eso es posible que hoy la humanidad no advierta la seriedad de los desafíos que se presentan, y «la posibilidad de que el hombre utilice mal el poder crece constantemente» cuando no está «sometido a norma alguna reguladora de la libertad, sino únicamente a los supuestos imperativos de la utilidad y de la seguridad». El ser humano no es plenamente autónomo. Su libertad se enferma cuando se entrega a las fuerzas ciegas del inconsciente, de las necesidades inmediatas, del egoísmo, de la violencia. En ese sentido, está desnudo y expuesto frente a su propio poder, que sigue creciendo, sin tener los elementos para controlarlo. Puede disponer de mecanismos superficiales, pero podemos sostener que le falta una ética sólida, una cultura y una espiritualidad que realmente lo limiten y lo contengan en una lúcida abnegación.


Por otro lado, Francisco buscó, y en alguna medida lo logró, hacer visible aquellos territorios lateralizados o segregados por las realidades extremadamente disruptivas que tienen (y en no pocos casos continúan teniendo) lugar en ellos como consecuencia de guerras, extendida presencia del crimen organizado, repliegue de los Estados, fracturas socioeconómicas, etc. Asimismo, no fueron ajenas al papa aquellas cuestiones que forman parte de lo que se denomina «geopolítica suave», esto es, pueblos, identidades locales, entre otros, que reivindican territorios ancestrales.


Además, Francisco fue el primer papa con sentido y proyección global de las enseñanzas y exhortaciones. En otros términos, el papa no sólo desplegó una mirada geopolítica a la que acompañó con una acción mundial centrada en diálogos y puentes, sino que con ello, como bien destacó la periodista española Lorena Pacho, «sacudió la geopolítica habitual de los papas desplazando el foco de Europa como eje del catolicismo para colocar las periferias del mundo en el centro de sus enseñanzas».


En este sentido, resulta por demás relevante el acercamiento de la Santa Sede a China, país con el que se alcanzó un acuerdo para «iniciar el deshielo de las relaciones» entre ambos actores. Como muy bien señala Victor Gaetan, corresponsal internacional senior del National Catholic Register, en un reciente artículo sobre la política exterior de Francisco publicado en Foreign Affairs:

Francisco sintió una gran simpatía por China durante toda su vida. Seleccionó como secretario de Estado a Pietro Parolin, el cardenal que dirigió las negociaciones del Vaticano con Pekín entre 2005 y 2009 (y ahora uno de los principales candidatos para suceder a Francisco). Un año después de asumir el cargo, Francisco declaró al periódico italiano Corriere della Sera que el Vaticano estaba «cerca de China» y que los diplomáticos mantenían relaciones con ambos lados. Esas relaciones fueron vitales para resolver un desacuerdo crucial sobre el nombramiento de obispos: durante décadas, Pekín había insistido en seleccionar ella misma a los obispos chinos, rechazando la doctrina católica que otorga esta autoridad al papa.

La mirada geopolítica del papa Francisco sobre la macro región del Asia no sólo se funda en el dinamismo económico, la gran población, la diversidad, los múltiples problemas, etc., sino, como destaca la autora citada, en la percepción de Francisco relativa con el hecho de ser la región del mundo donde crecerá la Iglesia del tercer milenio. Además de lo dicho, el hecho de que su viaje más extenso haya sido a la región del sudeste asiático, muestra la concepción geopolítica de erigir puentes con países que sus predecesores prácticamente “abandonaron”, particularmente Indonesia, el país de religión musulmana con más población en esa zona.

La geopolítica en clave de fusión internacional ha estado muy fija en la concepción del papa, incluso desde bastante antes de ser elegido. Aquí la influencia de pensadores y líderes políticos de América Latina es por demás discernible: desde el argentino Manuel Ugarte hasta el uruguayo Alberto Methol Ferré (un pensador ya desaparecido que por mucho tiempo ha estado muy cerca de Francisco), pasando por otro argentino, Juan D. Perón, por citar los principales referentes, todos desplegaron concepciones geopolíticas fundadas en la necesidad de complementación o integración regional e incluso continental.


Por un lado, porque el acercamiento entre los países de la región tiende a superar las desconfianzas inter-vecinales en un subcontinente con fuertes nacionalismos y posturas soberanistas; por otro, porque la complementación implica suma de «masa crítica» para afrontar retos internos y, sobre todo, estrategias pro-predominantes o hegemonizantes desplegadas por parte de actores extrazonales.


Por último, durante su papado Francisco ha logrado el nombramiento de una cantidad importante de cardenales que, a partir del 7 de mayo, se reunirán para elegir a su sucesor.  En buena medida, esta «geopolítica electiva» del papa será crucial en relación con la posibilidad de que el próximo papa de la Iglesia Católica sea un continuador suyo, en este caso pertinente, de su geopolítica extensa, multivectorial y de construcción de «puentes»; de no ser así, podría resultar pontífice alguien que ralentice o directamente paralice los cambios del que acaso ha sido hasta hoy el más geopolítico de los papas.

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